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La respuesta indicada

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Tópicos inesperados

Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

¿Cómo debe ser una esposa? La pregunta me coloca en situación difícil. He llegado a la redacción y el muchacho de guardia me entrega mi correspondencia. Al abrir una de las cartas me encuentro que me escribe una amiga a quien no conozco ni puedo mencionar… ¡puesto que no firma! Su misiva es extensa, bien razonada, atrayentemente honda acerca del asunto que ella remata preguntándome. Con capricho que no puedo menos que aplaudir y que agradezco, puesto que me proporciona un tema, me indica que la respuesta a su interrogación yo la dé en un artículo periodístico.

¿Cómo debe ser una esposa? La verdad, creo que depende de la clase de hombre con quien se case. A veces el amor equipara las distancias cuando se trata de la superioridad moral, espiritual e intelectual de uno de los cónyuges por lo que respecta al otro. Pero hay comprensiones tan limitadas, aspiraciones tan restringidas ante la virtud del alma de la vida que, materialmente, la conciencia sufre, como en el verso de Antonio Plaza, una tristeza capaz de entristecer a la Tristeza…

Para muchos hombres simples que se encuentran sin familiares, casarse no es más que un paso de economía y comodidad. Para ellos una buena esposa es aquella que prepara y sirve a su hora guiso caliente y ropa limpia y, en llegando la hora de enfermedad, las cucharadas que prescribió el médico, cuidando de paso que la puerta o el postigo de la ventana no estén imprudentemente abiertos. Si la mujer es ajena a las tragedias morales, a las ansias, a los descalabros o a las glorias del marido, a este poco le importa porque no ha buscado, en el más alto y noble sentido de la expresión, compañera para el camino de la vida, sino cocinera servicial, lavandera diligente y, en su oportunidad, enfermera solícita. Esto, además de creer que la mujer es el pasto de los hombres y que los hombres, por ley humana y servicio civil, deben ser máquinas de población.

Para ser esposa de un hombre de aquella categoría no se necesita más que saber manejar bien jabón y agua sobre las ropas sucias, no ignorar algunas recetas de cocina y, en caso, medir exactamente una cucharada de un preparado medicinal o administrar a hora precisa una sal purgante. Pero cuando de por medio está el espíritu, cuando el hombre, sobre todo cuando es de los que no pueden ser medidos con la vara común, busca con ansiedad en que borbota su sangre y tiembla su esperanza, a una compañera cuya mente y cuya alma se transfiguren por el amor y se confundan con su alma y con su mente, entonces la esposa necesita saber algo más que lo que se necesita saber para ser esposa de un simple: ¡saber emplear su espíritu! Cuando esto falta, el lugar en que viven un hombre y una mujer, vacío de los bienes morales, puede ser todo: ¡fonda, taller de lavado, rincón de hospital!… pero hogar… ¡jamás!

¡El hogar, en el matrimonio, debe ser almohada en que dos frentes se reclinen y junten para pensar, para sonar al unísono en un éxodo de gloria hacia una misma lejanía; lino de enjugación en que por igual se sequen las lágrimas de dos almas; vaso de cobre en que se beba estoica y sencillamente el dolor de la tierra…; copa límpida y sonora en que se apuren las mieles de la hora dichosa de la Vida!

Cuando no hay compenetración ideológica y sentimental, el hogar es una mentira, una vergüenza humana positivamente, un desastre del alma. Hay tantos casos en que los miembros de un matrimonio, viviendo bajo el mismo techo, ¡viven solos!… Más espantosa que la soledad de un ermitaño comparada con el amor que encanta, es –lo dijo el poeta– la soledad de dos en compañía.

¡La esposa que comprende su misión y sabe lo que representa, debe llevar la majestad de su papel glorioso, hasta el grado de ser por latido de purificación excelsa, como una madre que consuela y alienta…! En el hombre, más o menos hondo en el fondo de su ser, el niño nunca muere. El dolor sí pega recio y firme, aun en los espíritus más vigorosos, saca a flote siquiera por breves minutos al niño. Y es cuando la esposa, con ese amor cuya excelencia la hace maternal, debe acudir. Muchas veces, los hombres son lo que sus esposas quieren que sean por su manera de ser, llámese incomprensión, falta de tacto, intransigencia, abandono espiritual. La esposa que sabe tener tacto llega a ser la verdadera y victoriosa soberana del hogar. A menos que se trate de que tenga por esposo a un perdido o a un cretino.

La tierra está llena de envidia, de ignorancia, de rastrería. La puerta de un hogar que quiere ser feliz y bueno debe estar eternamente abierta al sol, al aire, a la amistad fiel y alta, al mendigo que implora… Pero debe cerrarse por la esposa, con la llave de oro de un claro sentido, a la inesperada compañera de colegio que llega fingidamente apenada a revelarle una infidelidad del marido, y a la vieja cuchicheante y ladina que, quién sabe con qué finalidades, sopla también con aire de amor figurado, al oído de la esposa, faltas del hombre que la ama y la pone por encima de todas las realidades de la existencia.

Hace mucho tiempo que vi una película titulada, si no recuerdo mal, El honor de su casa, en que interpretaba el principal papel masculino Sessue Hayakawa, el admirado actor japonés. Y el argumentista puso en boca de su personaje una explicación que es como un horizonte abierto cuando se dirige a la esposa ingrata y traidora: “¡Yo quería un hogar con una esposa, no una casa con una mujer!”

Alguna voz autorizada exclamó no hace mucho que hacen falta esposas. ¡Quién sabe si la civilización no las destruye! El jazz, las películas sin edificación racional, el tergiversado concepto del cambio de las épocas, son sombras enemigas y poderosas… ¡Sin embargo, no es posible que se naufrague…!

¡Pobres de aquellos que se engañaron con el oasis!

¡Y dichosos de aquellos que conquistaron el palacio azul…!

Mérida, Yucatán.

Diario del Sureste. Mérida, año IV, tomo XVI, núm. 1411, 6 de octubre de 1935, p. 3.

[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]

 

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