Inicio Nuestras Raíces Las mujeres de los adalides

Las mujeres de los adalides

9
0

Visitas: 3

Sócrates y Xantipa

Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Andando por la ciudad entre tropiezos, trastazos mayores y angustias sin riberas, el luchador mi amigo ha llenado su espíritu de esperanzas, de arrestos, de anhelos refulgentes, y a veces, por necesidad humana –la necesidad de probar amargura para paladear la paz y de caer en el desamparo para emprender de nuevo la contienda con mejores bríos– de desconsuelos que parecen irremediables, pero siempre con polvo en las plantas, con sal en los ojos, con sangre de pesadumbre en el corazón, ha seguido caminando, en alto el tirso de sus ideas que ha enflorado con el tono ideal de la ilusión…

Camaradería amplia y sin reservas la nuestra, dividimos a cada instante el pan de nuestras esperas y, cuando hay ocasión, sorbemos el vino agrio de los desencantos. Por eso al encontrarme esta vez, sabiendo que yo sé que pasa por la época más batida de su existencia, me hago confidente de sus mareas de espíritu y del ir y venir del oleaje de su diario vivir. Y me dice:

–¡Mas, no importa, hermano…! ¡Lee esta carta que me envía mi compañera!

Y me muestra la visita recibida que da contesto a otra de mi amigo en que cuenta a la mujer que quiere sus pesadumbres y sus desvelos. Y leo el párrafo alusivo y alentador, cariñoso, pleno de lo que tonifica, que empuja a la lucha, que infunde bríos, que da nuevo valor…

¡Dichosos los adalides de la contienda humana que tienen, como este amigo mío, sembrador de ideas y batallador incansable por la libertad de los hombres, una compañera comprensiva y valerosa, identificada con su espíritu y con su obra, sobre el dolor y el acíbar de cada vicisitud, les dan su voz y su cariño que no tiene condición, ni cambio, ni término!

En este lapso de vida universal en que es tan necesario que la humanidad sostenga, como antorchas orientadoras, hombres que se den por entero, dentro del concepto racional de la tierra, al ideal de las cosas, urge que las mujeres que se unen a esta clase de hombres se identifiquen a ellos y a su obra, y al perfume y a la finalidad de la misma. Que su corazón esté a tono con el corazón adalid; que si él se prende al fulgor lejano de una estrella, el corazón que lo ama se prenda también; que si los ojos del hombre se van lejos, hacia las cimas que apenas se sorprenden en el horizonte, los ojos compañeros los sigan en ese mirar que desprende muchas alas del espíritu… Así no puede haber ni hora cruenta ni día trágico, ni año enemigo capaces de arrasar con el alma y con sus rosas.

Un seno de mujer que nos comprende y que nos ama, tibio y franco, es la almohada más espléndida, más consoladora y salvadora para apoyar nuestra frente cuajada de fatigas y afiebrada de sentimientos que manumitan.

Un beso de mujer amada que se preocupa por nuestras ansias, que sabe santas y puras nuestras caídas y que con nosotros sueña nuestros sueños y gime nuestras agonías, es el premio y el bálsamo que no tiene hechizos ni milagros que siquiera lo emulen. No hay laurel ni aplauso, ni trofeo, ni premio que valgan lo que vale, después de la batalla, un beso de mujer que no nos ignora.

¡Qué dulce, qué maravilloso, qué confortador el corazón de la compañera de la vida que sabe por qué luchamos y por qué a veces la dejamos en escasez de pan y en pobreza de género…!

¡Qué clamores, qué alborotados clamores se levantan del alma cuando la compañera no lagrima por el dolor que llega, sino que con su voz convierte en juego infantil de campanillas de cristal el doblar de las campanas de la desilusión que llaman a muerte en los ritos agoreros de la tragedia de las almas!

¡Y qué desastre, qué perra y obstinada jugarreta de la miseria humana, cuando el adalid topa con la sordera y la ceguedad que no ven ni escuchan sus gestas que levantan voces y abren surcos sobre la aridez de los tiempos!

¡Qué soledad –la soledad de dos en compañía de que nos habló el poeta– cuando de la propia carne y del alma que la mueve hay que hacer un apoyo y un consuelo y una luz!

¡Qué amarga y desoladora realidad la del adalid que engañado por el oasis finalmente encontró arena y más arena y más arena caldeada por el sol…!

¡Sócrates, el maestro insigne, topó con Xantipa la amada, la irracional, la torpe, y dio a su marido coces de carácter y mordidas brutales de irracionalidad! Pero, filósofo, padre al fin del pensar, dejó correr, sin grandes amarguras, sobre la lucidez de su vida, el cerril ímpetu de su compañera…

Tolstoi sentía en su casa el vacío crujiente y tenaz de la incomprensión de su compañera. La sabía buena, hacendosa, fiel, cariñosa, pero no comprensiva, aquilatadora de sus sueños, de su obra, de sus dramas interiores, de su victoria positiva, indestructible, abierta, sobre el porvenir. Por eso aquellas fugas del hogar, para volver a él y para salir de nuevo y retornar otra vez, sabiendo que la compañera lo quería, pero que no lo interpretaba. ¡Dolor del alma en la complicación de sus atenciones y de sus mirajes!

En cambio, si continuamos sin saltarlo, el cauce histórico ¡qué noble y maravilloso amor el que tuvo Garibaldi mientras soñaba y actuaba por el bien de Italia y qué conmovedor y tierno y grande cariño, aureolado por el sacrificio y glorificado por el martirio, el de la compañera de Camilo Desmoulins, el fogoso e infortunado periodista y batallador de la Revolución Francesa!

Las mujeres de los adalides, cuando además de amar saben comprender, hacen realidad el mito de las hadas y son canto y fuerza, coraje y paz, espada y venda en la vida de los hombres que las quieren…

Mérida, Yucatán.

Diario del Sureste. Mérida, 11 de abril de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.