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Los albañiles del atrio

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Del tiempo viejo

Ermilo Abreu Gómez

Hoy todavía se pueden ver algunos albañiles en el atrio de la Catedral. Ahí están desde que amanece hasta más allá del medio día. Son casi siempre albañiles viejos, cansados y tristes. Traen consigo sus herramientas de trabajo, una pala, una cuchara, una barreta y, en ocasiones, una plomada con su cordel. Se arriman a la verja del atrio o se sientan a la orilla de la banqueta en espera de quien los quiera llevar para algún trabajo.

Hoy quedan pocos, pero antes eran muchos. Entonces ocupaban casi todo el atrio y parte del Sagrario. Llegaban mucho antes de que amaneciera. A veces no venían solos, sino con sus mujeres y sus hijos para ayudarlos a cargar sus enseres. Ya entrado el sol, las mujeres sacaban de sus morrales tortillas, un poco de frijol, algún pedazo de chile en rajas; y la familia se ponía a almorzar aquella miseria. El agua la tomaban de la fuente del Zócalo o la iban a pedir a las vecindades.

Estos albañiles vestían de modo particular. Casi siempre traían guaraches, pantalón blanco, doblado hasta media pierna, y delantal de algún color, ya desvaído. Sobre la camisa se echan el poncho de algodón listado. Si hacía frío, se envolvían con él hasta los ojos. Usaban sombrero de palma con alguna imagen de santo incrustada en la cinta. Hablaban poco entre ellos. Si un cliente llegaba a solicitar sus servicios, nadie se adelantaba para desplazar al compañero. Si el sitio a donde tenía que ir era cerca, pues la emprendía a pie. Eso de cerca quería decir Santa María La Ribera, la colonia Guerrero, la de los Doctores o la merísima Villa. Pero si el trabajo había que hacerlo en San Ángel, o en Tlalpan, en Tacuba o en Azcapotzalco, entonces había que esperar las góndolas de los trenes que salían del Zócalo rumbo a estos municipios.

Esperaban el tren que pasaba frente al Municipio o frente al Palacio, y se trepaban en las góndolas donde viajaban las verduleras que llevaban sus mercancías a los mercados de las poblaciones foráneas. Había que verlos cómo se acomodaban en aquellos carros. Buscaban el rincón más despejado, y sobre su mochila se sentaban tanto para que no les robaran nada cuanto para pagar menos, pues el conductor cobraba a su modo o a su capricho: unas veces por el sitio que ocupaban los pasajeros, y otras por el número de bultos que traían. En ocasiones se suscitaban discusiones sobre estos pormenores del precio del pasaje. Los conductores, en ocasiones, eran unos verdaderos desalmados, pues por una mochila o por una pequeña cajita pedían un nuevo pasaje.

¿Y qué iban a hacer? La autoridad es la autoridad y contra ella no cabe alegato ni amparo alguno. No había más que resignarse y pagar lo que fuera. Entonces el hombre sacaba su paliacate y con los dientes desataba el nudo de la punta, y de él sacaba sus centavitos para pagar el pasaje.

Al mediodía se sentaba en una piedra y se ponía a comer sus tortillitas, si era posible, calentadas sobre un brasero improvisado. A cada tortilla le ponía un pedazo de aguacate, con todo y cáscara, y sus granitos de sal y tal cual rajita de chile. Para pasar los tragos de aquel somero almuerzo, tomaba de un jarrito sorbos de su buen pulque curado de apio, de tuna o de otra fruta.

La tarea la terminaba a eso de las cuatro de la tarde. Cobraba su salario, que no pasaba de unos cuantos reales, y emprendía el viaje a la ciudad, ahora en el furgón de segunda, porque a esa hora ya no corrían las góndolas del mercado.

Y así hasta el día siguiente. De nuevo, desde el amanecer, se instalaba en el atrio de la Catedral o en el atrio del sagrario para esperar al cliente que reclamara sus servicios. Y así hasta que la muerte le daba la paz que la vida cotidiana le había negado.

Tal era la existencia de los pobres albañiles de antaño, del tiempo viejo. Ahora se han ido a otra parte. En aquellos sitios sólo quedan los hijos o los nietos de aquellos tradicionales alarifes, sometidos a la tutela de los gremios del tiempo virreinal.

México, D. F., julio de 1964.

 

Diario del Sureste. Mérida, año XXXIII, tomo CXXXI, 23 de julio de 1964, pp. 3, 7.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

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