Visitas: 5

José Juan Cervera
Con resignación aparente, los utensilios cuentan el tiempo transcurrido desde el principio de su servidumbre.
Los galones del general y las divisas del potentado compiten para deslumbrar la mirada del desposeído de toda ostentación.
El espíritu encerrado en el vientre de una botella pasa revista a los prodigios reprimidos en la estancia que la astucia clausura en su misión alevosa.
Reliquias, amuletos y fetiches, piezas de ornato y ambición, como símbolos de mando y reflejo de apetitos, permanecen cautivos de la carga que pesa sobre su sombra de artificio.
Sujetos al designio de un numen desconocido, los instrumentos de trabajo y la materia prima, los enseres domésticos y los objetos suntuarios entran en conciliábulo para fundirse en sustancia nueva, apta para acompañar las proezas de una generación venidera.
La piedra filosofal guarda el secreto más riguroso que una comunidad de iniciados clasifica entre los compartimientos inviolados de la geología especulativa.
Todo amuleto se honra en comprimir el alma venturosa que escapa siempre del presidio de la conciencia.
Una caja de hierro encierra el núcleo en ignición con que el instinto ha de arremeter contra el dominio de la apariencia.
Al pie del muro que se alza sobre el desaliento, un mazo asienta la superficie corroída de su impulso infructuoso.
El cántaro rueda entre los accidentes del suelo que conspira para que abandone su vocación de mitigar los agobios más feroces de la naturaleza.





























