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Uno de los caricaturistas y humoristas más geniales de Latinoamérica fue el gran Roberto Alfredo Fontanarrosa, uno de los más talentosos y destacados del noveno arte en Argentina, con repercusión internacional a través de su icónico personaje Boogie el aceitoso, que también se publicó en Colombia y en México, en la revista Proceso.
Nacido el 26 de noviembre de 1944, Fontanarrosa también fue un destacado escritor de ficción en general, del cuento corto en particular. Además, colaboró en la creación de chistes para algunos espectáculos del sensacional grupo humorístico musical Les Luthiers.
Sus dos personajes más conocidos son Inodoro Pereyra, prácticamente desconocido más allá de las pampas, y Boogie el aceitoso, que en México fue muy popular por aparecer en la mencionada revista política, cuando esta valía la pena. En ambos casos, su genialidad como guionista y dibujante es palpable página a página. Curiosamente, ambos son personajes totalmente opuestos: mientras Inodoro representa el alma popular argentina, el otro es una sátira feroz del individualismo violento y la cultura de la fuerza.
Inodoro Pereyra, un gaucho filósofo, apareció por primera vez en 1972, en la revista Hortensia, que se editaba en Córdoba. Nació como una parodia del tradicional gaucho argentino, una figura casi sagrada en la literatura nacional debido a obras como “Benjamín Fierro”, de donde Fontanarrosa tomó los elementos clásicos, es decir, la inmensidad de la pampa, el caballo, el mate, el poncho, la soledad, llevándolo al terreno de lo absurdo. Si bien, Inodoro surgió como una parodia, terminó convirtiéndose en uno de los retratos más entrañables del argentino común. A Inodoro lo acompañan su mujer, Eulogia Tapia, y su perro parlante, Mendieta, personajes realmente entrañables.
Lo sorprendente del buenísimo humor con Inodoro es que en la mayor parte de las historias no sucede prácticamente nada; consisten en largas conversaciones que giran alrededor de temas como la pobreza; la política; el amor; el paso del tiempo; la burocracia; el fútbol y la filosofía cotidiana.

Boogie el aceitoso nació en 1971, representando la brutalidad al ser un exmercenario, exagente y asesino profesional, que además es misógino, racista, violento, machista, xenófobo, absolutamente incapaz de generar empatía. Fue concebido como una sátira de los antihéroes norteamericanos que inundaban el cine de acción de los años sesenta, como Dirty Harry, Mike Hammer y otros mercenarios del cine bélico. Boogie no es un personaje para admirar, ya que normalmente dice puras barbaridades; es más bien un personaje para observar críticamente.
Como dibujante, Fontanarrosa nunca buscó el virtuosismo técnico. Sus trazos eran funcionales, expresivos, completamente al servicio del guion. El mismo solía decir, con su habitual humildad, que el dibujo era el vehículo para contar una historia. Sin embargo, logró crear dos personajes con una silueta y una personalidad tan definidas que basta verlos una vez para reconocerlos de inmediato. Esa capacidad de síntesis visual es una de las grandes lecciones que dejó a generaciones de historietistas.
Otro factor que me fascina de su historia es su relación con Les Luthiers, una de esas colaboraciones discretas, pero muy valiosas, que enriquecieron el humor argentino de finales del siglo XX. Si bien Fontanarrosa nunca fue un integrante del grupo, colaboró como guionista y creador de gagas para algunos espectáculos durante la década de los ochenta y principios de los noventa.
Existía una admiración mutua entre el escritor rosarino y los integrantes de Les Luthiers, quienes ya seguían su trabajo en la revista Hortensia y posteriormente en Clarín.
Carlos Núñez Cortéz explicó en una entrevista para el podcast “La hora de la nostalgia”, dedicado a la vida y obra de Les Luthiers, que Fontanarrosa realizaba con ellos principalmente la función de “doctor de humor”, proponiendo remates para determinados diálogos, escribiendo chistes sueltos, sugiriendo situaciones cómicas y ayudando a pulir algunos libretos. No escribía una obra completa, sino que aportaba idea que luego era adaptadas por el equipo creativo del grupo. El propio Fontanarrosa comentó en entrevistas que el proceso era muy agradable porque Les Luthiers trabajaba colectivamente: cada integrante proponía modificaciones hasta que todos estaban satisfechos con el resultado.
El “negro” tuvo una relación especialmente cercana con Carlos López Puccio, pero también convivió con Marcos Mundstock, Daniel Rabinovich, Jorge Marona, Carlos Núñez Cortéz; de hecho, todos ellos admiraban profundamente su capacidad para escribir humor cotidiano y personajes memorables.

Aunque nunca existió un crédito detallado que indicara exactamente qué chistes pertenecían a Fontanarrosa, los integrantes explicaron que el proceso creativo era tan colectivo que resultaba imposible separar la autoría de cada línea.
Sin embargo, investigadores de Les Luthiers y diversas entrevistas coinciden en que colaboró durante el período en que se preparaban espectáculos como: “Por Humor al Arte” (1983), “Humor Dulce Hogar” (1986) y “Todo porque rías” (1989). En todos los casos, su participación fue parcial y como colaborador externo. Se sabe que Fontanarrosa participó en dos de sus más celebradas obras: “La gallina dijo Eureka” y “Cartas de color”, la saga de Yogurtu Ungue.
Fontanarrosa creaba para Les Luthiers un humor basado en conversaciones aparentemente normales, con personajes exageradamente serios diciendo auténticos disparates, con juegos de lenguaje muy argentinos y remates inesperados, pero perfectamente lógicos dentro del absurdo. Ese estilo encajaba perfectamente con el humor inteligente que distinguía a Les Luthiers, cuyos integrantes expresaron en distintas ocasiones que consideraban a Fontanarrosa uno de los grandes humoristas argentinos.
Por su parte, Fontanarrosa confesó que colaborar con Les Luthiers era un privilegio porque los consideraba el máximo referente del humor en lengua española. En una entrevista comentó, con su característica modestia, que ellos «tomaban un chiste y lo convertían en una obra musical impecable«.
Fontanarrosa y Les Luthiers compartían varios principios creativos. Aunque sus estilos eran distintos, se complementaban magistralmente, el humor cotidiano, con personajes entrañables, gran domino de diálogo, ironía constante y mucho ritmo creativo del “negro” se fusionaba a la perfección con el humor intelectual, los personajes absurdos, el gran dominio del lenguaje, la parodia sofisticada y el ritmo escénico de Les Luthiers, demostrando que el humor podía ser inteligente sin dejar de ser accesible.
Fontanarrosa bromeaba diciendo que, cuando entregaba un chiste a Les Luthiers, ellos lo «mejoraban» con música, actuaciones y una precisión casi quirúrgica del tiempo cómico. Para él era una verdadera escuela de construcción humorística.
Un aspecto clave en la trayectoria de Fontanarrosa, que ha influenciado a otros ilustradores y guionistas de humor, es entender que el humor debía surgir de la inteligencia, de la observación de la condición humana, y del respeto por el público. Quizá por eso los aportes de Fontanarrosa se integraron con tanta naturalidad al universo de Les Luthiers, hasta el punto de que hoy resulta casi imposible distinguir dónde terminaba una idea suya y comenzaba el trabajo colectivo del grupo.
El querido “negro” reconoció el impacto que tuvieron en él humoristas gráficos como Saul Steinberg, Oski, Quino.
Estaré eternamente agradecido a don Roberto Fontanarrosa, fallecido el 19 de julio de 2007, no solo porque nos hizo reír a mí y mi familia con las andanzas de Inodoro Pereyra, de Boogie, sino porque marcó una influencia importante en nuestras vidas.
Sobre todo, hay que reconocerle la manera en que transformó el lenguaje futbolero argentino en una forma de literatura humorística de enorme calidad. Esa faceta explica mucho de la precisión y naturalidad de sus diálogos, una virtud que también admiraban los integrantes de Les Luthiers.
RICARDO PAT





























