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Letras

(Romance cubano)
Fernando Urzaiz
Buscan las aves sus nidos
saltando de rama en rama,
y las flores se recogen
sobre el cáliz de esmeralda.
El céfiro vuela alegre
besando apenas las aguas
que, a cada beso, un diamante
sobre la corriente engarzan.
Y henchidas de suave aroma
corren en tropel las auras
a jugar con los cabellos
del labrador, que trabaja
rompiendo en surcos la tierra
detrás de la yunta tarda.
Los moribundos reflejos
del sol en las guardarrayas,
polvo de luz salpicando
van por las enhiestas palmas
cuyos penachos se mecen
retratándose en las aguas.
Es la hora en que la tarde
se cubre de nubes blancas,
y deja flotar su velo
de leve y brillante gasa.
Entonces el campesino
suelta la esteva pesada,
y enjugándose el copioso
sudor que su frente baña,
tiende la vista en que pura
se ve reflejar su alma,
por la vega, los palmares
y las verdes guardarrayas.
Luego, con paso tranquilo
y en el corazón la calma,
se dirige hacia el ramaje
que vela su pobre casa,
donde amantísima esposa
de sus hijos rodeada,
bajo fresco colgadizo
temblando de amor le aguarda.
Llega, y un grito de gozo
de cada pecho se escapa;
y las cabezas se unen
y los brazos se entrelazan,
mientras el ángel de los buenos
bate en derredor las alas.
Pero de pronto las voces
de una alegre cabalgata
impelidas por el viento
llegan tan puras y claras,
que de una décima agreste
por joven pecho cantada,
se oyeron una por una
estas o iguales palabras:
“De la cría de Zapata
se van a jugar los gallos,
hinquemos a los caballos
con las espuelas de plata.
¡Cómo el pecho se dilata,
cómo el corazón palpita
cuando bella guajirita
en el baile escobillea,
y cómo si en la pelea
el pueblo entusiasta grita!”
Estremecióse el guajiro,
y allá en el fondo del alma
sintió clavarse del juego
las destrozadas garras.
El carmín del entusiasmo
tiñó su frente tostada,
y en sus ojos la codicia
con intensa luz brillaba.
–Que ensillen a Caramelo,
y dame el machete, Juana.
Voy a salir.
–Dime, Gómez,
¿A dónde vas?
–A la valla.
¿No oíste que en Cimarrones
se juegan gallos mañana?
–¿Y vas a dejarme sola?
¡Gómez, por Dios, no te vayas!
Y colgándose del cuello
de su esposo, puras lágrimas
como torrente de perlas,
abundosas derramaba.
En tanto los pequeñuelos
hacia su padre se lanzan.
Le besa el uno las manos,
otro las piernas le abraza,
y todos lloran, y todos
le piden que no se vaya,
mientras el ángel de los buenos
en un rincón de la sala,
dobla triste la cabeza
y se repliega en sus alas.
Rugosa la frente, mudo,
y con la color muy pálida,
quedó un instante el guajiro.
Luego –¡Por la Virgen, basta! –
Dice con acento dulce
y limpiándose una lágrima.
–Me quedaré con vosotros.
Jamás entraré en la valla.
–¡Qué bueno!– Gritan los chicos.
La esposa murmura –“¡Gracias!”–
Y en tanto que allá a lo lejos
lleva el viento en sus espaldas
las voces de los guajiros
que alegres décimas cantan,
yergue el ángel la cabeza
y bate otra vez las alas.
Álbum Literario. Científico, de Artes y de Modas. Dedicado al Bello Sexo. Mérida, tomo I, núm. 4, 30 de septiembre de 1891, pp. 30-31.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























