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Los hombres que silban

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Del tiempo viejo

Ermilo Abreu Gómez

Antes, en un antes que ya pocos recuerdan, de noche iban por las calles de la ciudad no sé cuántos hombres solitarios silbando muy gratas melodías. En el silencio de la noche se juntaban los pasos del caminante y el trino de su canción.

Mientras uno empezaba a conciliar el sueño, en esa zona intermedia en que no se sabe si se está dormido o se está despierto, los oídos adquieren una finura inusitada para captar los ruidos más insignificantes. Es cuando se oye el crepitar misterioso de los muebles, el paso leve y cauteloso del ratón, el chillido tímido del grillo, y el susurro del viento sobre los árboles.

Es entonces también cuando percibimos, nítido, el silbido de aquellos caminantes nocherniegos. Acabamos por conocerlos por el silbido que repiten noche con noche. Aquel que silba un pasaje de ópera debe ser el vecino de la vivienda de enfrente. Aquel que silba un pasodoble será el zapatero del parque. Y aquel que silba un vals, sin duda es el dueño de la funeraria. Y todavía aquel otro que silba una mazurca a la fuerza es dependiente de la panadería de don Cosme. Estas atribuciones, claro, no tienen sentido, pero las hacemos por mero afán de ponerle dueño a cada canción.

A veces no pasó un caminante aislado, sino varios que forman compacto grupo. Entonces el silbido se hace coro. En ocasiones oímos coros campesinos que marchan al campo o que vuelven de la faena diaria. Se percibe esto porque los que van, van alegres y los que vuelven, vuelven tristes.

En ocasiones estos silbidos resultan inciertos, como si vinieran de seres extraños que pasan por la calle sin dejar huella. Nos quedamos oyéndolos en tanto que se alejan sus pasos y su canción se desvanece. Poco a poco se los come la distancia. Nos quedamos pensando cuando doblan la esquina y atraviesan el jardín y hasta que el viento nos trae los últimos trocitos de su melodía. Luego todo queda como sumido en la oscuridad del silencio.

Cerramos los ojos y recogemos los oídos, ahíto el cuerpo de la fatiga diaria y nos empezamos a hundir en la quietud del sueño. Vamos como olvidándonos de nosotros mismos; nos recordamos como si fuéramos extraños. Mas de pronto, cuando ya no somos sino el eco de lo que fuimos, surge algo así como el último caminante con su silbido. Va acercándose a nuestra calle, percibimos el taconeo de su paso y la melodía de la canción. Pero este caminante es distinto a los otros porque entre la ajena melodía intercala pasajes suyos, de su propia invención, en los cuales se recrea alargando y acortando las notas, según su capricho. Debe ser un músico. Sonreímos sin querer ante los arpegios que improvisa el caminante. Estamos a punto de levantarnos y mirar por la ventana para identificarlo, pero en ese momento la melodía y los pasos del desconocido se borran, porque el sereno, con su grito estridente, atropella a nuestro amigo. El sereno, que se llama don Indalecio, no permite que ningún otro ruido interrumpa el ruido de su vigilante pregón.

Pero estos silbidos de antaño ya no se oyen. Los caminantes que en noches pasadísimas silbaban por las calles de la ciudad se han muerto. Sin miedo y sin piedad los asesinó el pavoroso ruido de la ciudad moderna. Por eso ahora el silencio de la capital, cuando termina el tráfico de tantos coches, resulta un silencio que sobrecoge el alma. Es un silencio de muerte. El de antaño era un silencio lleno de algo que pertenecía a la propia humanidad y al propio perfume y a la gracia de la noche.

 

Diario del Sureste. Mérida, año XXXIII, tomo CXXXI, 30 de julio de 1964, pp. 3,7.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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