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En mi particular cruzada por la lectura, tuve la oportunidad de disfrutar de obras de grandes autores de diferentes nacionalidades. Antes de los 18 años me inclinaba por el género de aventura, fantasía, relatos épicos, históricos; tuve mis primeros acercamientos con el terror. Al llegar a la mayoría de edad, comencé a interesarme por la ciencia ficción, la novela negra o policiaca, intriga, los conflictos bélicos mundiales, etcétera. A partir de ese momento, y hasta llegar a los 30 años, tenía muy claro cuáles eran mis clásicos.
Cuando inicias el hábito de la lectura, la emoción por continuar alimentando a nuestra mente con nuevas historias va generando en nosotros la costumbre de adquirir más libros, de leer de todo, siempre y cuando fuera interesante.
En mi caso, cada que tenía oportunidad de comprar libros en buen estado y a buen costo, invertía en ello. Recuerdo que los viajes a la Ciudad de México me daban la oportunidad de regresar a Mérida con varios libros, adquiridos a precio de ganga en diversas librerías y tianguis. Incluso, a veces compraba varios y algunos nunca tuve oportunidad de leerlos. Aquellos libros se quedaban ahí, en nuestros estantes, en espera de ser elegidos y, por el motivo que fuera, nunca fueron disfrutados.
No me malinterpreten, no hablo de malos libros; todo lo contrario, hablo de obras probadas en su importancia literaria o en la respuesta del público lector, o bien recomendadas por amigas o colegas amantes de la lectura.
Una razón por la que tuve libros buenísimos que no he leído fue que quizá no logré conectar, o quizás, como pasa en el rock, hay demasiadas bandas buenísimas, tantas, que es imposible profundizar en sus respectivas obras exquisitas.
Hago la comparación con el rock: la Literatura tiene el mismo problema que una discoteca gigantesca. Uno puede conocer cientos de obras extraordinarias y, aun así, dejar algunas joyas para otra etapa de la vida.
No haber terminado o leído determinados libros hace décadas no significa necesariamente que no conectaras con ellos, quizá simplemente los encontramos en el momento equivocado. Algunas obras tienen una intensidad muy particular; unas son breves, otras sensuales; otras más son inquietantes y prácticamente te atrapan desde las primeras páginas. También existen otras novelas que, en cambio, exigen otra disposición.

Mi punto es que leer cualquiera de estos libros pendientes a los 50 o 60 años puede ser maravilloso, de una manera que difícilmente lo es a los 20. Por eso creo firmemente que en los libros ocurre un fenómeno parecido con los discos de rock:
- A los 18 años quieres descubrirlo todo
- A los 30, empiezas a reconocer tus clásicos
- A los 50, o más, vuelves a ellos y descubres que apenas los habías escuchado.
- Después, algunas obras que antes te parecían lentas empiezan a hablarte de otra manera.
Por ejemplo, en alguien que descubre “In the Court of the Crimson King”, de King Crimson, a los 17 años y piensa «qué disco tan extraño», veinte años después lo escucha y comprende que aquello hablaba de cosas que ahora sí ha vivido.
Con muchos libros pendientes ocurre algo parecido.
Nuestra biblioteca mental está construida de manera muy poco académica y muy rica.
En mi caso, al haber pasado por Literatura, Periodismo, Teatro, Cómic, Ciencia Ficción, Música, Cine, Cultura popular no necesariamente siento la necesidad de «ponerme al corriente» con estos libros pendientes. Quizá sea más interesante volver a encontrarme con ellos y logre descubrir que el libro que no pude terminar hace cuarenta años quizá sea exactamente el libro que necesito leer ahora.
Por eso creo que hay libros que no abandonamos: simplemente los dejamos esperando un tiempo.
RICARDO PAT





























