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César Ramón González Rosado
No se resignan. Son los mismos, los sepultados por 30 millones de votos, que con desesperación emergen entre los escombros, tratando de proteger sus intereses atacando al Presidente de la República y sus proyectos, sugiriendo su renuncia.
La pandemia del COVID-19 y sus consecuencias letales y económicas ha trastornado la vida de muchos países. México no es la excepción. Con prontitud, el gobierno enfrentó la crisis y estableció medidas similares a las de otras naciones, como son la permanencia de la ciudadanía en sus casas, salvo necesidades apremiantes o esenciales, el establecimiento de la “sana distancia”, el lavado continuo de manos y otras recomendaciones.
Fue necesario el cierre de establecimientos no indispensables para la alimentación y la salud y otras medidas dolorosas para combatir la propagación del mal.
Sin embargo, aunque se informa todos los días en las reuniones mañaneras y a las 7 de la noche por el equipo de médicos el desarrollo de la pandemia, y aunque también se informan los asuntos económicos y posibles medidas de solución que se toman para contrarrestarlas, la inconformidad de grandes empresarios, banqueros, o dueños del capital en general, no tiene límites y se han dedicado a atacar al gobierno en una reprobable tarea de división de la sociedad, inconveniente en estos momentos de crisis.
Quieren que el gobierno les solucione todos sus problemas como los acostumbraron en regímenes pasados, v.g. el Fobaproa cuando Zedillo.
Aducen que la empresa requiere del apoyo para conservar los empleos, pretexto de siempre que sirve para aumentar sus ganancias.
Quisieran condonación de impuestos como en los tiempos pasados y tantas otras prerrogativas de las que disfrutaron. Pero eso se acabó y el Presidente ha sido claro: Combate a la corrupción…primero los pobres.
Hace unos días un grupo de testaferros de los grandes empresarios se manifestó con gran escándalo en los medios y en redes sociales sobre la necesidad de presionar para que el gobierno tome medidas que convengan a esos intereses y, si no, la necesidad de su renuncia.
Se trata de un grupo de 316 personas que se estiman importantes así mismos para la buena marcha del país: políticos opositores, periodistas y opinadores chayoteros e “intelectuales” de la misma calaña. Son los mismos de siempre, ya muy conocidos.
El presidente, que ejerce con entusiasmo su derecho de réplica y que mucho les incomoda, respondió: Resolvamos este asunto por la vía democrática, preguntemos al pueblo. Ofreció proponer a las cámaras el adelanto de la consulta para la revocación de su mandato, en lugar de 2022, para las próximas elecciones de 2021.
Entonces qué pasó. El Presidente les tapó la boca y hasta los partidos de oposición patrocinadores de estos escándalos se echaron para atrás. Tuvieron miedo. Y hasta los 316 que piensan que su voto vale mucho y es superior al voto del pueblo, no le entraron al reto. Pero con seguridad continuarán vociferando y tratando de dividir a la opinión pública para su beneficio.
Y el primer mandatario continuará con su decisión: Acabemos con la corrupción…primero el pueblo.
Y el clamor popular dirá: No aceptes chantajes, Presidente.





























