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La nostalgia de los buenos tiempos

“Me llevé muy bien con la hija del ingeniero Geine, Cecilia, y también con Marcela Zamudio, hija del ing. Emilio. A pesar de que eran hijas de funcionarios de la fábrica, que tenían más dinero que nosotras, eran muy sencillas. Se llevaban muy bien conmigo. A veces me cambiaban ellas mi taquito de lonch con los sándwiches que ellas llevaban que tenían jamón y queso. Tuve una amistad muy bonita con ellas, igual con los Garduño, don Fernando y doña Marielena, su esposa. Mi hermano Omar iba a arreglar su jardín y nosotras lo acompañábamos, lo ayudábamos. Ahí conoció mi hermano Omar a mi cuñada Valentina, que varios años trabajó con la familia Garduño-Rojo. Nos regalaban plátanos, mandarinas, varias frutas.”
“En casa ayudábamos a mi mamá con su venta. A las cinco de la mañana nos levantaba para ir al molino, recuerda que a las seis ya no había corriente. Pues ella nos levantaba temprano y nos íbamos al molino con nuestras cubetas de maíz de nixtamal a hacer cola para moler. Tempranito nos levantaba mi mamá para preparar su venta.
“Muy temprano igual hacíamos cola para comprar carne de res con don Manuel. De ahí regresábamos a casa para preparar empanadas, salbutes y chilindrinas para luego ir vender en la puerta de la fábrica a la hora del lunch, que era antes de las nueve de la mañana. Bolsas de fritangas llevábamos, también nos preparaba mi mamá una bandeja aparte para vender en la puerta de la escuela a la hora del recreo. Así fuimos creciendo.
“En la tarde hacía buñuelos, salbutitos y empanadas. Los sábados hacía mi mamá tamales colados y polcanes. Mi mamá era muy trabajadora. No sé cómo no se cansaba, además de atender a tantos hijos. ¿De dónde aprendió a hacer tantas cosas si ni recetas había en ese tiempo?” se pregunta. “Eso les digo ahora a mis hijos: ¡Dios mío!, ¿cómo le hacía tu abuela?
“En las vacaciones nos llevaban a Mérida o a Tizimín. ¿Cómo le hacía? ¿De dónde sacaba tanta fuerza mi mamá? Quién sabe,” responde al mismo tiempo la hermana del difunto Toh (Jorge).
“A Tizimín ellos iban a la Feria de Reyes, pero no a pasear, iban a trabajar. Mi papá de Charlot a los tablados de las corridas de toros y mi mamá ayudaba a una de sus comadres a cocinar. Hacían relleno, torteaba, y todo eso porque ahí salían los gremios. Ellos no iban a pasear. Nos llevaban a cuidar a nuestros hermanitos, mis papás a trabajar.
“Yo le digo a mis hijos que admiro a sus abuelos porque fueron muy trabajadores. Mi mamá no sé dónde aprendió todo eso si antes ni recetas había. Te repito: ¿dónde sacaba fuerzas? No lo sé,” dice Maggy sonriendo, orgullosa de lo que dice al recordar a sus papás.
“En ese tiempo, terminando de hacer los antojitos, mi mamá ponía su cubo de maíz en la candela para hacer pozole para cuando salgan los obreros a las once y media, los que tenían primer turno, que era la hora para almorzar, ya lo tenga listo. Yo lo salía a vender en las calles de la Colonia. Por si fuera poco, en las tardes hacía dulce de coco, de pepita, cremitas. De todo hacía ella, mi mamá Feliciana nunca descansaba ni nos desatendía. Cuando amanecía nunca nos decía: ‘¿Qué vamos a comer hoy? Porque no hay comida.’ ¡Nunca!, ¡jamás!
“Mi papá tomaba los tragos, pero moderado. Recuerda que en ese tiempo,” me dice la cuñada de Manuel Zapata May, “recuerda que estaba controlado todo eso. Los sábados les daban –vendido- su botellita según el número de su tarjeta, o se iban a Tizimín a comprarla, pero tenían que tener cuidado, no como ahora que en cada esquina lo compras. En esa bonita época estaba controlado, pero, eso sí, todo limpio, los patios, los jardines, las calles, todo libre de enfermedades, con vacunas, todo. Hasta después que me casé y vine a vivir acá me daban ganas de regresar a la Colonia.
“Nosotras apoyamos mucho a mi mamá. Yo ya estaba grande cuando dejé de vender, no me daba pena. A mis hermanitas Conchi y Flori no les gustaba salir a vender, pero yo agarraba mi traste y me iba a vender. Si ya lo hizo mi mamá, ni modo que se quede allá. Mi hermana Juanita me regañaba: ‘Deja que ellas lo hagan,’ me decía. Ya era yo una muchacha y ni novio tenía, pero no me daba pena. Ese campeón (Luis Ricalde), cuando terminaba yo de vender me esperaba en la puerta de la escuela, ponía el sabucán y los trastes en el manubrio de su bicicleta, y me acompañaba a mi casa.
“Participábamos en los carnavales. Aunque a mi papá no le gustaban mucho esas cosas, nos disfrazábamos. Pedíamos permiso mi hermana Conchi y yo, pero mi papá era muy estricto en ese aspecto; hasta para ir al baile había que pedirle permiso. Si ese día estaba enojado no nos dejaba ir. ‘¿Está mojada su hamaca para que no puedan dormir?’ nos decía. Ahh, pero cuando decía sí, preguntaba ‘¿Quiénes van?’ ‘Mi hermanita, mi mamá y yo.’ ‘Está bien.’ Antes así era la cosa.
“Esos bailes se ponían buenos, creo yo tenía quince años. Cuando eso, la gente que venía a sacarte a bailar, si no te conocía, le pedía permiso primero a mi mamá, después a mí, y me sacaba a bailar. Había mucho más cuidado, mucha cortesía. Era muy bonito. Te ponías tu pañuelo en la mano y a bailar.
“Fíjate, Ariel qué me pasó una vez con un militar que estaba destacamentado en El Cuyo. Yo trabajaba en ese entonces con don Basulto en la nevería y platicaba de manera cortés con él cuando iba a la nevería; cuando regresaba a Colonia me buscaba. Esa vez creo lo iban a cambiar y fue a mi casa, acompañado de Pancho López –el policía- a hablar con mi papá. Fueron a pedirle permiso para que yo salga con él, pero yo no quería. Tenía miedo. Pedro se llamaba aquel militar, pero yo no quería ese compromiso. Antiguamente así se hacía: iban a pedir permiso a tu papá para salir contigo.”
Continuará…
L.C.C. Ariel López Tejero




























