Magia, mitos y supersticiones entre los Mayas (IV)

By on septiembre 5, 2019

IV

DIOSES, ESPÍRITUS Y DUENDES

Los antiguos dioses mayas eran innumerables. Algunos, por supuesto, tenían mayor importancia y jerarquía. En general, su poder era grande, y las ceremonias que se realizaban para propiciarlos exigían las debidas ofrendas y preparación meticulosa. Hoy, sin embargo, sólo los sabios conocen sus nombres.

El que los propios indígenas los hayan olvidado, en gran parte, es explicable. Desde los tiempos de la Conquista se inició una tarea sistemática para erradicar las creencias que los frailes consideraban herejías. En su lugar se impuso la religión católica, con lo que se produjo una peculiar simbiosis en la que coexisten, conviven y se mezclan lo maya y lo cristiano.

Este sincretismo perdura, como subsisten muchos de los mitos indígenas, pese a la acción racionalista de la escuela en el medio rural. La decadencia de los dioses, sin embargo, es evidente. Se recuerda al gran Chaac, Señor de la lluvia y la agricultura; y a los yumtziloob, los “dueños” del monte, y casi a nadie más. El resto ha descendido al rango de “espíritus” o duendes, de diverso talante y categoría.

Pero es justo evocar a los viejos númenes mayas. Después de todo, algunas profecías aseguran que han de retornar. No está de más, entonces, por lo menos mencionarlos.

En el centro del mundo –decían los antiguos– se encuentra el árbol sagrado, el Yaxché, cuyas raíces se extienden hacia los cuatro puntos cardinales. Alojadas en el mundo subterráneo, cuatro poderosas deidades, los Pauahtunes, sostienen cada una de las esquinas de la tierra. Encima, otras cuatro divinidades, los Bacabes, mantienen en alto el firmamento, y en cada uno de los cuatro ángulos del cielo se encuentran los Chac, divinidades de la lluvia y el viento.

Esta arquitectura cosmogónica nos la simplifica Alfredo Barrera Vázquez en una nota al escrito de Daniel Garrison Brinton, “El Folklore de Yucatán”, en la que nos dice: “Teniendo en cuenta que los Pauahtun están en íntima relación con los Chac y con los Bacab, deidades de las aguas, de los cielos y de los vientos y de la agricultura; que habitan en los cuatro ángulos del mundo; siendo como éstos cuatro y a veces confundiéndose con ellos, hay lugar a pensar que los Pauahtun son simplemente una advocación de lo que esencialmente son los Chac y los Bacab, es decir, que son la misma cosa, quizá representando una función, posición o aspecto diferenciado de los ritos.”

Cada uno de los puntos cardinales, con su Bacab correspondiente, tenía una equivalencia con un color particular, y posteriormente, ya en tiempos de la Colonia, con un santo de la religión católica.

“Fingían otros dioses –escribió López de Cogolludo– que sustentaban el cielo, que estribaba en ellos: sus nombres eran Zacal Bacab, Canal Bacab, Chacal Bacab y Ek el Bacab. Y éstos decían que eran también dioses de los vientos.”

Por su parte, Brinton sigue al Padre Baeza (Bartolomé del Granado Baeza, “Informe del Señor Cura de Yaxcabá”, 1813), y relata que el Pauahtun rojo se coloca al Este y es conocido como Santo Domingo; al Norte queda el blanco, que es conocido como San Gabriel; el negro queda hacia el Oeste y es San Diego; el amarillo queda hacia el Sur y es femenino, llamado en lengua maya X’Kanleox, “la diosa amarilla”, y lleva el nombre cristiano de María Magdalena.

Los vientos que provenían de cada una de estas direcciones tenían características diferentes, y se creía que los del sur y del oriente eran benévolos; en cambio era malo el viento del norte, y el del poniente era el más malévolo de todos, y se identificaba con el dios de la muerte y la destrucción.

Citemos a algunos de los principales dioses mayas, empezando con Hunab-Ku, el Supremo, o “dios uno”, según Morley, quien asigna también una irreverente nomenclatura alfabética a las divinidades mayas, (siguiendo al sabio germano Paul Schellas), pues al numen de la guerra lo llama “dios L”, y nada menos que al de los sacrificios lo designa “dios F”. Nadie puede decir lo que pensarían estas deidades de semejante tratamiento.

Otras personalidades importantes del Olimpo maya eran Itzamná, hijo de Hunab Ku; Chac, dios de la lluvia; Yum Kax, del maíz; Kukulcán, del viento; (comparte con Itzamná el mérito de ser impulsor de la cultura); Yaman Ek, patrón de los mercaderes; Ixchel, deidad de la medicina, la preñez y el tejido, Ixtab, melancólica diosa del suicidio, y finalmente Ah Puch, a quien curiosamente le tocó la primera letra, (Morley le llama “dios A”), en vez de la última, pues se trata del Yum Cimil, o Señor de la Muerte, cuyos dominios están en el Mitnal, o sea el infierno maya, lugar inmundo, de frío, hambre y terror, que comparte con los Bolontikú, o Señores del Mundo Subterráneo, el inframundo.

El señor de la Muerte no es totalmente intratable e inflexible, pues por medio de la ceremonia denominada Kex, que significa “cambio” o “negociar”, el maya espera salvar la vida el enfermo grave. Cuando la fúnebre deidad ronda en secreto la casa del afectado, en espera de una oportunidad de entrar, el indígena coloca en las ramas de los árboles cercanos algunas ofrendas consistentes en alimentos y bebidas. Si estas son gratas al Yum Cimil, y surten efecto las invocaciones del H’Men –el hechicero– el enfermo se librará de su mal.

Itzamná, por su parte, era de carácter noble y elevado. Se le representaba como un hombre que hoy nos parecería feo, con la nariz larga y retorcida, pero seguramente entre los mayas era hermoso e imponente. “Ytzen caan Ytzen muyal”, que quiere decir “Yo soy el rocío”, o “sustancia del cielo y nubes”. También se dice que podía curar, y aún resucitar a los muertos, con sólo un pase de su mano.

A Itzamná se le reverenciaba en Izamal, donde existían los templos llamados Kabul, que quiere decir “mano obradora”, y Kinich Kakmó, que significa “Sol con rostro”, el que tiene rayos de fuego y desciende al mediodía para quemar el sacrificio, “como baja volando la Guacamaya”.

Itzamná, el señor de la sabiduría, enseñó a los mayas la ciencia y el arte de la escritura y el nombre de las cosas. Su leyenda nos conmueve aún con su misterio: ¿Fue verdaderamente un hombre que podía realizar prodigios, o era sólo un mito indígena?

Oswaldo Baqueiro López

Continuará la próxima semana…

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