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La Aventura Musical de Coki Navarro – XV

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XV

Continuación…

Antes de ir a Tepic, haremos una función en Rosario. Pueblo pequeño, pero que reúne en un parquecito a las mujeres más bellas que jamás habían engalanado mis ojos al mirar y admirar. Nos hacemos de unas amiguitas que son las que han organizado la función y puedo asegurarles que las pocas horas que pasamos en Rosario han sido las que en mi existencia pueden ser contadas como de inolvidables, pues me doy cuenta de que sus mujeres son bellas, gentiles y nobles. Regalos como recuerdos que dejan en nuestras manos (a todos los de la compañía) y recuerdos como regalos imborrables de nuestra visita. Mujeres de negros y hermosos ojos y miradas infinitas como el universo.

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Aproximadamente trescientos cincuenta kilómetros entre Mazatlán y Tepic, en los que pasamos pueblos de auténtico sabor provinciano de México. Escuinapa, Acaponeta, Rosamorada, Ruiz, Yago, Santiago Escuintla, y finalmente Tepic. Ya estamos en Nayarit.

Hacemos recuento de lo que tenemos en nuestra economía y vemos que no hemos juntado lo suficiente para vivir más de una semana sin trabajar. ¿Pero cómo? Si lo poco que ganábamos lo gastábamos, pero eso sí, qué buena vida y qué bien paseados hemos estado durante más de un año. Hago números y me doy cuenta de que haber conocido esos lugares, en la forma en que los hicimos (y es que no ha terminado la gira), nos hubiera costado un millón de pesos, bailado está. Así es que a darle duro a la lira y a cantar con alegría, que la vida apenas está recibiéndonos en sus brazos. Cinco días en Tepic y salimos rumbo a Guadalajara… Qué ganas tengo de verte.

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Trescientos kilómetros poco más o menos de viaje en donde nos detenemos a saborear lo mejor de los “antojitos” de cada pueblo. Ixtlán, Tequila, Amatitlán de Morelos y Guadalajara. Antes, a la salida de Tepic, nos habíamos detenido en escala obligatoria en Compostela para visitar este bonito lugar.

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Guadalajara, Guadalajara… Tienes el alma de provinciana, hueles a rosa temprana… Qué lindo lugar, señores. Qué bellezas tiene mi México amado. Admiración y orgullo nos causa pisar suelo jalisciense. Mucha gente, muchos coches, mucho de todo. Qué teatro, amigos. El “Degollado” se llama. No sé por qué ni a qué se debe el nombre, pero eso es lo de menos. Qué inmensos y numerosos camerinos tiene. Qué escenario, qué entrada, qué instalaciones. Cuatro o cinco pisos dentro de su bóveda; elegancia y señorío. Me voy hasta el último piso y veo la luneta como una inmensa herradura. Bajo a la luneta y miro una cascada de palcos que se llenarán de gente esa noche. Ah, qué noche esta que nos espera. Ahora sí hay que vestirse bien y muy bien maquillados. El público de Guadalajara es conocedor, pues en su teatro se presenta lo más granado del mundo artístico de nuestro planeta. Y de verdad que es cierto. La orquesta aumenta en número de tres veces más de músicos. El maestro Navarro muy ocupado seleccionando lo mejor de su repertorio, y nuestro yucateco y también maestro Mateo Camargo dando las instrucciones acerca de cómo se van a interpretar los números musicales. Se siente ambiente de teatro grande, de teatro de categoría y olor a cortinajes de seda y terciopelo. Olor a desinfectante caro. Se escucha el eco de las grandes voces que han vibrado en ese majestuoso trono escénico.

Varios artistas de nueva contratación entregan sus partituras a los maestros directores y tras un breve ensayo se retiran a descansar, pues apenas ayer estaban en EE.UU. de gira.

Llegaron a México, D.F., para inmediatamente salir a Guadalajara. Le toca el turno de ensayo a la gran soprano mexicana Doña Mercedes Caraza. Qué maravilla y dulzura de voz. Oh, ya esto es demasiado para poder gozarlo con tranquilidad. Me pone muy nervioso saber que en unas horas más estaremos alternando con la distinguida Prima Donna y los grandes artistas que han llegado a reforzar el espectáculo. Ya son las seis de la tarde y entramos al Teatro. Flores por todas partes de los camerinos. Espejos grandes en todas las paredes y muchas luces alrededor de los espejos. El camerino que nos asignan tiene una longitud de más de seis metros de largo por cinco de ancho, con canapés y tocadores. Cortinajes en sus ventanas que dan a la calle y timbres para avisarnos cuando se aproxime nuestro número. Otra vez quieren traicionarme mis nervios. Pero ahora sí que no pueden vencerme.

Me llaman de parte de Mario Román, el maestro coreógrafo y bailarín estrella de la Compañía. Nos falta un elemento para el ballet, me dice. Vístete con este traje de charro; tú lo vas a suplir. Por Dios, Mario, no me comprometas en esa forma. Ya serví de cómico, de payaso, ya la hice de locutor y anunciador… Por favor, no más. Inútil, tú tienes que ser, pues tus compañeros no tienen la altura suficiente para poderlos utilizar como bailarines. (Benditos sean en esos momentos los chaparros). En quince minutos me explica que solamente tengo que salir, junto con mi pareja (una chica poblana) y pararme al final del escenario. Después deberé caminar cuatro pasos con ella, alzarla en mis brazos, darle un beso y asentarla nuevamente en el piso, taparla con mi sombrero y sentarme junto a un árbol que está en el fondo y después regresar hasta ella, darle otros besos y la mano para levantarla, besarnos otra vez y cubrirnos las caras con el mismo sombrero. (Sólo entiendo la parte que se refiere a los besos). Muy bien, pues a escena que ya está la música sonando y las parejas (los maestros de baile y sus compañeras) a media pieza del número a ejecutar y es cuando los chambones (casi siempre los que menos saben de danza y van de relleno) debemos salir para hacer bulto. Ahí se va Coki Navarro con su pareja del brazo, a pisar el escenario y a bailar antes de cantar (cantar es lo que presumiblemente debería hacer). Veo las caras de mis “Enemigos” Polo y René que tienen una sonrisa que les pasa de las orejas. Los demás, junto con Paco Miller, también se ríen, aunque con más ganas de darme ánimos que de burlar mi asombrada actitud de bailarín.

Salgo, tomo del brazo a mi pareja, comienza ésta a llorar de miedo, (era una principiante de las que habían llegado del D.F. a hacer sus pininos y sus consabidos méritos), me aturdo, la levanto de la cintura y la llevo junto a un árbol, le doy un beso, ella grita de dolor no por mis ardores, sino porque se le ha metido el rímel entre los ojos y materialmente está ciega por los efectos ácidos de la pintura y adolorida por lo mismo. La vuelvo a levantar y la meto por el primer hueco de las bambalinas que veo y… que viene Mario Ramón y me manda otra vez a escena a seguir bailando. Pero ¿cómo si esta niña (¡QUÉ NIÑA!) no puede ver? Pues guíala mientras termina la representación del cuadro. Otra vez a escena, pero ya perdí el sombrero y ella un zapato. Ay, Dios mío, si salgo de este trance (con vida) te prometo ir a tu altar y de rodillas desde el Teatro Degollado hasta donde crucificaron a tu hijo en Jerusalén. Yo, por lógica natural y como una bendición del cielo, perdí la movilidad. Me quedé sentado junto a mi pareja, que ya para ese entonces era una verdadera mezcla de maquillaje y desesperación, y en un largo beso que me supo a llanto terminé mi intervención en el cuadro jalisciense. No tengo que decirles que luego la saqué del escenario arrastrada y alborotada, y que yo no sabía en ese momento quién me la hizo, sino quién me la iba a pagar. Aplausos por fuera para todos los bailarines, y vivas para mí y mi pareja por dentro. Pensé mandarlos al carajo a todos juntos, pero no pude.

UN TEQUILA…UN TEQUILA… es todo lo que acertaba a decir. Aquí está tu tequila, me dice el director de escena, y prepárate que sólo tienes diez minutos para vestirte, pues ustedes van a “abrir” la segunda parte.

Fuera corbata de caporal, fuera botines, que por cierto me quedaban muy chicos, fuera toda la indumentaria de charro macho y bailarín. Fuera caretas, fuera vergüenza (ya no tenía ni un gramo), afuera ya que los están anunciando. Con ustedes, público amable, el trío más joven de México: Los Jilgueros de Yucatán.

No se habían secado del piso las lágrimas negras de mi pareja cuando ya estaba yo parado en el mismo lugar, tratando de tocar y cantar con mis compañeros. Cuatro, cinco o seis canciones y otros aplausos de a quinientos en quinientos. Risas, burlas, felicitaciones, otro tequila y, de parte de Paco Miller, que como no llegó de México D.F. el esperado bailarín, pues lo tendré que suplir otra vez, al menos mientras se aparece. A la segunda función ya salió mejor mi actuación como danzante y cobré $25.00 más por mi accidentado y temerario baile. Ah, y apenas acabábamos de llegar a Guadalajara.

 Coki Navarro

Continuará la próxima semana…

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