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Carlos Moreno Medina
Generalmente se cree que los buenos libros desde el momento de su aparición ya son considerados como tales; que su buena calidad es reconocida de inmediato. Pero no siempre sucede esto; o mejor dicho, muy pocas veces sucede. Por tanto, sus autores necesitan esperar el paso de muchos años para que su obra sea reconocida, y muchas veces lo viene a ser cuando el escritor ya ha dejado de existir. Las obras de Baudelaire, por ejemplo, principalmente Las flores del mal, causaron una lluvia de protestas que motivaron que el poeta fuera enjuiciado y tuviera que pagar una multa. A Wilde, su Retrato de Dorian Gray, que pinta bastante crudamente a la sociedad inglesa, fue el verdadero motivo para que fuera a para a la cárcel. La obra de Marcel Proust, después de mucho tiempo, ya muerto el escritor, comenzó a ser valorada y reconocida.
Generalmente, esa es la triste suerte que le cabe a las buenas obras; muchas veces son merecedoras del repudio según el parecer del público que vive en la época de la aparición de la obra, aunque después venga a ser aplaudida y elogiada. Es que las buenas obras casi siempre traen consigo algo que disgusta al modo de pensar general, la manera de pensar ya reconocida y establecida. A la gente le disgusta que de pronto un individuo cualquiera les diga que los conceptos ya aceptados y llevados por mucho tiempo han estado equivocados. Esto es enojoso y molesto, como debe comprenderse.
Federico Nietzsche, el gran Nietzsche del Así hablaba Zaratustra sabía muy bien de estas cosas, pues ya había sufrido en carne propia los ataques e insultos de aquellos que no podían ver con los mismos ojos poderosos de su gigantesco espíritu. Por eso, en su libro Humano, demasiado humano siente la necesidad de decir lo siguiente: “Todo buen libro tiene un sabor áspero cuando aparece: es el defecto de novedad. Además, su autor le hace daño si está todavía vivo y se habla de él, pues el mundo tiene la costumbre de confundir al escritor con su obra. Lo que hay en ésta de espíritu, de dulzura o de esplendor deberá desarrollarse con la edad, gracias a una admiración creciente, a una vieja veneración que acaba por ser tradicional… Pues si los buenos lectores hacen siempre mejor a un libro, los buenos adversarios lo perfeccionan.”
Diario del Sureste. Mérida, 14 de julio de 1963, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























