Laura y Fausto (II)

By on julio 18, 2019

Una discreta pasión  

CAP. 2

César Ramón González Rosado

Durante el vuelo a la capital, como en una película, Fausto vio pasar su niñez y adolescencia. Recordó los años de crecimiento, la escuela, las vacaciones en la playa, y también los juegos eróticos con Laura. Un sentimiento de culpa lo invadía pues, aunque en un principio todo fue inocente y placentero, ahora entendía las complicaciones del amor prohibido.

Por ello se alejaba; por eso no quería volver pronto, aunque sufriera. Quería alejarse de su pasado y labrarse el futuro a cientos de kilómetros de su casa y romper drásticamente sus vínculos con Laura.

La Patética de Tchaikovski se escuchó melancólica en los audífonos que llevaba puestos. El telón de su primera juventud caía mientras el avión aterrizaba en una nueva tierra de promesas.

Su tío, que era un destacado empresario de prestigiados moteles de paso llamados “Niditos de Amor”, lo recibió con una cena de gala en su honor a la que asistieron señores de otras empresas de “giros negros”. Amigos y bellas edecanes hicieron felices a los invitados. Los asistentes bailaban frenéticos al compás de sones tropicales, y los confetis y serpentinas caían a montones como en un carnaval.

En un momento dado, el tío pidió a los invitados hacer silencio para presentar a su sobrino: “Señores y señoritas, tengo el gusto de presentarles a Fausto, mi sobrino, que vino a la capital para continuar sus estudios de alta administración en la Universidad Nacional, y también para colaborar en Industrias Amor –así se llamaba el negocio del tío– como administrador mientras realiza sus estudios.”

Fausto estaba doblemente sorprendido: si bien sabía que su tío le iba a proporcionar alguna ayuda, ignoraba que ya le había destinado un cargo importante en la administración de la empresa.

-“Y con el tiempo, cuando me retire,” –continuó el tío– “y puesto que yo no tengo hijos, él se hará cargo de mis negocios. Desde luego, si acepta.”

Fausto, comprometido, apenas pudo asentir con la cabeza su acuerdo cuando nutridos aplausos se escucharon, y los besuqueos de las muchachas y abrazos de felicitación lo envolvieron.

La música volvió a sonar con gran volumen, las serpentinas y confetis volaron de nuevo. Fausto, confundido en medio de tanto bullicio, fue secuestrado por dos bellas edecanes que lo llevaron a una lujosa habitación para culminar la juerga.

A la mañana siguiente, durante el desayuno, el tío le explicó a Fausto cuáles serían sus actividades: asistiría a la Universidad y por la tarde, a partir de las siete de la noche y hasta las once, para que no se desvelara, administraría un confortable motel. Sus funciones serían de Administrador, controlando los ingresos, supervisar al personal y resolver cualquier problema que pudiera presentarse. A cambio, recibiría un generoso sueldo, más que suficiente para cubrir sus gastos de estudio, además de un confortable departamento en el propio motel.

Más tarde, en el lujoso carro del tío, se trasladaron al “Motel Nidito de Amor”, uno de los múltiples establecimientos de la empresa, para darle posesión del cargo. Se le asignó una confortable oficina, y fue presentado como el jefe al personal del negocio.

El motel era de lujo, disponía de bellos jardines en tropical ambiente, alberca con agua templada, y los cuartos con cama King size, de confortabilidad apropiada para las batallas de amor; baños con jacuzzi, TV, refrigerador con vinos finos y otros detalles para el disfrute y felicidad de los amantes que llegaban en brillantes carros último modelo, señoras y señores de buen vestir, según se podía observar a través de las ventanillas. Una norma de la empresa era importante: Proteger la discreción de los clientes y atender con eficiencia los reclamos. El lema del motel era: “Disfrute del amor, somos guardianes de su secreto”. También contaba “Nidito de Amor” con una “sex-shop” en la que se vendía todo tipo de artefactos para facilitar y hacer seguras las relaciones de las parejas.

Fausto atendió con responsabilidad sus tareas, y pronto se vieron los resultados de su buen desempeño. Cada noche crecía la demanda y los lujosos carros de los clientes hacían cola para conseguir una suite que se rentaba por hora. Diligentes, los empleados atendían a los clientes: ¡Pase al 18! ¡Pase al 20! Sólo un empleado resultaba incómodo. Se trataba de un “gachupín” corpulento. “Pashe por aquí… pashe por allá…, pashe por acuyá”. Manoteando, con gritos mostraba a los clientes la habitación que les correspondía. Las damas se inhibían, se deslizaban nerviosas debajo de los asientos, se recostaban, se cubrían el rostro, temerosas de que alguien las reconociera.

Fausto se dio cuenta de esta anomalía y cesó de sus funciones al estorboso empleado, un gallego amigo de su tío, que no dijo nada por la medida adoptada.

Poco después, Fausto se inscribió en la Universidad. Asistía todas las mañanas desde muy temprano, tomaba sus clases y se quedaba en la biblioteca para estudiar, preparar las tareas, y después acudir a su trabajo. A las doce de la noche se retiraba a sus habitaciones.

Durante el sueño se le presentaba la imagen de Laura, a quien seguía amando irremediablemente. Cierta noche encontró una carta de ella. La leyó con el corazón sobresaltado, como queriendo salir de su cuerpo. Triste y acongojado le dio respuesta:

-“Laura, bien sabes cuánto te amo. Todas estas noches de soledad escucho tu voz. Siento tu desnudez tibia y perfumada abrazándome voluptuosa al fundirnos en un solo ser. Me extasío con tus gemidos. No puedo más. Volveré a ti. La vida no es posible si no es a tu lado.”

Fausto terminó su larga carta de amor…

Después le prendió fuego.

Mientras se quemaba el papel, sus copiosas lágrimas no alcanzaban a apagar las llamas de la pasión que lo consumía.

Continuará.

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