Laura y Fausto (V)

By on agosto 8, 2019

CAP. V

César Ramón González Rosado

Fausto, en su viudez y soledad, se entregó por completo al trabajo. Nada lo distrajo de sus ocupaciones.

Sin embargo, el lejano recuerdo de Laura a veces lo perturbaba. De las cenizas, como el Ave Fénix, se levantaba una débil chispa ocasional de aquel amor que sólo Rita había logrado clausurar y que Fausto mantenía enclaustrado en lo más recóndito de sus sentimientos.

Así pasó cierto tiempo.

Un día, por una llamada de teléfono desde Australia supo que su tío había fallecido. Un fulminante paro cardíaco lo sorprendió en una de sus lides amorosas. El médico le había recomendado no abusar de los fármacos estimulantes para mejorar el desempeño sexual, tenía ya 80 años y padecía de alta presión arterial, pero el tío no hizo caso: quería que su final fuera así y logró su propósito.

Fausto dispuso el traslado de su pariente. Fue por él a esas lejanas tierras. Organizó una gran recepción con los amigos de su tío, como si se tratara de un héroe de mil batallas que regresaba triunfante para recibir honrosa sepultura.

Las enormes coronas y ramos de flores con los nombres de sus colegas ocuparon varias carrozas mortuorias que acompañaron el cortejo del sepelio. El discurso de despedida estuvo a cargo de alguno de esos “padrinos” de establecimientos de giros negros, que lamentó la pérdida de un gran hombre que había fomentado la felicidad de tantas personas en sus moteles “Nidito de Amor”.

Pasado el duelo, Fausto tuvo que asistir ante el notario para la lectura del testamento. Todos entendían que el heredero universal de los bienes era el mismo Fausto y casi lo fue, con la novedad de que el tío también nombraba heredera a Laura, que también era su sobrina, de las “Sex Shops” que habían crecido tanto como los moteles.

Grande fue la sorpresa pues, si bien el tío conoció a Laura cuando niña, nunca más la volvió a ver. Fausto no se sintió incómodo o molesto por la decisión del tío de heredar a quien también era su sobrina. Laura tenía experiencia en asuntos comerciales, pues era empresaria exitosa de una cadena de boutiques en su ciudad, así que venía bien. Se alegró de saberlo y tener una nueva oportunidad de encontrarse con ella después de diez años de no verla.

Supo del matrimonio de Laura, también de su divorcio.  Por su parte, Fausto no se volvió a casar y permaneció soltero con algunos amoríos ocasionales. Nada serio que lo atara otra vez. Llevaba un vacío en su existencia.

De pronto, sintió un vuelco en la cabeza, el corazón se le agitaba y las emociones pasadas del amor con Laura volvieron a presentarse ante la posibilidad del reencuentro. Laura se había casado, tenía dos hijos y, aunque su matrimonio había terminado en fracaso, ¿acaso seguirían amándose con aquel amor de adolescentes que fue causa de su separación? ¿Seguía él amando a Laura y otras experiencias le habían distraído de su antigua pasión por ella? ¿Sería posible convivir con Laura simplemente como si fueran amigos, olvidando el pasado?

Lleno de incertidumbre, le escribió a Laura las novedades y la invitó a viajar a la capital para tomar posesión como dueña de las “Sex Shops” que el tío le había heredado.

EPÍLOGO

Se había convertido en costumbre que, al llegar a su casa por las noches, agotada y deprimida, Laura a solas sintiera la necesidad de llorar, rogando ayuda que le diera la fortaleza para poder seguir viviendo. Así transcurrían las horas. Perdida la noción del tiempo, no sabía cuándo la noche comenzaba o cuando amanecía.

Una de esas noches, en la obscuridad de su alcoba, atraída por algo desconocido, sus ojos se posaron en el librero que estaba junto a su cama. Vio el sobre que contenía la carta de Fausto, donde le decía que la esperaba lo más pronto posible para entregarle su herencia.

Mientras leía, los latidos del corazón se apresuraban y sus ojos parecían salir de sus órbitas: no podía dar crédito. ¿Sería verdad lo que decía esa carta? ¿No estaría el destino jugándole otra desilusión?

Hizo caso omiso de la herencia que debía recibir: no le interesaba. Lo único que le importaba era ver a Fausto de nuevo. Eso la hacía vibrar de alegría, emoción, amor, todos esos sentimientos juntos. Deseaba reír, llorar, gritar, brincar. No le parecía posible tanta felicidad y, al mismo tiempo, volvieron a surgir sus eternos miedos.

Pasados esos momentos de fuertes emociones, sintió que poco a poco le embargaba la sensación más hermosa de paz y de amor que había experimentado en su vida. Sus preocupaciones y angustias fueron desapareciendo y, entre sollozos de felicidad, estrujó contra su pecho la carta, humedecida ya por sus lágrimas. Una vez más se preguntó si estaría soñando.

-No puedo creerlo –se decía a sí misma–. Volveré a ver a Fausto. No sé cuánto tiempo ha pasado, y no me importa: lo único que quiero es verlo, estar con él. Tomaré el próximo vuelo a la capital para encontrarme con mi destino final –pensó, decidió…

En el aeropuerto, Fausto la esperaba con impaciencia.

De pronto, vio a una elegante y bella mujer que se aproximaba.

Era Laura, pero ya no la muchacha de antaño: su porte reflejaba seguridad, y su paso denotaba firmeza en sus decisiones.

Laura, al ver a Fausto que ansioso esperaba entre la gente, corrió hacia él. Fausto saltó un barandal y corrió hacia ella.

Se fundieron en un abrazo que pareció eterno.

Al separarse, se miraron fijamente a los ojos. Ambos lloraban de alegría…

Se besaron como cuando imitaban a los artistas de cine, como cuando niños, y sintieron la fuerza incontenible del amor de su primera juventud, que ahora los unía para siempre en una incestuosa y discreta pasión.

Fin

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