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Los Mercaderes del Miedo

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Cada vez que aparece un video en el que los ejecutores tienen a su víctima frente a ellos, enviando un mensaje, sabemos que la intención fundamental es sembrar miedo, pretendiendo que aquellos a quien va dirigido hagan lo que los asesinos indican so pena de sufrir el mismo tratamiento. También sabemos que el mensajero, la víctima, será sacrificada después del mensaje, para que quede claro que lo que se dijo “era en serio”.

Si bien estas tácticas siempre han sido usadas por facciones en pugna, como medio de coerción para obtener información, los combatientes talibanes fueron los primeros en usar el mecanismo ante cámaras. Es difícil olvidar las imágenes en las que, tomándolos de los cabellos, un afilado cuchillo cercenaba la cabeza de sus víctimas hasta desprenderla. El horror había llegado a nuestras pantallas, exponiéndonos a la cruda realidad.

Hace unas semanas amanecimos con la infausta noticia de la ejecución de tres hermanitas, menores de edad, a manos del crimen organizado. Esta semana fue una profesora retirada, con apenas 62 años, que trabajaba manejando su taxi. ¿Su pecado? No pagar el derecho de piso que le exigieron sus ejecutores.

Gobernadores recomiendan que los turistas en carreteras “viajen de día, porque es más seguro”, o a sus gobernados que “se queden en casa por la noche”; mandos policiacos y militares que son humillados por estos siniestros personajes mientras trasladan víveres a sus compañeros; negocios incendiados; asaltos a unidades de transporte; desapariciones de jóvenes en muchos estados de la nación; todas son manifestaciones de lo mismo: de la claudicación de aquellos que detentan el poder en la aplicación de la ley y del uso de las armas contra aquellos que impunemente siembran miedo y terror con sus acciones.

La indolencia ante esos asesinatos se convierte en franco enojo cuando algunos despistados políticos publican esquelas por los fallecimientos de cantantes y luchadores extranjeros, mientras se niegan a presentar en tribuna los temas indicados anteriormente, o tan solo a guardar un minuto de silencio por la pérdida de tantas vidas de tantos mexicanos.

El enojo se convierte en rabia cuando atestiguamos ejemplos y más ejemplos de la frivolidad con que los políticos se conducen, sin mostrar empatía por sus gobernados, ignorándolos; cuando, en cambio, se dedican a vivir francachelas, a hacerse más ricos, a engrosar su concha fortaleciendo al mismo tiempo su desvergüenza y cinismo mientras las evidencias de su conducta son claras y contundentes, sin que se les toque con el pétalo de una rosa.

Ojalá esa rabia se convierta en un impulso que exija e imponga mejores gobernantes y políticos, no la bazofia que nos ha gobernado durante tantas décadas.

¿Se entiende cuán importante resulta votar con la cabeza y no con el corazón, o acaso estamos condonando y aceptando que esto es “normal”, o que los de ahora “no son iguales” a los de antes?

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