Magia, mitos y supersticiones entre los Mayas (XX)

By on diciembre 26, 2019

XX

LAS CEREMONIAS

Continuación…

Pero cuando el hombre ha recibido la bendición de la lluvia, y la cosecha ha sido generosa, entonces debe dar las gracias y mostrar de manera tangible su reconocimiento. Esta es la función de la ceremonia del Wahicool, Wa ni cool, o Hanlicool, que de estas diversas maneras se conoce, según la zona del Estado de que se trate.

Como en el caso de Chachaac, el primer paso es construir o colocar un altar, que puede ser una simple mesa de madera, colocada en un sitio donde soplen buenos vientos, como lo son del sur y el oriente. Al mismo tiempo, y cerca del lugar donde se efectuará la ceremonia, los participantes cavarán el pib, u horno subterráneo, donde se cocerán las ofrendas.

Estas ofrendas consisten en trece tortas horneadas, cada una de trece capas entre las cuales se colocan, en unas, frijoles, y en otras, semillas de calabaza. La masa de las tortas, por supuesto, es de maíz. Para cocerlas hay que envolverlas en hojas del árbol llamado Boob, y cuando están listas se llama Tutihuah.

Los tutihuah se colocan en una mesa, la cual es adornada con un arco de ramas, de las cuales colgarán los oferentes, cada quien, una jícara con el alimento K’o o Kool¸ que se ofrece a los Señores que cuidan la milpa, los Yumtziloob.

También se preparan como ofrenda unas pequeñas bolas de masa horneadas con semillas de calabaza –semejantes o iguales a los poolcanes que se venden en las calles de Mérida–, que en este caso de denominan Chines, y que en número de trece se arrojan luego al hoyo en el que se hornearon todas las cosas, para “alejar los malos vientos”.

Un hanlicool es cosa complicada, como se ve, y apenas vamos por la mitad. Tiene un carácter más bien festivo, al revés que el Chachaac, que es angustioso, y por eso quizá tiene tales dimensiones en cuanto a comida y bebidas, las cuales son el indispensable balché y el dulce zacá.

Los pavos y los gallos que se disponen para la ceremonia se preparan como para hacer un sustancioso y abundante caldo, y parte de esta preparación es hacerles ingerir balché. Con el caldo, adicionado de masa de maíz y condimentado con achiote, se prepara lo que se llama la “sopa”, a la que se agregan pedacitos desmenuzados de los tutihuahs y trozos de la carne de los pavos, incluyendo el hígado, el corazón y la molleja.

El resultado de todo esto puede no tener un aspecto muy agradable, pero es indudablemente nutritivo, y hasta podría decirse que tiene excelente sabor, si no se es muy exigente.

Hasta aquí el lector podrá pensar que el Hanlicool sólo es una comida pantagruélica, pero en realidad se trata de un acto de profunda religiosidad cuyo actor es el H’men y que cada paso que se realiza se acompaña de las oraciones de este personaje. El ritual se acompaña de las oraciones de este personaje. El ritual se inicia en la mañana y termina al atardecer, en cuyo lapso el hechicero solo tiene dos períodos de descanso en los cuales se limita a dirigir.

El final de la ceremonia lo marca el consumo del balché, el cual se reparte en una misma jicarita blanca que sirve de medida y con la cual todos toman. Así pasa de mano en mano con el embriagador líquido, hasta que se agota. Satisfecho, el H’men se dirigirá a los espíritus que viven en el campo y expresa el deseo de que hayan quedado complacidos y de que los malos vientos se hayan alejado.

Entonces, y sólo entonces, las viandas que no fueron consumidas se colocan en unos canastos y se envían a las mujeres que las confeccionaron, que deben concentrarse bien lejos ya que, como en el Chachaac, la presencia de las mujeres es tabú, vamos, no se permite en el Hanlicool.

Al fin, la ceremonia ha terminado, como terminan todas las cosas en este mundo. Así termina la vida del hombre, las más de las veces con una nota de melancolía.

En Yucatán, la tarde se extingue a veces con la dulzura de una tórtola, y en otras ocasiones el Sol parece una guacamaya de fuego que se ha detenido en el cielo. La noche, sin embargo, siempre llega, perfumada y llena de sonidos que sólo en el monte maya pueden escucharse, aunque no sepamos qué los produce ni qué significan.

Es un mundo mágico el que renace y muere, cada día y cada noche, en espera de un nuevo amanecer.

Oswaldo Baqueiro López

FIN.

 

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Diario del Sureste