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La Tierra y su biosfera social

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Oscar Contreras Tovar

En una mañana que se respiraba un fresco aire de conocimiento en la Facultad de Ciencias Administrativas y Sociales, la Maestra Iris Itssel Villela, de la clase de Lenguaje Sonoro, nos invitó a hacer una actividad fuera del salón. Se llamó «Un paseo Sonoro» y se trataba de salir del salón, para ubicarnos en un lugar estratégico donde se juntaran muchos sonidos. Recuerdo que comentó que ese tiempo era para enfocar, escuchar, reflexionar y, sobre todo, entender. Nos aconsejó: “Vayan y escuchen cómo suenan las vidas”.

Algunos volvieron confundidos, otros maravillados. El mensaje era claro: la vida cotidiana, esa que transcurre en el tráfico de las avenidas que rodean la universidad, sonidos de construcciones de nuevas aulas, gritos alegres y a veces desgarrados de la escuela vecina de USAER, las alegres conversaciones de los universitarios, risas o pasos apresurados.

El conocimiento no vive solo en los libros, también en esta ciudad que en este momento es una biosfera con una capa donde se forma un bosque, un desierto o una selva “pero de símbolos”.

En lo particular, percibí cómo se organizan las jerarquías sin necesidad de leyes, ni jefes o directores.  Así como las Ciencias Sociales aprenden de lo cotidiano, también aprenden de lo invisible, de esa capa intangible que envuelve al mundo, no de ozono, ni de nubes, sino de ideas, deseos y pensamientos.

A esta capa la llamó Pierre Teilhard de Chardin, P. (1955) “la noosfera”. Un término extraño, sí, pero bello que proviene del griego noos (mente) y sphaira (esfera). La mente como envoltura de la Tierra. La conciencia humana como una capa evolutiva, emergente, como una flor inesperada en el jardín del universo. Para Teilhard, no estamos solo en la Tierra: somos parte de una Tierra que piensa.

Mientras él imaginaba la noosfera desde su fe y su ciencia, al otro lado del océano, en los barrios de Chicago, nacía otra forma de mirar el mundo humano: la Escuela de Chicago. Sus sociólogos —Park, Burgess, McKenzie (2005)— comenzaron a tratar a la ciudad como un ecosistema. Calles y barrios eran selvas urbanas donde se daban procesos de competencia, sucesión, dominación y adaptación. Así nació la ecología humana, una forma de estudiar cómo los seres humanos ocupamos el espacio, nos organizamos e influimos unos a otros como si fuéramos especies conviviendo en un mismo hábitat.

Así, de Teilhard y su noosfera, de Park y su ecología urbana, surge algo que hoy podríamos llamar la biosfera social.

La biosfera social no es un término oficial, es inspirado por la temática de esta revista y nace por intuición en las vísceras. Es la idea de que, así como el planeta tiene biosfera con una capa de vida biológica, también tiene una capa de vida simbólica, tejida por nuestras relaciones, lenguajes, costumbres, redes digitales, canciones y poemas. Es un tejido vivo hecho de significados.

Los pensamientos egoístas, sin moral o valores, como cuando alguien lanza una mentira en las redes sociales, contaminan esa biosfera, como si iniciara un incendio en un bosque. Cuando alguien cuida, enseña, escucha o escribe un poema con el alma, siembra árboles invisibles en esa misma capa.

La biosfera social no tiene geografía exacta. No se puede ver desde el espacio, pero existe en cada interacción humana. Está en el gesto de un niño que aprende una palabra nueva. En la mirada con la que un migrante es recibido. En el abrazo, en la censura; en la publicación graciosa que se hace viral; en el lenguaje con que nombramos o silenciamos las cosas.

Es, en resumen, el ecosistema donde habita lo humano. Y, como todo ecosistema, puede enfermar o florecer.

Por eso, pensar es también un acto ecológico. La manera en que hablamos, amamos, juzgamos o educamos moldea el paisaje mental del planeta. Somos jardineros de la noosfera.

En esta era de ecosistemas mediáticos, Carlos A. Scolari (2008) lo ha comparado con una selva en evolución constante donde las especies —los medios— compiten, se adaptan, o desaparecen. José Octavio Islas (2012) ha insistido en que comprender estos entornos simbólicos es tan urgente como cuidar la Amazonia: de su equilibrio depende el tipo de humanidad que cultivamos.

En tiempos cuando la biosfera natural clama por oxígeno, quizás también debemos escuchar el susurro de la biosfera social. El mundo no solo necesita menos plástico en los mares, también necesita menos odio en los discursos, menos prejuicios en las aulas, menos indiferencia en los barrios o calles de nuestras ciudades.

Pensar bien, cuidar el lenguaje, generar vínculos, resistir la desinformación, educar con ternura, escribir con conciencia… Todo eso es reforestar el mundo conceptual.

La Tierra respira con árboles. También con pensamientos.

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