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D.R. Carmen Mendoza
Hace muchos años, en un lugar de árboles altos y cielos azules, nació una niña hermosa llamada María Elena. Todos la llamaban Lena. Era una niña alegre, soñadora, con una sonrisa tan brillante que iluminaba cualquier rincón.
Su papá, el coronel Braulio, era un militar muy serio, de ceño fruncido y voz fuerte. Pero bastaba con que Lena lo mirara a los ojos para que se convirtiera en un manso corderito.
–Nunca olvides, mi niña –le decía, mientras ella le acariciaba el rostro–que tú eres el regalo más hermoso que la vida me dio.
Lena sonreía y guardaba esas palabras en su corazón como un tesoro.
Con el paso del tiempo, llegó un nuevo integrante a la familia: su hermanito Marcos. Lena estaba feliz. Juntos jugaban, corrían por el jardín y se inventaban en historias mágicas. Tenían una nana muy cariñosa que los cuidaba con amor mientras su mamá, doña Sofía, se encargaba de las mil tareas del hogar y del trabajo de su esposo.
Los años volaron como las hojas al viento. Lena creció, se enamoró de un hombre bueno y sonriente llamado Ciri, y juntos formaron una familia tan grande como un arcoíris: tuvieron cinco hijos– Lena, Angelita, Daniel, Ángel y Claudia –que con el tiempo les dieron el mayor de los regalos… ¡once nietos!
Sí, once traviesos, dulces, ruidosos y adorables nietos.
–Mis hijos son mi orgullo –decía Lena– pero mis nietos… ¡Ay, mis nietos! Son pedacitos de mi corazón.
Cada vez que llegaban las vacaciones, la casa de los abuelos se transformaba en un rincón sagrado de alegría. Los nietos llegaban corriendo, con mochilas llenas de juguetes, dibujos, cuentos y, sobre todo, abrazos y besos. Lena y Ciri los recibían con los brazos abiertos y el corazón rebosando amor.
Lena, con su delantal de flores bordadas, cocinaba como si fuera para reyes. ¡Y de verdad lo era! Porque para ella, sus nietos eran sus pequeños reyes y reinas. Les preparaba picaditas crujientes, empanadas, molotes, tortas ahogadas, champurrado calientito, chocolate espeso como abrazo. ¡Ah, claro! No olvidemos el pan receta secreta de las bisabuelas… En los días de calor, no podía faltar el tejuino bien frío que les hacía cosquillas en la lengua. ¡Y qué decir de la nieve de pitaya roja, exquisita, o maracuyá, fruta exótica tan deliciosa!
Mientras cocinaba, los nietos se turnaban para contar sus “pato aventuras”, como las llamaban: desde cómo habían perdido un diente comiendo coco, hasta como un perrito les robó el helado en el parque.
–¡Y entonces el perrito se lo tragó de un solo bocado! –gritaba uno.
–¡Nooo! –reían los demás.
Ciri, mientras tanto, salía al huerto que él mismo había cuidado durante años. Cortaba las frutas más jugosas: mangos, ciruelas, guayabas y duraznos. Luego les preparaba una frutera gigante, tan grande que parecía un volcán de colores.
–¡A comer! –decía, y todos corrían como si fuera una carrera de sabores.
La casa de los abuelos no era una mansión ni tenía grandes lujos, pero tenía algo que ninguna otra tenía: amor verdadero, de ese que se siente en el abrazo apretado de la abuelita Lena, o en el guiño travieso del abuelito Ciri.
Como Lena y Ciri siempre dicen: “Los nietos son el tesoro más hermoso que la vida nos regaló. Y mientras los tengamos cerca… ¡nuestros corazones nunca dejarán de latir felices!”
Porque en sus risas encuentran la música de sus días; en sus abrazos, el calor que encienden su alma; y en sus miradas curiosas, la promesa de un mañana lleno de esperanza.
Cada paso que dan, cada palabra nueva, cada ocurrencia ingenua, es una caricia a sus almas cansadas, un soplo de juventud que les devuelve el tiempo.
Es su segunda oportunidad de amar sin prisas, de enseñar con ternura, de vivir con plenitud.
A veces los observan en silencio. Entonces una lágrima suave se desliza en sus rostros sin pedir permiso. En ellos ven el legado de su historia, la continuidad de todo lo que son y el eco de sus risas en otro tiempo.
Por ello siempre seguirán contentos, disfrutando a sus amados nietos anhelando las vacaciones para recibirlos siempre con los brazos abiertos.
Lena y Ciri –¡Ummmm! y si acaso ya no existe alguno de nosotros–, a su regreso nunca olviden refugiarse en la casa de los abuelos en donde siempre encontrarán amor eterno.
Colorín colorado, este cuento se ha terminado,
con abuelitos tan sabios, Lena y Ciri a nuestro lado.
Contaron con risas, ternura y calor, un cuento que guardaremos con todo el amor.
Si quieres otro, no te hagas el dormido….
¡que Lena y Ciri siempre tienen uno escondido!





























