Marianao y El Náutico

By on mayo 7, 2020

Atisbando Cuba

ALFONSO HIRAM GARCÍA ACOSTA

Marianao siempre estuvo en las crónicas que escribió mi madre, Margarita Acosta. La última, publicada en el Diario del Sureste, fue sobre su último viaje a La Habana, junto con su hermana Rosa y lo tituló “Mis recuerdos en el Río Almendares”, donde se atraviesa un puente para llegar a Marianao. Ahí está el Instituto de la Ceguera y la terminal de los camiones a La Habana.

En mis visitas a Cuba, siempre asistí a las descargas musicales en casa de la soprano Lucy Provedo en los años noventa. Ahí también vivió el director de orquesta, arreglista y compositor Félix Guerrero, haciendo una dupla matrimonial llena de música y cultura. En esa casa conocí a los padres de Lucy, que considero no solo me brindaron amistad, sino afecto familiar. En algunas ocasiones, acompañado por Pepe Ruiz Elcoro, pianista y musicólogo, e Ileana Cortés, soprano yucateca a quién le decíamos “La Diva del Arigüanabo”, Mami nos recibía con un delicioso yantar cubano, rociado de selectos vinos y buen ron cubano.

Sirva este preámbulo para caminar conmigo por este solar y playas cubanas, complementando mis artículos anteriores en “Atisbando Cuba” y “Caminando por las Calles. Marianao”.

Entre las llamadas playas de Marianao (porque, aunque muchos no lo sepan y otros no lo recuerden, el actual municipio Playa formaba parte de Marianao), una de las que goza de mejor reputación por la calidad de sus instalaciones es El Náutico. El nombre “oficial” de la instalación es Círculo Social Obrero Félix Elmusa, pero nadie le llama así. Para todos es, sencillamente, El Náutico.

Situado al final de la calle 152 en Playa, Club Náutico se fundó en 1933 por iniciativa de Carlos Fernández Campos, quien lo presidió hasta su intervención por el Gobierno de Cuba, tras el triunfo de la Revolución de 1959. Cabe decir que, al inicio de los años 30, mi madre visitaba todos los años La Habana, junto con su compañera cubana de estudios de medicina en Nueva York, su compañera Libia Fernández del Castillo. Ambas estuvieron presentes en la inauguración del Club en el 33. Libia se casó con Antonio Moro, fijando su residencia en Manzanillo, en un emporio cafetalero. Conocí a Libia en 1951, durante mi primer viaje a Cuba; ella, su marido y su hija Mercy Elena Moro Fernández, viajaron a La Habana para conocer al hijo de Margarita. Llegaron en su avioneta privada al aeropuerto “José Martí”, al área para vuelos domésticos, almorzamos en La Casa del Tabaco y partieron de regreso por la tarde.

Carlos Fernández, el hábil empresario, apreció el potencial atractivo que los deportes náuticos representaban para los cubanos de ingresos medios que no podían acceder a los clubes de élite por las elevadas cuotas o no eran aceptados en ellos por las más variopintas razones. Por eso se propuso fomentar un club que –sin el lujo exagerado del Havana Biltmore o el Miramar Yatch Club– contara con instalaciones competitivas para su práctica.

El resultado no le pudo salir mejor. El Náutico, que comenzó como un simple guardarropas para acceder por una cuota modesta a una playa artificial, se convirtió, con el paso de los años, en una hermosa instalación polideportiva donde se podía practicar remo, canoa, vela, fútbol, handball, tenis, squash y, por supuesto, béisbol.

Para el disfrute de sus socios (que llegaron a ser más de 5 000), la Junta Directiva construyó un espléndido edificio de estilo moderno que aún se conserva y es uno de los más adecuados para este tipo de instalación. Allí los asociados disponían de taquillas, cafetería, bar, restaurante, lavandería, peluquería, taquillas y una maravillosa y larga terraza frente a la playa artificial.

La entrada de los socios era aprobada de forma cuidadosa por la Junta Directiva y, una vez aceptados, debían abonar una cuota de ingreso y a partir de ese momento 52.00 pesos anuales.

Tras el triunfo de la Revolución de 1959, el club fue expropiado por el Gobierno de la Isla que lo convirtió en un círculo social obrero con el nombre de Félix Elmusa. En la actualidad pertenecen al mismo los trabajadores del Ministerio de Comunicaciones y la Aeronáutica Civil, pero hace mucho tiempo que perdió su condición de polideportivo por el deterioro de las instalaciones.

Vaya esta crónica de Marianao y su Club El Náutico, como una retrospectiva del tiempo en los años treinta que me platicaba mi madre: su música, su mes de vacaciones en Cuba con Libia, Libia y su mes de solaz en Mérida con mi madre. Ambas dijeron que, cuando tuvieran hijos, los acercarían para que se conociesen. Lo lograron: guardo fotos y cartas de Mercy Elena. Viajé como grumete en el Isla de Tris al aserradero de Regla en la bahía de La Habana y a su muelle habanero. Ese primer viaje fue junto a mis compañeros de aventura Rilio Roberto Ruz Navarrete y Teodoro Canché Acosta, viaje en el que conocimos a José Mojica, ya fraile, el teatro “Campoamor”, y juntamos a Daniel Herrera “El Chino”, con su compañero de tablas Mojica.

Dedico esta crónica a Lucy Provedo, a José Ruiz Elcoro y Rodolfo de la Fuente Escalona, ahora residiendo en la Florida. Nos sigue uniendo el amor por la Antilla Mayor y, lo mejor, los tres son lectores y colaboradores culturales del Diario del Sureste.

Fuente

https://www.todocuba.org/vamos-a-las-playas-de-marianao-el-nautico/

Archivo AHGA

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.