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J. M. Gorkin
¡Cómo! –exclamarán no pocos lectores –. ¿Poetas los fundadores del materialismo histórico, los severos padres del socialismo científico?
Sí, señores: Marx y Engels fueron poetas en su juventud. El crimen de Marx llegó a más: fue un poeta romántico. Lo sabíamos por Franz Mehring, su principal biógrafo, que emplea para explicárnoslo tres desdeñosas páginas de un libro de más de 550, y por Riazanof, el fundador del Instituto Marx y Engels, de Moscú –actualmente desterrado en Siberia– que trata en sus trabajos biográficos e históricos de quitarle importancia a la cosa. Viene ahora a confirmárnoslo el escritor marxista francés Marcel Ollivier, que dedica a este aspecto de la actividad juvenil de los célebres socialistas un curioso librito.
¿Poetas? Mediocres, malos poetas. O más exactamente: mediocre Engels y francamente malo Marx. Por eso quizá dejaron presto a hacer versos y se dedicaron a la prosa.
De no haber cambiado de rumbo para ser lo que más tarde fueron, no hubieran dejado seguramente huella alguna en las letras. Eran ellos los primeros en saberlo. Una de las hijas de Marx, la casada con el socialista francés Lafargue, confesó en cierta ocasión: “Mi padre no ha hecho nunca mucho caso de esos versos. Cada vez que hablaban mis padres de ellos se reían de esas locuras de juventud.” Estas “locuras de juventud” no tienen hoy más que un valor de curiosidad biográfica y psicológica.
De origen burgués los dos, su infancia fue feliz y confortable. Oriundos de la bella y riente Renania, transcurrió aquella a orillas de un caudaloso río y en medio de los prados llenos de sol. Su rico y ardiente temperamento hizo lo demás; no caer en la poesía hubiera sido ingratitud y sequedad de alma. Perdonémoslos.
Además, Marx se enamoró furiosamente cuando apenas tenía dieciséis años. Se enamoró de la hermosísima morena Jenny de Westphalen, que tenía a la sazón cuatro años más que él. Ella y su padre fueron los responsables de todo: Jenny, con su amor; su padre, alto funcionario del Estado, fino erudito, leyéndole al joven Carlos a Homero, Sófocles, Esquilo, Virgilio, Dante, Shakespeare, Cervantes, Goethe…
Era la época en que Alemania, y sobre todo la joven Alemania, se emborrachaba con los poemas de Heine. Había publicado éste, poco antes, su Libro de los cantos. Marx tituló así también su primera compilación poética: Libro de los cantos. Los dos siguientes los tituló: Libro del amor. Y se los confió a su novia con una dedicatoria: “A mi querida y eternamente amada Jenny de Westphalen.” ¿Cómo imaginarnos a Marx, el barbudo y frío materialista, joven, enamorado, soñador, romántico, idealista y escribiendo dedicatorias? Sus graves biógrafos no lo comprenden y dan breves embarazosas explicaciones. Ollivier, más humano y más joven, no sólo lo explica, sino rompe exaltadas lanzas en su favor contra los otros. Y nos descubre otra cosa no menos sorprendente: que antes de ser el revolucionario que fue, Marx cayó, por el camino del romanticismo, en el liberalismo.
Una de las poesías de Marx, una balada fantástica, se titula “El rey de las flores”. Las flores le ofrecen al hombre la corona y el cetro, si les da su sangre. Se las da. Después le piden que se abra el pecho y muestre su corazón al sol. Se lo abre. Por las flores, él mismo se cava su tumba. Otra de sus baladas se titula “Lucinda”. Un caballero vive lejos de su aldea natal, feliz con la palabra de su amada Lucinda. Cuando regresa cargado de ricos presentes, se entera de que Lucinda acaba de casarse con otro. Enloquecido, va a matarse a los pies de la infiel, que se vuelve loca abrazada al cadáver. Escribió Marx esta balada lejos de Jenny y atormentado por la idea de que ésta pudiera casarse con otro. Le anunciaba su suicidio. Jenny comprendió y le esperó. No menos románticos y fantásticos son sus poemas “El músico” y “Amor nocturno”. Al lado de éstos escribió otros llenos de ironía mordaz, de sarcasmo, ridiculizando a los médicos y a los matemáticos. ¡El futuro autor de El capital ridiculizando a los matemáticos!
Engels, joven, era muy superior a Marx. Poseía un temperamento sensual, alegre, divertido. Se hizo rápidamente una vasta cultura, y además del hebreo, el latín y el griego, llegó a dominar siete lenguas vivas.
Marcell Ollivier termina su curioso librito sobre Marx y Engels, poetas, con unas bellas palabras de Boerner, el encarnizado adversario del absolutismo alemán, que queremos traducir a guisa también de remate: “El curso de los siglos se desliza sin fin; las generaciones pasan; la temperatura de la dicha cambia; la escala de la vida sube y baja; nada es tan duradero como el cambio, tan constante como la muerte. Cada latido de nuestro corazón nos trae un sufrimiento. La vida misma no sería más que una eterna herida si no existiera la poesía.”
Diario del Sureste. Mérida, año III, tomo XI, núm. 1053, 9 de octubre de 1934, pp. 3, 5.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























