Laura y Fausto, Una discreta pasión

By on julio 4, 2019

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César Ramón González Rosado

La Patética de Tchaikovski se escuchó melancólica cuando cayó el telón.

Fausto y Laura, los protagonistas principales de la obra de teatro, recibían emocionados el premio de los nutridos aplausos del público y comentarios favorables a su actuación.

Los jóvenes actores experimentales, embargados por la euforia, se abrazaron y besaron con pasión, impulsados por una mutua atracción que de tiempo atrás sentían, sin que antes de ese momento se hubiera manifestado, a no ser que se considerara cuando niños, alguna vez, jugaron a ser artistas de cine y se besaron con inocencia.

Al volver de su arrebato, los aplausos del público continuaron, pero ya no por su éxito teatral, sino por el romántico espectáculo que la gente contemplaba divertida como un obsequio más por su asistencia a la función.

Sin embargo, no todo eran sonrisas. Otros espectadores, escandalizados por la escena, reprobaron el atrevimiento, quizá por los prejuicios provincianos de ese tiempo, por motivaciones religiosas que les limitaba la amplitud del criterio, o por alguna otra razón.

Poco después, en la velada de festejo en un centro nocturno, bebiendo una copa y cogidos de las manos, Fausto escuchaba confundido las palabras de ella. Negaba con rostro angustiado, movía suavemente la cabeza de un lado a otro con los ojos húmedos como queriendo decir ¡No puede ser! ¿Qué se dijeron? Sólo el viento pudo escuchar.

Laura era una muchacha atractiva de escultural cuerpo, de probables y poderosas feromonas, bella y, sobre todo, irradiaba simpatía hacia las personas. A sus 18 años, Laura era inquieta y con una coquetería natural; una joven mujer que conquistaba el corazón de un hombre, y también el de alguna que otra mujer que se enamoraba de ella a primera vista, de tal modo que eran numerosos los pretendientes que la perseguían.

Había terminado de estudiar la preparatoria en la Universidad. Fue una estudiante ejemplar y se distinguía por su clara inteligencia y también por su poderosa fuerza de atracción ante sus compañeros estudiantes y algunos profesores, que perdían la compostura por sus encantos.

En cierta ocasión hubo una fiesta en la casa de alguien. El verdor del follaje del jardín, matizado con variados colores y aromas de las flores, invitaba la alegría. Una piscina de cristalinas aguas mitigaba el calor de verano de los jóvenes, y algunos maestros compartían con sus alumnos el festejo. Cuando Laura llegó, habían pasado unas dos horas, de modo tal que las bebidas “espirituosas” ejercían ya su efecto desinhibidor entre los asistentes.

Laura llegó con un sugerente bikini color rojo en la mano y el director comentó: “Señorita Laura, ¿ese breve traje de baño es suyo?, ¿se lo va usted a poner?”

“Sí,” respondió ella con toda naturalidad. Al regresar con el traje puesto, las expresiones de admiración no se hicieron esperar. La prenda permitía admirar las armoniosas líneas de su esplendoroso cuerpo.

El director de nuevo preguntó: “¿Y va usted a meterse sola a la piscina?”

Al darse cuenta Laura de la doble intención de la pregunta, ella respondió con coquetería y como retándolo: “Si usted se mete primero…yo también.”

El director estaba vestido con saco y corbata, lustrosos zapatos de charol, reloj, lentes y otros complementos de su elegante atuendo, además de un envaselinado peinado de cabello, casi a lo Valentino.

Así que, sin pensarlo más… ¡splash!… que se lanza a la alberca. Las expresiones de sorpresa fueron festivas. Las risas, las carcajadas destempladas y los aplausos de los jóvenes elevaron el ambiente de alegría. Desde entonces al director le llamaron Johnny Weissmüller, como el Tarzán de las películas de entonces.

Laura no se lanzó a la piscina: estaba sorprendida por el insólito proceder del profesor, no esperaba que se atreviera. Asustada, huyó del lugar. Un compañero la condujo hacia su casa, mientras ella se reprochaba haber sido la causa del ridículo del maestro.

Durante quince días no asistió a la clase de filosofía, que esa era la materia que impartía el catedrático y director. Éste, sonriente, al verla le dijo que no se preocupara, que lo acontecido fue parte de la convivencia entre maestros y alumnos.

Después de la prepa, Laura incursionó en el teatro experimental con una primera y única actuación. A partir de entonces recordaría aquella fabulosa experiencia como algo que le hubiera gustado hacer en la vida, pero los prejuicios familiares le impidieron continuar por ese camino.

Recordaba su incipiente encuentro pasional con Fausto al terminar la obra, y se emocionaba hasta el éxtasis.

Cuando ella le dijo a su padre que la profesión de las tablas era lo que le interesaba estudiar, recibió la siguiente respuesta: “Bien, allí está el burro de planchar, ya puedes comenzar.”

Y así Laura vio frustradas sus aspiraciones. En ese entonces, el destino de las mujeres era encontrar un buen partido para el matrimonio.

Mientras tanto, Fausto, que también había terminado la preparatoria, dado el acercamiento amoroso que tuvo con Laura, y porque así convenía a la circunstancia de ambos, decidió que lo mejor era ausentarse a la ciudad de México para estudiar la carrera de Administración de Empresas, carrera que no existía entonces en la Universidad de la ciudad en que vivían. Se alejaría de ella, no porque así lo deseara, sino porque era lo mejor para los dos.

Acostumbraba Laura los domingos asistir a la misa de la parroquia cercana a su casa. Al comenzar el oficio, se percató de que el viejo sacerdote de la iglesia ya no estaba, y el lugar lo ocupaba un apuesto cura. Aunque no se había confesado previamente, Laura se puso en la fila de la comunión y, al levantar la cabeza para recibir el simbólico sacrificio, Arturo, que así se llamaba el ministro, se sintió fulminado por los destellos de la dulce mirada de Laura.

Arturo quedó profundamente enamorado de ella, Sin embargo, comprendía que no era compatible un amor terrenal con su alta misión espiritual. Sin embargo, un día ya no pudo más: le declaró su amor a la muchacha.

Laura aparentemente se sintió sorprendida, se dejó cortejar por un breve tiempo, pero guardando la distancia. Era una sincera creyente, aunque su temperamental juventud la impulsaba a actuar con imprudencia, con cierta coquetería ante sus admiradores.

Poco después, discretamente, con respeto y con suavidad, rechazó las pretensiones de Arturo, que había llegado al extremo de ofrecerle colgar los hábitos con tal de que contrajeran matrimonio. Él, muy triste, solicitó que lo enviaran a un pueblo lejano para continuar ejerciendo su ministerio, y se alejó de Laura para siempre.

Aunque tuvo numerosos pretendientes, Laura nunca se relacionó con alguno durante mucho tiempo. Ella nada más amaba a Fausto, que se había ausentado para estudiar en la Universidad Nacional. Sin embargo, abrigaba alguna esperanza de consumar su amor.

Así pasaron algunos años.

El tiempo apremiaba a Laura, así que decidió casarse con el próximo pretendiente que le ofreciera matrimonio, aunque no estuviera enamorada realmente.

Fue Roberto el elegido, y tuvieron dos hijos en un más o menos estable hogar. La inquietud por Fausto quedó latente.

Continuará…

One Comment

  1. Maximiliano Burillo V

    julio 10, 2019 at 8:50 pm

    Querido Cesar, me quede picado, como seguramente está Fausto. Un fuerte abrazo

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