La firma literaria

By on julio 11, 2019

Por Carlos Duarte Moreno

(Especial para el Diario del Sureste)

Menuda e inesperada controversia la que ha surgido, amigable, en la redacción acerca de la firma literaria. El público ¿se atiene únicamente al nombre más o menos famoso de los autores? Me parece que no. Exigirá siempre que los trabajos tengan amenidad, profundidad, aticismo; que aclaren horizontes, que definan rumbos, que sean capaces de despertar o mantener sentimiento, que cuenten con el poder de sugerir ideas, según el asunto de que se trate. La firma literaria, por sí sola, es un fracaso periodístico si no ampara producciones de mérito, que puede radicar en muchas expresiones: en la pureza del lenguaje, en la construcción original que da la base del estilo, en la feliz oportunidad de las metáforas, de las citas, en el preciso desenvolvimiento del asunto, sobre todo si se logra con sencillez, con la difícil facilidad que dijo no recuerdo quién…

La firma de un escritor puede estar por tiempo indefinido en las páginas de un periódico, de una revista, en tanto el autor no crea que con el prestigio de su firma basta, descuidando lo que entrega al público, porque éste, mientras más sepa de la fama de un nombre literario, exigirá, y con lógica justicia, que lo que lea esté de acuerdo con el renombre del nombre que ampara las producciones.

Contra lo que se piensa corrientemente, existe una mayoría de lectores voraces en las capas menos salientes de la sociedad, que se ahonda, como las minorías intelectuales, en los temas, ateniéndose a las virtudes de su exposición, sin dejarse sugestionar porque los calce la firma del más ponderado de los escritores. Javier Bueno y Enrique Gómez Carrillo no cansaron nunca con sus escritos, pongamos por caso, no por su fama, porque se renovaron siempre, y siempre jugosos supieron extraer de las cosas la savia fecunda de su sentido, para jugarla, decorarla a su antojadizo arte y servirla con nuevo sabor, al público, sin destruir el sabor ingénito.

Cuando Rubén Darío estaba en la edad de oro de su vida literaria, el público supo alzarse, sin fiarse en la firma, contra verdaderos mamarrachos que aparecieron en publicaciones de habla hispana y en periódicos del extranjero amparados por la firma del gran panida. Según Salatiel Rosales, si no recuerdo mal, pues escribo de memoria, cuando la firma del maestro insigne se pagaba de inmediato en las redacciones, discípulos sin conciencia, aprovechando las borracheras trascendentales del poeta, con tal de adquirir fondos, escribían denigrantes elucubraciones que luego tendían al bardo glorioso sobre la mesa en que roncaba para que al pie de ellas pusiera la firma codiciada. Los editores de periódicos únicamente comprobaban la autenticidad de aquella firma y pagaban. Creían que los lectores no discernían, no analizaban, no pensaban. Ellos creían una cosa y el público se encargó de demostrar lo contrario.

Mientras un escritor no decaiga, no se empobrezca, no se repita, valga decir: mientras mantenga el interés en los lectores y no canse, y sí, al contrario, vaya multiplicando el radio de su público asiduo, puede ocupar la página de los periódicos, aún prodigándose diariamente. No comparto la opinión editorial de que precisa estar cambiando de articulistas por el gusto de ofrecer nuevos nombres de colaboración. Todo aquello que ya no dé rendimiento, que no proporcione sensación de frescura, de renuevo, debe ser sustituido. Bien es cierto que, el escritor, al fin y al cabo, termina por caer en la repetición, en el cansancio; pero no tratamos de esto, sino del afán, sin razón, de borrar de una revista una firma para sustituirla por otra, creyendo que esto es cuidado juicioso, dirección de acuerdo con los lectores, a quienes importa poco la continuidad o el cambio de una firma literaria, en tanto el material que se les sirva los satisfaga.

En la vida del diarismo, la crónica volandera ocupa lugar preferente. El público gusta del platillo a veces ligero y a veces condimentado del suceso diario, del accidente callejero. Los periodistas franceses parecen haber comprendido esto de mejor manera por su tacto al dar al público esta clase de literatura sin atiborramiento. Y no borran de sus páginas a los autores más que cuando cansan. Y es que los editores no deben pensar con su gusto, con su simpatía, sino con la simpatía y con el gusto del público.

Con los escritores pasa lo que con los artistas de teatro, con mucha frecuencia: o se ganan al público o se lo ponen de enemigo. Y al público hay que darle lo que quiere. La fama de la firma, su continuidad en un periódico, o su aparición en una revista, por sí sola, no constituye victoria si los lectores no encuentran en los trabajos que amparan lo que es necesario que el lector encuentre…

La firma literaria, en cierto aspecto, es un mito.

Mérida, Yucatán.

Diario del Sureste. Mérida, 9 de agosto de 1935, p. 3.

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