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Oswaldo Baqueiro Anduze
Cómo admirábamos la emoción que poseía a Guyau cuando en un rapto de ensueño sentía avanzar las nuevas generaciones en el rumor de un coro de niños. ¡Oh, de la ternura de su simpatía que acertaba a escuchar el compás incierto de los piececitos infantiles, avanzando por los caminos del mundo! Entonces, con absoluta ingenuidad, sólo en un sentido figurado admitíamos la afirmación de que el niño pudiese participar en su alma y en su carne de la arcilla de que están hechos los hombres.
Las investigaciones sobre psicología infantil no habían avanzado lo que ahora y esto favorecía en nuestro ánimo la admirable leyenda. Segismundo Freud vendría a destruir la aureola de candor en que el niño se nos aparecía y descorría los primeros misterios que envuelven esa etapa de vida espinal. Las investigaciones de Freud, su descarnada sinceridad científica, nos dejaron entristecidos, pero hicimos esfuerzos por olvidar sus revelaciones porque preferíamos nuestra concepción romántica y reaccionaria. No, queríamos creer que el niño no participa de los sentimientos, preferencias y repugnancias de los hombres.
Cuando más admirábamos la casta diferencial de los pilluelos cuyas travesuras refiere Victor Hugo; su descripción nos seducía porque sus actividades, pensábamos, sólo alcanzan en el orden moral la misma trascendencia que las piruetas de los pájaros: sus defectos, sus vicios mismos nada más contribuyen a subrayar su pintoresca fisonomía y hacérnoslos angélica, apenas rasgada con la lectura de libros como La evolución intelectual y moral del niño, de Compayré, páginas generosas en las que se acumula el acervo de experiencias, inquietudes y desvelos prolongados, pero en las que todavía no se intenta penetrar en el espíritu infantil con ese sentido tan poco piadoso y tan cruelmente frío de ahora.
Pero he aquí que se registra una verdadera anarquía en el orden de nuestros sentimientos con la lectura del libro de Otho Ruhle, El alma del niño proletario, páginas fuertes, de un enérgico análisis que nos revela cómo las diferencias fundamentales que se observan en la sociedad de los hombres entre desposeídos y afortunados, comienzan a labrarse en ese mundo candoroso y delicado de la infancia. Es un libro de una franqueza que lacera a veces, pero que ha sido inspirado por un sentimiento de ilimitada simpatía hacia todos los niños y que nos apresuramos a recomendar no sólo a los maestros que hablan con insistencia de Escuela socialista, sino también a todos los padres que se preocupan por la preparación ética de sus hijos.
Con sutil acuciosidad se había estudiado hasta antes de Ruhle el origen de las rebeldías de la infancia escolar, pero desde el punto de vista fisiológico y enfocando la persona del niño como un tipo neutro, genéricamente incapaz de expresar en sus actos reacciones de carácter social que aludiesen de modo directo a las particularidades de la diferenciación de clases que establece el actual régimen de la sociedad. Se estudiaban y se delimitaban con éxito aquellas manifestaciones de rebelión infantil que tienen su origen en dolencias ignoradas y muchas veces indefinibles por falta de perspicacia maternal, pero quedaban ocultos los factores de carácter psicológico que el autor de El alma del niño proletario ahonda sistemáticamente. “Se habla de tipos infantiles psíquicos, de temperamentos y caracteres, de virtudes y vicios, de niños difícil o fácilmente educables, de triunfos y fracasos educativos sin haberse explicado hasta hoy claramente que todos los comportamientos infantiles, sean cualesquiera sus circunstancias, son siempre sólo la aversión de una tendencia cardinal, que es ésta: alcanzar poderío en interés de la seguridad y afirmación personal dentro de la sociedad humana”. Ruhle precede a este principio un análisis de las causas de menorvalía que se dan en un grupo de infantes y de prepotencia en otro, y por una serie de consideraciones llega a la conclusión de que la lucha del hombre contra la naturaleza se tornó en lucha del hombre contra el hombre hasta “que la capacidad dispositiva cultural se identifica con la capacidad de dominio social” de una clase sobre otra.
Sería verdaderamente imposible hacer una síntesis acertada del pensamiento de este libro que, como hemos dicho, establece la tesis de que toda diferenciación de los hombres se inicia en la infancia. El niño proletario pronto llega a adquirir, por los mismos influjos que operan sobre los núcleos populares, un sentimiento clasista. Hay un instante, expresa Otho Ruhle, en que, por obra de una vivienda adecuada, el niño adquiere conciencia del hondo abismo que se abre ante él y el niño de clase burguesa. He aquí un caso típico: varios niños juegan en el patio. Un pobre pequeñuelo, hijo de un barrendero, les contempla tristemente. Los chicos necesitan de uno a quien en el juego del carnicero corresponda velar (el papel más desagradable). Entonces lo llaman. El niño del barrendero se deja atrapar paciente y complaciente que lo amarren al palo; deja que lo golpeen y empujen, contentándose con reír sin ganas. El juego ya casi ha durado media hora. Cada niño ha pasado el turno de cortador lo menos tres veces. Ya se les hace aburrido. A Fernandito se le ocurre algo nuevo. –“Venid conmigo, que me ha comprado mi papá una caja grande de soldaditos de plomo. Vamos a jugar con ellos”. Los compañeros aceptan. A todo correr llegan hasta la escalinata de entrada. El último de todos, Paco, apocado. Ya en la puerta se vuelve Fernandito y le dice brutalmente: “Pero tú, ¿qué te has creído? Cuidado con entrar. Mira que se lo digo a mi papá. ¡Tú no eres quien pueda jugar conmigo!”
Y no transcribamos toda la anécdota, que resulta demasiado cruel. Es cierto que conocíamos muchos episodios de generosidad infantil, pero no enfocados con vistas a un análisis social que tienda a revelarnos el magno problema que se ofrece a los educadores y que confirma que toda aspiración hacia una sociedad sin clases debe fundamentarse en una acción educativa muy intensa y comprensiva. En marcha ascendente el movimiento de las clases trabajadoras, obran terriblemente equivocados los padres que se oponen a la penetración en el espíritu de sus hijos de las nuevas normas morales. Se trata de una cuestión de conciencia.
Mérida, Yuc., agosto de 1936.
Diario del Sureste. Mérida, 12 de agosto de 1936, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























