La quema de libros

By on octubre 3, 2019

Adán Echeverría

El primer libro que leí adquirido con mi dinero fue La isla del tesoro. de Robert Louis Stevenson. Cursaba yo el primer año de prepa.

Antes de eso, hay que decir que me había leído dos veces el Nuevo Testamento, y varias veces algunos otros libros de la Biblia, además de muchos cómics.

Comencé a tener ideas de justicia desde que estaba en la primaria, leyendo las historias de Jesús El Cristo, las de Zapata, las de Villa, las de Pino Suárez y, claro, las de Baden Powell: “El scout cifra su honor en ser digno de confianza / El scout es leal al Rey, sus dirigentes, sus padres y sus subordinados / El scout es útil y busca ser útil a los demás / El scout es amigo de los animales y respeta la naturaleza / El scout sonríe y canta en sus dificultades / El scout no distingue entre raza, credo, ni clases sociales. Esta Ley Scout la tengo en mi vida desde los 6 años.”

Aprender a leer es algo que le agradezco a mi maestra de primer año de primaria, y a mi madre que, desde antes de ingresar a la primaria, a los cinco años, ya me había enseñado el abecedario.

Desde entonces aprendí el valor de las letras, descubrir nuevos mundos mirando y hojeando las enciclopedias que tenía en casa. Y por eso, siempre, siempre, millones de veces será mejor tener jóvenes activistas que jóvenes ignorantes.

Aún con eso, hay muchas formas de ser un activista, y siempre he dicho y diré: que las marchas mexicanas son cobardes. Las cobardes marchas mexicanas en las que todos confluyen siempre tienen dinero de personajes siniestros que únicamente buscan logros políticos, y eso ya de por sí ensucia el activismo.

En verdad que duele, y en verdad que duele mucho, ver que jóvenes y jovencitas sean capaces de despreciar los libros al nivel de querer quemarlos. ¡Qué les enseñan a estos chicos en la primaria, secundaria, preparatoria y universidad en la Ciudad de México! Es visto que, a los que cometieron estos actos, no les enseñan más que de rencores; es visto que solo saben de odios y venganzas, que están únicamente involucrados en recibir órdenes basadas en placeres como el sexo, la drogadicción, sentirse con el poder de mandar sobre otros igual que ellos de ignorantes.

Siento mucha pena por ellos, mucha pena por esta juventud de la CDMX.

La otra CDMX, la de los niños, jóvenes, adultos, educados, que buscan ser parte de una mejor sociedad, la que quiere leer, cuidar el ambiente, exigir derechos, esos siempre estarán en mi corazón, ahora más que nunca.

Dicen algunos que sólo se trata de una minoría. Sin embargo, esa minoría todos los días aparece asaltando por las calles, lastimando a las mujeres, atacando a los ancianos, matándose entre ellos mismos. Recientemente he visto decenas de jóvenes tirados en el suelo, como vagabundos de la calle, tirados en las aceras de las calles que confluyen en el Palacio de Bellas Artes. Son decenas de jóvenes que viven ahí en la calle, sin oportunidades, presas de las drogas y de ese fácil placer en el que han puesto su dinero y la vida. Pobres chicos: son presa de la ignorancia y de la maldad de aquellos que les pagan con drogas.

Hoy es un día muy triste que evidencia por qué hay 43 estudiantes desaparecidos, por qué hay 120 mil desaparecidos y en fosas clandestinas, por qué hay tantos jóvenes sicarios reclutados por los grupos de mañosos.

Lo que necesita México es educación. Oportunidades para leer. Quemar bibliotecas es el signo contrario, el del oscurantismo.

Hoy, en verdad me siento muy triste al ver a jóvenes y jovencitas quemar una librería.

Pero ver a mis alumnos en los Talleres Literarios, dando su tiempo para trabajar todos los lunes de 6.30 a casi las diez de la noche, en vez de estar buscando los fáciles placeres de la drogadicción, me demuestra que hay esperanza.

Cuando eres la capital de un país, y parte de tu juventud es capaz de quemar una librería, algo están haciendo muy mal las autoridades. ¡Tienen que importarles la juventud, la niñez! La quema de libros, la quema de una librería, es el síntoma de la ignorancia en la que esos jóvenes están creciendo. Y eso es preocupante.

Qué pena esa juventud de la Ciudad de México: quema libros, vive en la calle, asalta en motocicletas.

Qué pena que para esto hagan un paro en la UNAM, qué pena que para esto luchen por liberar las drogas.

Lo que esta juventud necesita es educación.

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Diario del Sureste