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Juan José Caamal Canul
Para Liliana, por todo este nuestro tiempo
“Tú no,” dijo el profesor director que se encontraba en el vano de la puerta. Escuchó las palabras. El juego de luz y sombra que dividía en dos al profesor le impidió ver el movimiento de la boca.
Momentos antes, mientras transcribían lo que el profesor titular iba escribiendo en el pizarrón, la puerta se abrió. La luz de las nueve de la mañana se coló de golpe y cegó momentáneamente casi a todos.
“Dos chéveres para lavar botellas,” solicitó el profesor director. A continuación, cinco muchachos levantaron los brazos, él entre ellos.
El profesor director lo miró y enseguida escuchó su negativa. Señaló a dos adolescentes sentados en la parte de atrás, que mantenían los brazos erguidos. “Ustedes dos,” dijo el profesor director. Salieron y cerraron la puerta.
“Seguimos donde nos quedamos…,” dijo el profesor titular, aunque él ya no siguió escuchando. Pensó que, de nuevo, lo habían rechazado para lavar envases y que se quedaría un día más sin beber aquel refresco preparado.
Solo tendría oportunidad de comer dos panuchos, o quizás un polcán y un panucho, con la moneda de peso que le dio Mamá. Sin beber nada. “Otro día será,” se dijo sin más, retomando el hilo de lo que seguía escribiendo el profesor titular en la pizarra. “Copien lo que hasta ahora está escrito, aún nos quedan otras cosas…”.
La onda sonora metálica del golpe entre un riel decauville contra otro pedazo de riel – este de ferrocarril, suspendido de una viga del salón trasero, el aviso de la hora del recreo, al igual que para la formación para la entrada a los salones y el de “retirada” – envolvió el entorno escolar.
Salió con los demás.

Una larga fila se había formado delante de doña Panchita. La anciana trabajaba de prisa, poniendo sobre el recorte cuadrado de papel de estraza el o los panuchos, y encima de ellos la cucharada de repollo picado. Cobraba, daba cambio, y atendía al siguiente en el turno. “Ojalá alcance algo de doña Pancha”.
Pensó en lo incansable que era aquella anciana, pues conocía casi de memoria parte de su rutina y circuito: minutos antes de las siete en el andén de la estación de ferrocarriles, a las ocho en el mercado, a las diez en la escuela para esperar la hora del recreo. La dama, con sus años a cuestas, no vivía cerca; su choza estaba en la periferia del pueblo, “tras- del-pueblo”, “pach-cah”.
La señora molía su nixtamal, hacia las tortillas a mano, preparaba los frijoles, freía en manteca los panuchos, y picaba el repollo, una anciana trabajadora. Cuando hacía su aparición en cualquier lugar con su palangana de panuchos, eran el manjar esperado y degustado.
Vio la otra fila, más corta, ante una señora de mediana edad con su bandeja de empanadas con tomate y queso sopero espolvoreado encima. Para él, bocadillos más apetitosos, pero más costosos; a un lado del pozo, el paletero, con un pie encima de la llanta del carrito azul marino, pregonaba sus productos, también atento, por ahora, a su escasa venta.
Cuando tuvo en sus manos los antojitos, fue bajo la mata de tamarindo, junto al murete que servía de base para la malla ciclónica, línea divisoria entre la calle y el colegio. Se recostó y observó la fila de chiquillos para entrar a la dirección y comprar el refresco.
A un lado estaban los dos medios tambores de metal vueltos boca abajo y el rastro húmedo del agua vertida momentos antes.
Solo había media hora para el recreo, tiempo finito para la infancia y la adolescencia, así que los niños jugaban pesca-pesca o, los más grandes, fútbol, con su comida y refresco en las manos, corriendo de aquí para allá.
Los años han transcurrido, ahora que lo piensa. No sabía muy bien por qué en aquel entonces quería lavar envases vacíos. Por hacer alguna cosa distinta al acto de participar en actividades del salón, por fastidio, o por ganarse con esfuerzo un refresco sin que tuviera que pagarlo.
Los que lo hacían, metían dentro de un medio tambor con agua de jabón los envases vacíos. Había que sumergirlos, que se les metiera el agua de detergente, sacarlos, y con una escobetilla lavar el interior, el fondo, la panza y el cuello de la botella; luego, dentro del tambor, retirar el detergente sobrante y pasarlos al otro medio tambor con agua limpia para enjuagarlos, escurrir los envases, colocarlos dentro de las cajas de madera y llevarlos de nuevo a la dirección.
Papá nunca preguntó cómo le iba en la escuela, si le gustaba, o en que consistían las lecciones y actividades que hacían. Acudía directamente al profesor director para saber de sus avances escolares.
Alguna vez los vio platicando animadamente en la puerta de la casa del profesor director; cuando pasó y estuvo frente a ellos, dio las buenas tardes y siguió su camino. Instantes después escuchó a su padre decir: “Espérame”, y luego despedirse del profesor director. Alcanzó a escuchar que aquel le dijo: “No te preocupes, José. Me hago cargo, estoy pendiente de él”. Caminaron juntos hasta la casa, sin decirse ni media palabra.
Mamá alguna vez contó que Papá y el profesor director fueron de la misma generación y, desde siempre, vecinos. Papá seguía siendo campesino y el profesor director había tenido la oportunidad de superarse profesionalmente. Entonces comprendió algo que atisbó también…
En otros ámbitos, hubo una época, un tiempo en que no existieron las diferencias económicas ni sociales. Si bien los textos teóricos insisten en la división social del trabajo, había voluntad humana para transgredirla.
Mamá también escuchaba su frustración por no ser seleccionado y ganarse el refresco. “Es agua de azúcar, no te pierdes nada. Cuando regreses de la escuela, te hago una limonada”. No quería beber limonada ni naranjadas, quería aquel refresco.
El profesor director preparaba en unos cubos aquel sobrecito con polvo saborizado, “el que tiene una jarra viviente”. En la memoria aún perduraba el aroma dulzón de esos refrescos. Con un pichel de plástico revolvía el agua, ya con color y sabor artificial, en una cubeta. Llenaba el pichel, e iba vertiendo el líquido dentro del envase, luego lo ordenaba por colores en el interior de la nevera.
Se pasó de tercero hasta quinto grado levantando la mano. Ya no escuchaba el “Tú no” del profesor director, sino “No te preocupes, me hago cargo de él”.
Ya entonces no importaba si lo seleccionaban o no. Había que insistir hasta el final.
10 de agosto de 2026





























