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La Placita

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Tekantó

La persona que se encuentra elegantemente sentado con su pierna cruzada es el maquinista don Juventino Baeza, nuestro vecino por mucho tiempo en la casa de la plancha. Lo particular de este personaje es que, en los mejores momentos del ferrocarril, fue nombrado maquinista del gobernador. Operaba el tren en sus giras, y portaba una placa parecida a la de los policías que lo distinguía. Yo me sentaba a platicar con doña Mari, su esposa, quien me contaba sus historias. Un reconocimiento póstumo a don Ju, como le decían. Crédito: Roger Emilio Gomez Chimal (sic). (Foto obtenida del Facebook: tekantoenses. La foto es de “Risueño”, según impresión al realce en el ángulo superior izquierdo; qué o quién, sigue siendo un misterio por descubrir, hay fotos datadas en 1925.)

 Juan José Caamal Canul

Es un sueño recurrente: atravieso en diagonal La Placita.

Las tinieblas me escoltan. Porto el pendón de la incertidumbre.

No hay principio ni fin. (JC)

La Placita fue un lugar emblemático y significativo de la niñez y adolescencia de una generación: la que creció por el rumbo de la Estación de ferrocarriles y para el pueblo en su conjunto.

La ubicación de ese lugar era los patios posteriores al edificio de aquel paradero de trenes, que es un decir porque la “Estación” tenía Sala de Espera y Área de Taquilla para la venta de boletos, Área Administrativa, y un privado que hizo las veces de habitación para el “Jefe” (1).

El setenta por ciento restantes era la bodega. Las paredes laterales que miran al Norte y Sur tienen sendos portones corredizos de madera por lado. Dentro del edificio, al fondo, en el ángulo nororiente, un aljibe para colectar el agua lluvia, una gran construcción.

Otra parte eran los andenes, así como el monumental depósito de agua que abastecía a las locomotoras cuando fueron de vapor, y digamos también el patio de Carga y Descarga, primero quizá utilizado por carretas tiradas por mulas, y luego por camiones automotores de redilas. La modernización del transporte de carga también ocurrió aquí.

Ese espacio derivó luego en La Placita, un lugar de encuentro y deporte.

Seguramente habrá personas que se pregunten, dado que no puede pasar desapercibido, que el pueblo tuviera una construcción de mampostería, fuerte y sólida, y en otros lugares – por ejemplo, Izamal – su antigua estación de trenes fuera, y sigue siendo, de tablones y techo de dos aguas de láminas galvanizadas que aún permanece, tras sucesivas rehabilitaciones de por medio, como atractivo turístico.

Sin embargo, recordemos que en aquellos años parecía como parte de la escenografía de una película de Tim Burton: una construcción de madera apolillada y láminas oxidadas, inclinada, a punto de colapsar hacia un costado.

Queda en el aire la pregunta aún sin respuesta: ¿Cuál fue la proyección espaciotemporal, y la coyuntura histórica, económica y social para edificar una obra de tales dimensiones en el contexto de la zona henequenera?

Pensemos en Bokobá, cuya estación era un edificio en ruinas, en medio del monte; en Cacalchén y Tixkokob, que tenían estaciones de similares materiales (tablones y láminas) y estaban más cercanas a Motul, el nervio financiero de la industria del agave.

Después de salir del turno matutino de la escuela, durante la espera del paso del camión repartidor del hielo – en tiempos de calor, que en Yucatán es siempre, se “bajaba” hielo –, o ante la expectación vespertina por el paso de los trenes a las cuatro (el que venía de Tizimín y se dirigía a Mérida) y a las cinco (el que arribaba de la capital en su tránsito a Valladolid (2)), o sencillamente porque cualquier hora del día era propicia, se armaban las “novenas” con niños y adolescentes del rumbo. Elemento humano y deportivo era lo que más sobraba.

Los partidos de béisbol se jugaban con pelotas de hilo de cáñamo y el bate era la palma extendida de la mano; desde luego, la fuerza del brazo y la firmeza de la mano eran los factores para lograr dirección y, por ende, un “jonrón”. No estoy seguro de que de esos tiempos alguien por casualidad o error haya tomado alguna fotografía.

“La pelota” desataba pasiones y aficiones, tan es así que los adultos se detenían al pasar y conformaban el público que, aun siendo primario, elemental, y casi rudimentario en esta modalidad del juego, daba cabida a polémicas y discusiones, el sino del Rey de los Deportes.

La Placita tuvo una senda diagonal que iniciaba en la confluencia de la esquina donde están los domicilios de la extinta doña Rosa Buenfil y del Profesor Guti, Sr. Agustín Marrufo Buenfil. Por aquí se cortaba camino para llegar más rápido a la Clínica del Seguro Social o para tomar otro rumbo, quizá a “El Cabo”.

Una imagen de antaño quizá de los años cincuenta. Vista parcial de La Placita; en el ángulo nororiente, la mata de zapote, que aun subsistía en los años ochenta. Foto de Archivo personal.

En el extremo oriente hubo una fila de matas de cedro, y en el rincón una frondosa y añeja mata de zapote, punto débil de los que “servían” en el terreno de juego, pues los que estaban al turno en el bateo mandaban sus pelotas hacia esa dirección, imposibles de atrapar.

La Placita colindaba en este extremo con un terreno donde se edificó años después la estancia de los Jefes de Estación. Por el extremo poniente, una albarrada baja y semi derruida la separaba de la calle principal.

En mi memoria, y en la de algunos más que no me dejarán mentir, en determinadas ocasiones se escuchaba, al pasar a un costado de La Placita, la bulla de la batalla entre bestias y hombres emergiendo de las penumbras, el choque de los cascos contra la superficie metálica de las camionetas, y el bufar de los belfos de los caballos. Porque los andenes de la parte posterior de la estación servían para bajar o subir los caballos de los vaqueros que venía de Izamal, Tepakán o Cenotillo, que venían a probar suerte con el lazo durante las corridas de toros de las fiestas de agosto y noviembre.

Como leyeron, La Placita fue todo para nosotros, el espacio temporal que marcó nuestras edades, miradas y nuestros juegos… Hasta que alguna disposición federal mandó a construir casas-habitación para los trabajadores de la compañía paraestatal Ferrocarriles Nacionales de México, para asignar a la plantilla laboral fija y, de paso, crear un fraccionamiento.

Nunca se terminaron de edificar, quedaron en obra negra (3). El único que disfrutó de una de esas viviendas inacabadas – tal cual permanecieron muchos años – fue “Vences”, un personaje popular del pueblo en situación de calle. Quienes lo recuerdan siempre lo vieron bebido, hablando consigo mismo o con sus fantasmas, recostado en algunas de las mesas de concreto del mercado, o vagando sin rumbo por las calles del pueblo y que, antes de mudarse a una de esas construcciones a medio terminar, vivió en el Rastro…

¡Ah! Porque Tekantó cumplió con Normas Municipales Sanitarias: tuvo un matadero, un Rastro Municipal de excepcionales dimensiones, tanto en construcción como espacio.

Vences y el Rastro, juntos o por separado, son otras historias por relatar.

 

Notas

1.- Jefe o Jefe de estación se llamó al responsable administrativo que despachaba el arribo y salida del ferrocarril de transporte de pasajeros y de carga.

2 ¿Cuándo retornaban los trenes? Por la mañana a las seis el de Valladolid-Mérida, y a las siete el de Mérida-Tizimin.

3.-Hubo una administración municipal reciente que se encargó de terminar esas construcciones y habilitarlas como dependencias municipales. La actual Estación es un Centro Cultural; parte de los andenes han desaparecido para construir un paseo con andadores y ciclopista.

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