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Mitsu e Hiraku (XXXI)

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‘Los Shinobi no tenían problema en añadir conocimientos de otras partes del mundo siempre y cuando estos sirvieran para convertirlos en eficientes asesinos.’ – AYUMI KOIZUMI, Cronista

Chieko observó a Hiroshi meditar. A diferencia de ella, que lo hacía desnuda, el shinobi vestía su tradicional uniforme en azul oscuro. Era como si el guerrero tuviera la precaución de estar preparado en caso de un ataque imprevisto, o bien, para morir debidamente ataviado. Ella consideraba que lo importante era que ambos desarrollaran cada vez más sus capacidades mentales, su conexión con su yo interno para salir de sus respectivos cuerpos y viajar al encuentro de Mitsu para continuar su entrenamiento.

Había pasado casi un año desde el enfrentamiento con Kadashi y la desaparición de Hiso. Haber permanecido incomunicados del clan Matsumoto parecía haber dado resultado: no habían recibido apoyos, pero tampoco visitas inesperadas en aquella zona de Campeche, ocultos en esa casona antigua y modificada que les ofrecía el espacio necesario para que realizaran intensos entrenamientos físicos. Toda la rutina necesaria para tonificar cada músculo de los cuerpos era realizada a fondo. También había espacio para el manejo de las armas. Los dos practicaban de manera progresiva en un cobertizo de madera que adaptaron como área de combates. Otra habitación fue habilitada como gimnasio; allí utilizaban pesas, maderas, cuerdas, dos grandes sacos para golpeo y guantes. La habitación restante era donde dormían y hacían el amor. Los amantes habían llegado a tal nivel de interconexión, que utilizaban toda la energía que eran capaces de generar para multiplicar sus poderes.

Chieko se dio cuenta que los sueños inducidos le permitían conectarse con su sabiduría interna. Así daba solución a sus inquietudes, recibiendo el sano consejo de su propia abuela Mitsu, quien parecía estar soñando al mismo tiempo para reunirse con su amada nieta. Fue ella quien le explicó que la cotidianidad aparta a los humanos de esa parte inconsciente.

El avance de los dos ninjas fue constante. Su entrenamiento fue pleno y sus cuerpos habían sido curtidos, recibiendo incluso algunos pequeños cortes con la espada durante sus enfrentamientos. La rapidez de sus ataques era asombrosa y la potencia del golpeo dejaría perplejo a cualquier individuo. Los dos estuvieron de acuerdo en que Bruce Lee, la gran leyenda de las artes marciales, fue uno de los primeros en demostrar al mundo a través de su arte lo increíble del poder interno. En sus descansos se empapaban de filosofía, observando por YouTube los videos donde el también llamado “Dragón Inmortal” realizaba el ‘Golpe de una pulgada’, impactando al enorme Bo Baker a menos de un centímetro de distancia enviándolo a dos metros, testimonio que fue registrado durante el Long Beach Karate Tournament en 1964. Esa habilidad para generar enormes cantidades de fuerza de impacto a distancias muy cercanas se llamaba Fu-jin y provenía de China. Los shinobi la habían aprendido y practicado para multiplicar su arsenal.

A veces, el agotamiento los hacía reposar desnudos en la cama, abrazados, relajados. Platicaban de todo lo que consideraban importante en sus respectivas vidas. Convencidos de que cada día que pasaban en este plano era importante, convirtieron sus diálogos en una parte vital de su relación. Ya no se trataba de esculpir un amor como lo conceptualizaban los humanos normales. Ahora su conexión tenía un sentido más profundo, uno que se sumergía en la raíz de la esencia misma. Tras atisbar en el infinito, comprendieron que esta vida era solamente parte de muchas otras interconectadas a través del tiempo. Sabían que pronto llegaría el momento de cumplir con su encomienda, de llevar a cabo el ritual para el que habían sido diseñados. Su amor era diseñado en un compromiso de trascendencia mística, de catalizador de la inmortalidad. Si sus enemigos curtían su estrategia a través de la malignidad, ellos edificarían la suya a través del polo opuesto.

Mitsu les había explicado que sus respectivas némesis llegarían hasta ellos tarde o temprano. Sería una confrontación inevitable, y el resultado determinaría el principio de una nueva vida en otro nivel de la existencia, o acaso el final de su trayectoria.

Una tarde, el destino puso a prueba la evolución de Chieko. Iba a comprar provisiones en el poblado cercano; al bajar de la camioneta, se percató que era observada de manera discreta por dos individuos. Caminando pausadamente, observó a un tercero a un costado del almacén donde ella estacionó su camioneta Ranger.

Aunque aún había claridad, era evidente que el sol pronto desaparecería en el horizonte, por lo que intuyó que quizá aquellos eran secuestradores, quizá tratantes de blancas. Ingresó a la tienda al momento en que salía una guapa muchacha de unos 16 años, cargando dos bolsas de comestibles, una en cada mano. Quizá ella era el objetivo principal, pero su llegada los hizo decidir de último momento que la asiática era un mejor botín.

Cuando Chieko salió del almacén, adivinó claramente por dónde vendría el ataque. Era como si un sexto sentido le alertara de cada movimiento. El que trató de sujetarla por detrás recibió un codazo que le hundió el ojo derecho. El segundo, que llegaba por el costado, recibió una patada que le destrozó la rodilla, dejando expuestos los huesos. El aullido de dolor del tipo fue cortado cuando una segunda patada lo desnucó. El tercero, que esperaba junto a una van de color negro, trató de sacar su pistola, pero una estrella de acero lanzada por la chica rompió sus lentes Ray Ban para penetrar por el ojo derecho hasta el cerebro, desconectándolo de inmediato.

Como un rayo, Chieko trepó a la camioneta tras arrancar la estrella de la cara del sicario. Salió como un bólido del lugar, impidiendo que los pocos testigos que circulaban por esa calle pudieran observarla con mayor detalle.

Cuando le contó a Hiroshi lo ocurrido, concluyeron que lo mejor era marcharse, pues las investigaciones pronto los pondrían en peligro. Era mejor dirigirse a otro punto, eligiendo en ese momento Guatemala.

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El doctor Mengele no ocultaba su enorme satisfacción: había recibido la debida autorización del líder supremo para poner a prueba a su más reciente creación.

Habían sido meses de ardua labor, pero finalmente había concluido el trabajo de dar vida a aquel ser que había armado con partes de otros cuerpos, no todos humanos, pues algunos pertenecieron a animales. Del huésped principal solamente fue utilizado el cerebro, el corazón y la médula espinal. Todo lo demás fue tejido a mano por aquel demente nazi que apestaba a formol.

En teoría, todas las habilidades extraordinarias del shinobi permanecerían intactas, y podría llevarlas a la perfección con aquel cuerpo modificado, optimizando su poder. Por la manera en que había eliminado a los dos guardias para devorarlos, era evidente que se había cumplido el primer objetivo. Ahora había llegado el momento de probar su eficacia. Aquel bunker oculto en plena selva guatemalteca podía ofrecer prisioneros sin problema.

Una noche, veinte de ellos fueron llevados a un área de 30 por 30 metros, delimitada por elevados muros de concreto de seis metros de alto. Desde una torre de vigilancia, el demente científico nazi observó los pormenores, acompañado de sus asistentes y varios guardias armados.

Los prisioneros provenían de diversas partes del mundo: había rusos, croatas, alemanes, árabes, asiáticos y algunos latinos. Todos fueron armados con espadas, lanzas, hachas y escudos, y obligados a ingresar a esa especie de arena revestida de concreto por todos lados. Solo había dos accesos: el que usaron para ingresar al recinto, y otro que se encontraba enfrente, en la pared opuesta.

Lentamente, la puerta más lejana a ellos se abrió. A lo lejos, los prisioneros divisaron la silueta de un ser de casi dos metros de altura, vestido con un traje ninja en un intenso color negro. Portaba una máscara que cubría la mayor parte de su rostro, permitiendo solamente percibir el intenso rojo que se desprendía de donde se suponía debían estar sus ojos. En cada mano blandía una katana; sujetas a diversas partes de su traje había otras armas.

Los prisioneros intentaron organizarse para enfrentar a la criatura, pero aquella bestia no les permitió hacer mucho. Lanzando un chillido espeluznante, corrió hacia ellos a una velocidad pasmosa. Comenzó a eliminarlos uno por uno.

Brazos, piernas, cabezas, torsos fueron cortados como trigo por aquellas enormes espadas de acero que fueron bañadas de sangre. Pese a que varios de ellos eran mercenarios, no fueron rivales dignos de aquel monstruo que los masacró en tiempo récord.

Los miserables que no fallecieron de manera instantánea y yacían desangrándose, pudieron ver con horror como aquel ser se despojaba de la máscara, dejando al descubierto una enorme boca saturada de filosos dientes. La esperanza los abandonó para siempre cuando lo observaron iniciar su festín de carne humana.

Mengele se carcajeó en la parte superior de la torre, mientras observaba cómo su obra maestra demostraba sus capacidades.

Kadashi estaba vivo, estaba consciente de lo que había pasado. Estaba hambriento, necesitaba beber sangre y comer esa carne para seguir existiendo. Necesitaba culminar el ritual que le permitiría acceder al siguiente plano, al siguiente nivel.

Continuará…

RICARDO PAT

riczeppelin@gmail.com

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