Letras y ciclos

By on enero 10, 2019

Postal Año Nuevo

José Juan Cervera

El registro del tiempo es una convención social que fija en el paso de los años el despliegue de acontecimientos que van sumándose, para llenar procesos de amplitud ascendente. Todo aquello que pueda medirse parece suministrar dosis de certidumbre cuya prescripción, sin embargo, deja de lado fragmentos de vida que, con movimientos casi imperceptibles, abren pequeños caminos, o liberan fuerzas aún en crecimiento. Se gestan entre el silencio y la penumbra, y tienden a ocupar los bordes de un escenario que acoge al mismo tiempo representaciones múltiples y confusas, aunque siempre parece tener espacio para nuevas puestas en escena.

Cuando alguna mirada trata de guiarse entre el cúmulo de letras que un año agonizante trajo consigo, tropezará o tomará atajos, seguirá luces persistentes, y evadirá ciertos lazos que dan la apariencia de anudar impulsos poderosos; a veces busca unir dos extremos, para equilibrar la emisión de acentos que pudiesen discordar en un ambiente de voces que compiten por hacerse oír. Alguien juzgará la conveniencia de emprender, con afán regulador o en honra de un compromiso profesional, balances y evaluaciones de lo que, habiéndose publicado a lo largo de doce meses, pueda merecer lustre continuo o eclipsarse antes de convocar nuevos lectores. La suya es una labor encomiable, por las ideas que pueda sugerir o por los tramos que logre despejar en el avistamiento de horizontes cuajados de significado.

Más difícil es pronosticar, intuir o señalar las tendencias de lo que no logra abarcar el curso exacto de un año, algo que sólo llegan a vislumbrar ciertos gustos minoritarios e incluso marginales que no se adaptan a las exigencias del mercado o a la fuerza que arrastra el amoldamiento dominante; en cambio, cortejan el potencial de desarrollarse en una libertad relativa que renuncia al yugo de imperativos vacuos y eficacias visibles, mensurables y uniformes. En este terreno de apreciables esfuerzos por arrebatar privilegios a la frivolidad y al cálculo inmediato, algunos jóvenes y veteranos coinciden en afinar sus recursos de expresión, en hallar mentores, identificar a sus pares y sumergirse en aguas menos frecuentadas que las de la superficie, viscosas y empobrecidas, que la vanidad y el apremio saturan con estruendo.

Algo es posible descubrir todavía fuera de las fórmulas manidas y de las complacencias interesadas, hijas del sesgo aprensivo y de las rigideces que la costumbre grisácea afianza cuantas veces niega resquicios al conocimiento desdeñado: el que emana de fuentes cuyos orígenes sólo se atreven a explorar los excéntricos contumaces, los que se afanan en conciliar escuelas disímbolas únicamente en su apariencia, pero que exigen un  tiempo de acumulación para florecer en un campo menos vistoso que los jardines de artificio, siempre fáciles de adquirir con ánimo de lucimiento.

 

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