Visitas: 4

Parsifal
[Serapio Baqueiro Barrera]
(Especial para el Diario del Sureste)
¿Cuántos años hará que esta negra de bronce –negra de color canela, mulata rubia, cual la negra de ardiente arcilla humana que adoró Baudelaire porque su cabellera olía al agua salobre del mar– y porque también, como el hórrido océano, tenía remansos y remolinos– que parada sobre la gran concha de la fuente que existe hoy en el centro del parque Velázquez –San Juan– está vaciando su cantarilla de agua que burbujea cantarina?
Hace muchos años, más de cuarenta, se erguía en el centro de la gran Plaza de la Constitución y era su más bello motivo ornamental.
Desterraron de ahí a la plástica mulata rubia y hoy, en el sitio que ocupa, parece que está enferma de nostalgia; pero sigue vaciando sobre la gran taza de la fuente su cantarilla de agua…
¿Qué cantidad de agua ha lanzado durante tantos años? ¡Un Nilo, las Cataratas del Niágara que sin cesar se renuevan!
Pero lo asombroso es que el agua que va derramando la negra, fluye de las delgadas venas de un cenote.
Lentamente brotan de estas venas, y si por medio de procedimientos extranaturales hiciéramos ascender esta agua al espacio, después se desprenderían en delirio cantarino ¿cuánto tiempo? Inundarían la ciudad y el campo que la circunda.
Y bien, esta negra de bronce ya tiene un alma de voz musical con la cual nos habla de su tristeza en la nocturna soledad.
Con el rumor melancólico del agua nos refiere la pena infinita que le causa su inmovilidad.
El agua que derrama son las lágrimas que llora, y este llanto no puede diluir su pena.
Cuando ya estén muy viejas las casas de la anchurosa plaza de Velázquez, caerán a plomo o las derrumbarán para edificar otras y sola ella, la negra de alma que tiene una voz musical, seguirá llorando inmóvil su dolor que no tiene fin.
Alguien dijo que las estatuas duran más que las ciudades. Y para demostrar esta verdad tenemos a la Venus de Mileto y a la Victoria de Samotracia.
A la Venus le faltan los brazos y a la Victoria la cabeza, pero en cambio ¡no existe ni el polvo de las ciudades que adornaban!
En el cementerio de Pisa vive una raza de seres de mármol.
Y esta negra de bronce que nos trae a la mente el recuerdo de la mulata rubia que adoró Baudelaire seguirá en pie, inmóvil, ¡quién sabe hasta cuándo…!
Y a pesar de que su alma se habrá eternizado –porque indudablemente tiene un alma, ya que el agua es vida e infunde vida– nadie más que los que ahora la contemplamos en su inmóvil actitud de infinito tormento comprenderemos su dolor.
Quedará olvidada ahí, llorando siempre su pena misteriosa, hasta que el manantial de sus lágrimas quede seco.
Y entonces se pondrá más triste que cualquier humana criatura, porque ya no tendrá siquiera el consuelo de llorar, de contarnos con su voz musical el hondo secreto de sus cuitas.
Será muda, pero la dorada pátina del tiempo –gran artista– la pondrá más bella.
Se volverá una esfinge y muchos se empeñarán en conocer su secreto, en desgarrar el velo de poesía en el cual quedará envuelta.
Y este empeño de muchos por descifrar su secreto será una forma de adoración.
Diario del Sureste. Mérida, 20 de marzo de 1936, pp. 3, 6.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























