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José Juan Cervera
La autoridad máxima y el ínfimo pudor de su ejercicio buscan puntos de equilibrio acuñando preceptos de moralidad eterna.
La voz del amo susurra himnos de alabanza tras agotar su voz en injurias y reconvenciones.
El afán de dominación inspira estados del alma que embellecen cuerpos y modelan virtudes en sueños febriles.
La humanidad perfecciona su espíritu bajo cadenas de mando forjadas en la vida artificial de la costumbre.
La autonomía es un juego que conjura el peligro de reglas mal trazadas, que sólo puede enderezar quien las aplica con serenidad de verdugo.
Con el minuto que pasa, una herencia de dominio inmemorial se consolida con quebrantos de voluntad libertaria.
La llave que abate las ínfulas del candado se funde con él bajo los ardores de la emancipación prometida.
El principio de autoridad se yergue entre despojos de una contienda en que la supremacía es sueño de cuerpos desangrados.
Colores de fantasía deslumbrante se avienen para adornar la tutela de conciencias en reposo.
Torvos dispensadores de cenizas custodian el fuego sagrado de la libertad.




























