Visitas: 5

Ermilo Abreu Gómez
No es cosa de que uno se va volviendo viejo, y así lo pasado se nos hace mejor. No, no es eso. Por el oficio que uno tiene –para bien o para mal– de enseñar y escribir se tiene que tratar con mucha gente de diferente calaña y condición. En ese trato nos tropezamos con muy distintas cabezas. Las hay lúcidas, claras, capaces de entender lo propio y lo ajeno con prontitud y sin esfuerzo. Las hay torpes, tontas, hasta díscolas, que ni saben lo que piensan y menos son capaces de percibir ni la idea más diáfana del interlocutor. Y entonces, en uno y otro caso, nos tenemos que esforzar con los primeros a fin de que la propia facilidad no nos lleve al terreno del engaño, del engreimiento y menos de la pedantería; con los segundos para que, dándole vueltas y más vueltas al tema, se llegue, así sea por aproximación, a alguna finalidad útil y plausible. Pero no quiero hablar de esto que depende de la cantidad de materia gris de que se dispone.
De lo que quiero hablar es del arte de la conversación, arte difícil y por muchos conceptos arte que debiera estar sujeto a enseñanzas, a cátedras y hasta, si me apuran, a riguroso examen de aprobación o de repulsa por sinodales capaces y autorizados por quien puede dar patente de ejercicio. Como diría Cervantes, debía haber un veedor que califique la competencia del conversador. Y así, el que no ostente habilidad oficial debía ser retirado de trato humano por el mucho mal que puede hacer en las tertulias y demás centros de relación.
Porque es el caso que la gente de hoy (salvo las honrosas excepciones, como suele decirse), no sabe conversar. Unos creen, y éstos son los más, que conversar es discutir, pelear, alzar la voz, manotear, dar golpes en la mesa y hasta decir, si a mano viene, no sé cuántas palabrotas. Ante tal actitud, los interlocutores tomas dos actitudes: o discuten también, y si es posible con mayor acaloramiento y destemplanza, o, si son prudentes, se repliegan sobre sí mismos, cierran la boca y juran no volver a tener paliques con tan iracundos sujetos. Pero como se trata de amigos, a poco vuelven a las andadas y así resulta el cuento de nunca acabar. Pero de todos modos aquellos irritos adquieren fama de belicosos, o, dicho en forma vulgar, de poquísimas pulgas. Otros pecan de otro modo: son los que, incapaces de oír a nadie, hablan como si estuvieran solos, monologan y hasta parece que se complacen en oírse. Los demás no encuentran pie para intervenir en la charla, y por más que buscan la coyuntura para decir su parecer no la encuentran. Y menos mal cuando estos soliloquios los sostienen gentes capaces de algún ingenio y gracia, entonces se puede soportar aquel alud de palabras y de sabiduría. Pero ¡válganme los cielos! cuando estos verbomotores (creo que alguien así los clasificó hace mucho tiempo) unen a su verbosidad un caudal de ideas disímiles, de erudiciones postizas y de tal o cual monomanía intelectual, entonces la cosa es más que lamentable. También estos sujetos acaban por ser abandonados a su suerte. Todavía hay otros que todo lo toman a chunga, a burla y no es posible que sigan el camino de la seriedad y del comedimiento. En todo hallan ocasión para decir chistes, ocurrencias o formas de buen humor que, si aisladas pudieran tener méritos, así amontonadas en toda ocasión resultan molestas y cargantes. Pero aun hay otros que se presentan como agobiados de pesimismo, como si vivieran bajo un signo de fatalidad que les impide ver con mesura ningún tema y menos creen que pueda salvarse ni a tirones la cosilla más débil de la República. También a estos hay que dejarlos solos con su empedernida melancolía. Pero se me ocurre que hay otros más y son los que tienen la costumbre de decir y redecir palabras malsonantes sin importarles la presencia ni de damas ni de niños ni de personas mayores a quienes debemos respeto y consideración.
En fin, estos son los tipos más comunes que he observado en mi cotejo diario con prójimos y conocidos que hacen insoportable la conversación con ellos.
Decía yo que en los tiempos viejos la gente conversaba de otra manera. En una palabra, se sabía conversar. Había como un especial tino para decir lo oportuno con la discreción y la prudencia necesarias. No se oían palabras altisonantes: nadie levantaba la voz, y si los interlocutores no estaban de acuerdo en algún punto, se adelantaban a pedir excusas por aquella particularidad y hasta advertían que era muy posible que ellos y no los otros estuvieran mal informados, o que no habían sabido interpretar los hechos objeto de la charla. Es claro que con un método de esta especie la conversación se tornaba una especie de convivencia de los espíritus. Todos se sentían partícipes del banquete social y las ideas resultaban bienes comunes que cada quien, a su modo, según su gusto y su parecer, podía manejar y exponer sin miedo ni ostentación. Y no se diga que la gente rehusaba el debate o que la gente andaba dándole la razón a cualquiera con tal de no alterar el nivel cortés de la charla. No. Todos, con auténtica sinceridad, defendían sus puntos de vista y sostenían con firmeza sus opiniones o sus creencias. Lo que pasaba es que se establecía un como torneo de prudencia, de cortesía y también ¿por qué no decirlo?, de dudas sobre la razón absoluta o el pensamiento infalible. En algún autor francés una vez leí algo que me hizo mucho efecto. Aquel autor (que debía ser hombre de años y de experiencias) decía: “en todo momento piensa que tus ideas o tus sentimientos pueden estar sostenidos por prejuicios. No te aconsejo que te quites o te arranques estos prejuicios porque tal cosa es empresa que reclama fuerza y tal vez mucho dolor. No, no te quites tales prejuicios. Sólo te aconsejo que, en el momento oportuno, pienses que tus juicios pudieran ser tan sólo prejuicios, nada más que prejuicios. Con este criterio tus palabras y tus opiniones y aun tus sentimientos tomarán un cariz más humano, más prudente, más hecho a la fragilidad humana”.
Y esta actitud prudente, dócil y cordial para manejar las ideas propias y escuchar las ajenas, era lo que seguían los viejos en el arte de la conversación. Hoy, me parece, pocos, poquísimos conocen este arte. Y los que lo conocen, ¡pobrecitos! ¿Con quién lo pueden practicar? Tal vez por esto nos encontramos tantos solitarios en las reuniones o en las mesas del café. Los que quieren cultivar el arte de la conversación (que es arte social por excelencia) deben luchar por encontrar la pareja necesaria que nos haga posible entender, sin tristeza, el error propio y la virtud ajena.
Diario del Sureste. Mérida, 21 de agosto de 1963, pp. 3, 7.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























