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“Yo nací en Valladolid el 8 de junio de 1946. A los diez años hice mi vida en La Sierra,” comenta Maximino -‘Simo’- Espadas.
“Cuando vine yo no estudiaba, aquí comencé a estudiar, ya estaba grandecito. Solo había kínder en la Sierra, con doña Rosita, la mamá de Vidal de Aranda; frente del parque hundido estaba el kínder. Ahí estudió mi hermanito Luis (Lichi); luego estudiamos la Primaria en Colonia, aunque yo solamente estudié hasta cuarto grado. Decía mi padrastro que, si él no estudió, no teníamos nosotros por qué estudiar. Mi hermanito Luis fue el único de nosotros que terminó sus estudios de licenciatura, es Antropólogo titulado y muchos años impartió clases en la preparatoria de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) de la que se jubiló. Mi tío Cuxita le costeó todos sus estudios, toda la carrera, él lo hizo. ‘¡Bah!’ le decía papá a mi hermanito Luis.”
“Bueno, pues en esa época dos veces entrábamos en la escuela. Viajábamos diario de La Sierra a la escuela de la Colonia en un camión urbano que la compañía proporcionaba. Antes de las siete de la mañana salíamos para la Colonia. Iban también señoras que querían hacer sus compras, ya que ahí estaba el mercado.
“Allá no se permitía que un niño o una niña ande sin zapatos. Don Pancho Rejón pasaba todos los días vigilando que no ande ningún niño o niña sin zapatos, porque si los veían descalzos lo reportaba y multaban al papá por la empresa,” tercia su esposa Soco quien, discreta, escucha sentada a su lado la historia de su esposo.
“Bueno, pues a las siete de la mañana,” continúa Simo, “entrábamos a la escuela, entrando nos daban desayuno; diez centavos nos cobraban de colaboración por una torta y un pote de leche, algo así como choco milk. Salíamos a las diez y media, para regresar otra vez a las dos hasta las cinco de la tarde. Dos turnos teníamos, muy bonito era todo.”
“Nosotros en La Sierra vivíamos frente a la casa de dos pisos de madera, aquella casa muy bonita que vivía don Beny, el papá de la maestra Thelma. Nuestra casa estaba frente al tanque de agua, como éramos muchos no dábamos. La casa estaba cerca del destacamento de los soldados; cuando éstos se fueron, mi padrastro pidió ese lugar y nos pasamos a vivir allá.
“De chamaco, además de empanadas y panuchos, yo vendía leña que iba a buscar al monte. Cuando no iba a leñar, venía a Colonia a buscar chapeo. Me ganaba hasta cuatro, cinco, seis pesos, desyerbando jardines; iba de casa en casa a ofrecer desyerbo. Desde las seis de la mañana llegaba acá a trabajar, caminando venia de La Sierra, una bicicleta costaba sesenta o sesenta y cinco pesos en esa época y no tenía. Terminaba mi desyerbo, recogía la basura, me pagaban, compraba un poco de pan, y regresaba a las cinco de la tarde caminando de nuevo a La Sierra.

“Así fue mi vida, muy bonita, pero peligrosa. Había mucha selva, mucha víbora; así como pateabas las latas de refresco en la calle, así pateabas las cáscaras de culebras en el camino. Era peligroso, había mucha víbora por acá en ese tiempo. Cuando iba a leñar me decía mi mamá que tenga mucho cuidado con las víboras y con los monos; había monos que te tiraban zapotes. Me decía mi mamá que no deje que se me acerquen porque me podían ahorcar con su cola.
Ahora, cuando no quería desyerbar o no había chambitas, me iba a buscar tomates al basurero donde ahora es Teapa, pero no era un basurero cualquiera: era de la empresa, donde se tiraba la corteza de la madera. Ahí cosechaba tomates, calabaza, etc., que después vendía.
“De niño iba yo a la cancha de la Sierra a jugar. En el parque hundido había una pequeña pila como de dos metros de ancho y ocho de largo, ahí sí permitían que se bañen. En el centro del parque había una fuente, era muy bonito ese parque, aunque en la noche no había luz. Después pusieron unos focos alrededor y allá jugábamos un rato, porque mi padrastro era muy estricto.”
“Después estuve trabajando como un año en ese parque. Podaba el césped con machete, no había máquina. Estaba bonito, le pusieron luz, una fuente, muy bonito estaba todo,” me comenta Maximino mientras hace una pausa en la plática para recibir el cariño de su nieta Estefany Ballona Espadas, hija de su hija Wendy, quienes llegaban a visitarlo en estos días de fiesta patronal.
Tuvimos tres largas pláticas los días once, doce y veinticuatro de julio de este año.
Continuará…
L.C.C. Vicente Ariel López Tejero





























