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Las ciencias del ambiente

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José Juan Cervera

Los aduladores acechan por igual la mediocridad y el talento. En un caso, fabrican peldaños apócrifos que sólo sirven para escalar montículos. En otro, abonan expresiones sembradas al pie de una cumbre cuya atmósfera nunca podrán respirar.

La esterilidad de espíritu prolifera en zonas que sólo especies de evolución precaria y conciencia cenagosa habitan sin reservas.

La comodidad de vida característica del subsuelo incita a sus moradores a otear la luz desde algún resquicio antes de volver a ocultarse a rastras en galerías penumbrosas.

Hay quienes cultivan jardines con la convicción de que la selva nunca prestará flores para fijar la primacía de artificios coloridos.

La lluvia pasa y sus charcos marcan el recuerdo de los terrenos bajos en que fluyen sin reparo aguas turbias y sustancias residuales.

Los ecosistemas guardan compartimientos que impugnan su integridad y erosionan toda acción de conjunto en defensa de sus flancos.

Vale poco emular al trueno con detonaciones balísticas si quien mueve el gatillo nunca surcará las alturas de la exaltación atmosférica.

Ni la vegetación vacilante ni los yacimientos minerales suplantarán a quien maquilla su animalidad con ficciones vanas y miradas ensombrecidas.

Cuando el reptil y el insecto sucumban al peso del desdén, simbolizarán su triunfo sobre el advenedizo que adopta sus rasgos para imponerse a las especies crecidas fuera de la simulación.

El suelo pedregoso evoca en su superficie asperezas mundanas y lejanías celestes.

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