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Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Ha sido inesperada la visita. A este buen hombre que llega hasta mi casa yo lo conocía de cara, pero no era mi amigo. Y hoy viene a presentarme un problema de su existencia y a pedirme que le diga qué debe hacer.
Por las razones que me da por lo que él llama haberlo molestado, caigo en cuenta de que no poco ha contribuido en su determinación la lectura de mis trabajos periodísticos. No vivimos lejos el uno del otro, y el hecho repetido de nuestro encuentro en la calle, seguramente, acabó de convencerlo para hacerme la visita.
Lo escucho, fijo en sus palabras, sin perder un detalle, la esencia de una situación. Se trata de su hija. Me dice que quiere matarla y me hace ver con exaltada palabra lo que significa el honor. Le doy mi opinión. Parece, al despedirse, que ha hecho salir a flor de su conciencia un ignorado remordimiento.
Me quedo, en el sillón confortable, meditando frente al crepúsculo que se precipita y que sorprendo reclinado en las nubes lejanas. El caso que acabo de escuchar no es nuevo, no es único. Es, simplemente, uno más en la desgraciada historia de muchos hogares. La ignorancia, el falso concepto de la probidad, del imponderable valor de la decencia, han sido, en infinidad de casos, verdugos ciegos de muchas mujeres.
En el Lyceum de La Habana, Ofelia Rodríguez Acosta disertó, durante mi estancia en Cuba, acerca de la tragedia biológica de la mujer, aporte magnífico y sesudo que dio margen a que Antonio Penichet escribiese un artículo expresando que, en su concepto, la tragedia de la mujer no era biológica sino social.
A mi memoria vienen estos recuerdos, de la mano de las producciones de tratadistas notables del gran problema, al estar madurando con rapidez y con el dolor de mi deploración, este caso que un padre que cree haber sido amoroso ha venido a traer a mi vida, brindándome la distinción equivocada de que yo pueda orientarlo con sapiencia. A esta niña de quien se trata, ya infortunadamente desenvolviéndose en la serpentina trágica del vicio que es hermano de la enfermedad y padre de la tragedia, la preparó para su desgracia, lo que su padre tuvo por amor, que no era más que severidad que caía sobre una ignorancia de sus problemas.
Pétreo el carácter paterno y desajenada el alma de los hermanos, la vida en común de la casa que hoy piensan manchada sus moradores por la hija descarriada, era mecánica. La mesa no representaba más que un pesebre; cada quien masticaba, sin hablar, sin que subiese esa alegría fácil y contagiosa y pacífica y bienhechora que da la mesa. Cada quien atendía a sus problemas sin preocuparse por los problemas de los otros miembros de la familia ¡y menos por entenderlos! El padre y los hermanos atendían las necesidades, es decir, daban de comer. Con eso creían haber cumplido con su deber. La muchacha no podía salir ni siquiera al postigo. Cuando iba de paseo salía con una tía, o a lo más con una criada vieja y gruñona que era de la confianza del padre, por fielmente delatora. De modo que la virgen del hogar era una esclava, una solitaria.
La juventud comenzó a descifrar en ella la razón de las cosas y a ponerle alas de amor en el corazón. Para consolarse de su positivo encierro, para entretenerse en aquella casa de muñecos humanos, furtiva y deseosa adquirió folletines eróticos de literatura comercial. En su alma la lectura impropia provocó crisis. Comenzó a experimentar sensaciones extrañas, contradictorias. Alguien le dijo dos palabras de falso amor. Burló la vigilancia. Muchas veces la palabra definió, al halagarla, resoluciones que flotaban entre su temor y resolución. Y rompió el cautiverio. Pero volvió al hogar después de su fracaso. Y otra vez la misma vida, con la excepción de que, por lo que había sucedido, tenía que sentirse más propicia a ser aherrojada. Hasta que cayó de nuevo. Y lo mismo. Y otra caída… Y después muchas caídas… ¡Y el antro!
Es cuestión de ignorancia. Las hijas, más que los hijos varones, necesitan atención. Una casa en que atiendan las necesidades del cuerpo, y los padres, los que debieran ser directores desatienden las necesidades del alma y de la mente, las voces de la juventud que se manifiesta, sin encauzarlas, sin corregirlas debidamente para, en cambio, maniatar lo que se desenvuelve con el tiempo, no es ni puede ser, en el alto sentido de la palabra, un hogar. Y esa es la desgracia humana: que hay muchos lugares en que viven varios miembros de una familia, creyendo que tienen un hogar cuando, en la realidad moral, no se trata de otra cosa sino de un edificio en que se resguardan para sus necesidades naturales.
Las hijas, orgullo del hogar, heraldos de la vida, tienen problemas hondos y poderosos que necesitan que se les atienda y comprenda. Y los padres deben ser amigos en estas cuestiones; deben inspirar confianza consoladora para así poder, con mayor eficacia, brindar alivio y dirección. Pero convertirse en policía maniático, en jupiterino restallador de carácter, en carcelero cruento, en amenazante degollador de la vida, es constituirse en culpable de infinidad de desventuras para las hijas.
Mérida, Yucatán.
Diario del Sureste. Mérida, 4 de agosto de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]




























