Magia, mitos y supersticiones entre los Mayas (XVI)

By on noviembre 28, 2019

XVI

HECHICEROS Y HECHICERIAS

Continuación…

“Pues, señor,” –comentó don Dionisio– “son casos raros, muy raros, pero sí pasan. Se trata de maldades de hechiceros que cobran mucho dinero por su trabajo… A veces hasta ocho o nueve mil pesos… Es difícil, pero puede hacerse.”

(La tarifa usual de un H’men por una consulta o una “santiguada” es de veinte o treinta pesos, según nos consta pues no sólo preguntamos a diversas personas, sino que así lo pudimos ver y constatar).

“Pero ese hechizo tiene su contra” –continuó nuestro H’men– “pues ¿sabes cómo se quita? Tomas nueve piedras y las tiras en el patio cuando estás rezando, y después tiras también agua encima, y cuando quiere venir el mal eso lo aleja y ya no vuelve.”

Quisimos saber también si todavía se conocía la manera de adivinar las cosas con los granos de maíz, como en los antiguos tiempos, y esta es la respuesta que obtuvimos:

“Con el maíz ya no se hace, claro que yo sé hacerlo con maíz, pero es más fácil hacerlo con clara de huevo en el agua, o con la baraja.”

Quemar el copal y observar el zastún al parecer tienen más uso para saber si una enfermedad es natural o es un hechizo.

Nosotros no vimos que se use el zastún, aunque todavía se utiliza, según se ve en el reportaje del National Geographic en que aparece el curandero de Maní, Juventino Pérez –fotografiado por David Alan Harvey– observando su vidrio para conocer la naturaleza de la enfermedad de una mujer.

El H’men Dzib Flores nos conversó también acerca de las enfermedades, de los espíritus y de las ceremonias que cada año es llamado a realizar.

“Los espíritus” –dijo– “están por todas partes. Viajan mucho y llegas hasta donde se va el Sol.” Saben mucho, y por eso es bueno consultarles. Algunos curan las enfermedades, pero no faltan los malos, de los que hay que cuidarse.

Respecto a las enfermedades, afirmó que hay que tener mucha precaución, ya que a veces la dolencia no es natural. Nos viene “por el aire” que alguien manda, o bien hay espíritus malos que toman la forma de un animal –un pájaro, una mariposa, una mosca–, y que donde pasan y se detienen dejan el mal.

Confirmó que cada año es llamado para realizar el rito del Hanlicool, para dar las gracias por la cosecha, y con frecuencia también realiza el Chachaac para pedir lluvia.

En la única habitación de la choza del H’men se encuentra una mesa con lo que podríamos llamar su altar: una vitrina con numerosas imágenes –la Santísima Trinidad, la Sagrada Familia, La Virgen de Guadalupe–, y a un lado una cruz pintada de verde. Unas cuantas botellas de aguardiente, de diversas marcas y en diferentes estados de consumo, se encontraban aquí y allá.

Frente a este altar practica sus consultas, de acuerdo con el procedimiento que tuvimos ocasión de presenciar en febrero de 1979.

El paciente se sienta frente a la mesa de los santos y el curandero hace sus preparativos. Coloca la botella que uno ha llevado sobre la mesa; toma de por ahí unas ramitas de ruda, yerba de San Juan o Albahaca, y en la misma mano –la derecha– coloca un tubito de madera o carrizo en el que guarda su espino para las punciones, que equivalen al Cocan.

Entonces inicia una letanía, mitad canto y mitad rezo, mitad en maya y mitad en español, en la que invoca la ayuda de cuanto santo existe en el calendario, a fin de que se alivie de sus males la persona que le consulta y para que él pueda conocer la naturaleza del mal y arrojarlo.

Esta es, puede decirse, la introducción o primera fase de la ceremonia, en la que pueden distinguirse tres partes.

La segunda parte comienza cuando el H’men toma un trozo de Copal, lo coloca sobre algún pequeño adminículo metálico y lo enciende. Si bien, el copal en la antigüedad era obtenido de resinas naturales por los sacerdotes, y aún había de diversas clases para diferentes ceremonias, hoy en día el H’men simplemente lo compra en algún establecimiento de droguería y, por cierto, don Dionisio se quejaba de que cada día está más caro.

Encendido el Copal, el hechicero se sienta junto al paciente y observa en silencio cómo se quema. Si chisporrotea o si simplemente se consume, así como la caprichosa elevación de las volutas de humo, estos son signos que el H’men interpreta, y así conoce qué es lo que aqueja a quien le consulta.

De vez en cuando durante esta etapa hace comentarios con la persona que es su paciente, en maya: “Juumm… te duele aquí, ¿verdad?… sientes aquello, ¿no es verdad?, y la otra asiente: “Jaammm…”.

Si el problema es sencillo y no hay necesidad de mayores operaciones posteriores, entonces empieza la tercera parte de la consulta o “santiguada”, que es en la que el H’men actúa contra la enfermedad que ya diagnosticó.

Retoma entonces las ramitas de ruda y las empieza a pasar sobre el cuerpo de la persona en cuestión, al tiempo que vuelve a sus rezos y a sus invocaciones. De vez en cuando da tres golpecitos con un dedo sobre la mesa que sirve de altar, o también contra la botella de aguardiente.

Deja las ramas sobre la mesa y toma la botella. Se refiere a ella como el “santo aguardiente” entre sus oraciones, y la pone sobre las partes supuestamente afectadas por la enfermedad. Luego pide al paciente que ponga sus manos para que en ellas vacíe un poco del alcohol y ordena que se haga fricciones con el licor, sin dejar de rezar un instante.

A continuación, saca de su estuche cilíndrico un espino grande y practica rápidamente numerosas punciones pequeñas sobre varias partes del cuerpo del paciente. Luego recomienda algunas otras cosas. Que si ventosas, que si infusión de tal o cual yerba tomada de cierta manera. En fin, quizá, como en el caso que vimos con don Dionisio, el H’men entrega un “agua bendita” que puede tomarse o frotarse, según sus instrucciones.

En nuestro caso, simples espectadores, nos obsequió con una jícara de ron, que de buena gana nos tomamos.

Oswaldo Baqueiro López

Continuará la próxima semana…

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