La Aventura Musical de Coki Navarro – VIII

By on junio 4, 2020

VIII

Continuación…

Ya pienso como una persona de 30 años y apenas tengo menos de 20. Llegamos a Monterrey. Neblina y prosperidad. Gente de reciedumbre comercial. Trabajadores, inversionistas y veinticinco mil mexicanos atrapados en la estación del tren en espera de ser contratados para ir a los EE.UU. de braceros. Qué impresión tan rara me causa ver una estación del tren convertida en casa y mingitorio de veinticinco mil ciudadanos de México, mi amado país. Cuánto sufrimiento debe haber en cada corazón de los braceros al pensar que han dejado a sus familias para correr una vergonzosa situación (la mayoría) en un lugar extraño. Qué bueno que ya se está superando esa situación que tan ignominiosamente soportaban los trabajadores mexicanos y los no mexicanos. Ni modo, hermano, a veces hay que soportar el peor de los tratos con tal de que nuestra familia tenga un poco de comida. En verdad que ha sido una experiencia muy desagradable en mi vida ver tan de cerca veinticinco mil orines con su correspondiente compañía regados en los patios de la estación del tren. Veinticinco mil corazones que ya no tienen más lágrimas que derramar. Veinticinco mil gargantas que no tienen voz, y veinticinco mil almas en pena juntas en su desgracia. Maldición para ellos. Cómo me ha hecho querer mi comida y mi abrigo haber visto esa tragedia mexicana. ¿Cuántos años parece que tengo ahora? Pueden pensar que mil o ninguno, pues ya me da igual lo que pueda tener de experiencia si he visto de cerca el más grande comedero de moscas y el mayor hacinamiento de miasmas que tenga memoria haber conocido. Veinticinco mil mexicanos jodidos por dentro y por fuera.

Hoy nos toca actuar en Monterrey. Nos instalamos en un confortable hotelito, barato, pues no da para más nuestra paga. Estoy aprendiendo a manejar mis pesos con mucho más cuidado, pues de lo contrario me quedo sin comer si me paso en el gasto. Actuaremos en otra plaza de toros. Ya no nos asusta el público de miles. Llegan a la compañía Miroslava y Nicolás Urcelay otra vez. Ella tan linda como siempre. (ME PREGUNTO CÓMO UNA PERSONA TAN LLENA DE GRACIA PUDO SUICIDARSE). ¿Qué le faltaría o qué le sobraría? ¿Qué habrá dentro de las almas con cuerpo hermoso y ojos color de mar? Hoy vamos a tener todos los artistas de la compañía una gran experiencia de parte de Don Nicolás Urcelay. Lo presentan y el sonido falla. El gran señor del canto hace a un lado el micrófono y canta con todos sus poderosos pulmones y su maravillosa voz que dejaba escapar potentes notas que eran escuchadas en todo el inmenso coso taurino. Qué noche de locura en el público que tuvo la oportunidad de escuchar ésta que fue en su época la mejor voz de México y que saborearon esa noche los asistentes a la función. Voz de tenor al natural. Qué buena lección para nosotros en particular. Nos despediremos hoy de Monterrey y dejaremos de admirar su Cerro de la Silla y sus grandes fábricas. Visitaremos Laredo y podremos ver de cerca los EE. UU. Luego regresaremos a Monterrey a estar dos días más y enseguida nos iremos a Saltillo, Coahuila.

Llegamos a Laredo para trabajar una noche. Nos instalamos en el Hotel Plaza. Toda la compañía junta: El negro “Guácara”, baterista; Carmen e Isabel, dos gitanas de mucho salero que bailan y tocan las castañuelas con gracia y elegancia; el pianista yucateco Mateo Camargo y el Maestro Navarro, gran acompañante de Tío (Tío de Paco Miller), un malabarista, los bailarines FORTY y LAFAYETE (argentinos), y otros que espero se me acuerden y podré nombrarlos más adelante. Como siempre, con nosotros Don Gilbardo López “El Viejo” (como le llamamos) habla inglés y conversa con unos gringos en el lobby del hotel. Hotel elegante, comida de comedor grande y meseros con traje; algo de sabor distinto, pero siempre más algo mexicano que de EE. UU.

Actuación esa noche en el cine más elegante de Laredo, y al otro día temprano me voy al puente a pisar suelo extranjero. Qué distinto se ven los EE. UU. Veo mucha gente muy blanca y pecosa con pelo amarillo, ojos azules y ropa distinta a la nuestra. ¿Será por eso que son superiores a los mexicanos?, ¿o será porque así se ha establecido? La superioridad la pienso y la siento… Francamente sí se siente que se es menos, sobre todo en mis circunstancias. Adiós frontera de México, me voy a Saltillo. Ay Saltillo, qué lindo eres. “Estamos prosperando,” nos decimos silenciosamente cuando llegamos a una nueva ciudad. Comienza a hacer un poco de frío, pues estamos en el mes de noviembre y hacemos nuestra triunfal entrada a Chihuahua. Allá, igual que en Monterrey, se nota la prosperidad. Muchos vehículos motorizados, gente de chamarra y gamuza. Olor a carne asada y aire de campo. Mujeres bellas y de altura fuera de lo común… IMPONENTES, qué lindas mujeres. Chihuahua, hermosa y de majestad que se toca. Mucha gente en sus parques y mercados. Algunos con pistola al cinto. Lo veo y no lo creo, gente con pistola y bigotes largos. Caray, cuánto ignoraba del mundo cuando vivía en Progreso. ¿Qué estarán haciendo ahorita mis amigos de ahí? Una semana en Chihuahua y estrenamos chamarras y pantalones. Polo se compra unas inmensas botas texanas o tejanas, como se llamen. Qué alto se ve mi compañero con sus botas de ranchero. Polo actúa, duerme y se baña con sus botas puestas. Ya estamos trabajando tres funciones diarias y un programa de radio, amén de los contratos que el “viejo” Gilbardo nos consigue entre sus amigos. De verdad que ese gordo tiene conocidos en todos los lugares que hemos visitado y casi todos son yucatecos. ¡Cuánto “yuca” hay en el mundo!

Vamos a Ciudad Juárez. Salimos en un confortable autobús y llegamos con un frío endemoniado. Actuaremos en el auditorio de ese lugar. Se agregan a la compañía Los Xochimilcas, Los Troyanos (pulsadores), Landa, una hermosura hecha mujer, Eva Flores, cubana, menudita, pero que desmaya a cualquier galán con solo mirarla. Solnay E Pless, los mejores bailarines austriacos que he conocido. A propósito de ellos, me contaban que hubieron de pasar un año escondidos en unas cuevas, cuando en su país hubo un movimiento bélico. Ya eran bailarines profesionales cuando eso y sufrían mucho porque pasaban los meses y ellos no podían desarrollar sus actividades, además de que iba perdiendo poco a poco la elasticidad que sus cuerpos precisaban, pero al fin pudieron escapar y venir a México estaba con nosotros Lechuguín, un chileno que tocaba canciones con unas botellas y con cascabeles. ¡Qué simpático señor este!… Los Ángeles del Infierno, un cuarteto creo que brasileño que cantaba muy bonito. Alejandro de Montenegro, un hombre muy apuesto que cantaba ranchero como muy pocos he visto y oído hacerlo y, AAAAAAYYYYYY MMMMAAAAMMMMÁÁÁÁ veinte muchachas coristas del ballet de la compañía y TTTOOODDDAAASSS PPPAAARRRAAA NNNOOOSSSOOOTTTRRROOOSSS TTTRRREEESSS. Cómo nos vacilaba Paco Miller cuando con su muñeco Don Roque nos comprometía ante el público, señalándonos a alguno cuando echábamos novio en algún lugar del teatro. Así aprendimos a escondernos para estas ocasiones. También debutó una gran vedette Rosarito Durcal y los malabaristas franceses Le Gabton Lee trío. Los Chamulas, excéntricos musicales, Chencha y Chencho, pareja de cómicos. A propósito de este matrimonio, fue casualmente “Chencho” quien me enseñó algo de comicidad, pues precisaba un tercero para presentar su sketch y el muy ladino me escogió a mí para ayudarlos a hacer reír (a mi costa) al público. Cómo me vacilaban mis compañeros, pero qué caray, si en la compañía éramos nosotros los comodines del espectáculo, pues si se le rompía el corsé a la vedette antes de salir a escena, nos anunciaban a nosotros, y mientras se costuraba la linda compañera su corsé o el calzón, pues a cantar Jilgueros. Entra también con nosotros la simpática Chachita y baila con esa gracia que siempre la ha acompañado. La mamá de Chachita es una señora tan simpática y cariñosa como ella.

Por cierto, ahora que estoy hojeando programas me doy cuenta de que en algunos nos presentan como Los Jilgueros Yucatecos. Claro que para el caso es lo mismo, pero quiero hacer la aclaración pertinente.

Debutamos en Ciudad Juárez y comienzan mis problemas, pues el frio me entume los dedos y como yo casualmente soy el requinto, tengo que hacer verdaderos prodigios de malabarismo para tocar las melodías y hacer mi trabajo correspondiente, pues de lo contrario sale mal la canción, como sucede por mi culpa, muy seguido. Más yucatecos, miles, millones por todas partes que nos saludan. Nos invitan a comer a sus casas y nos agasajan. Somos su orgullo, nos dicen. Qué buenas gentes mis paisanos de Ciudad Juárez. Estamos, ahora sí, TRIUNFANDO. “¿Qué será el triunfo?” me sigo preguntando, pues hasta ahorita sigo sin comprender su significado.

Nos entregan nuestros pasaportes y ahora sí que soy importante. Ahora sí, me voy a conocer los EE. UU. Cruzo el río Bravo, pero no como bracero, sino como ciudadano que pasa legal y honradamente, pues me han dicho que los pobres braceros son acarreados en forma por demás deprimente, y que muchos entran ilegalmente cruzando a nado el río. Maldición nuevamente por todo lo que me dicen de las gentes de mi país. Espaldas mojadas les llaman a dos cadáveres que miro… A uno lo balearon y el otro murió ahogado. Ah, cabrón mundo y cabrona vida, cuánto duele el cuerpo. ¿Quién avisará a los familiares de estos dos desdichados? Veo que tienen a un lado el “equipaje” que llevaban en la espalda cada uno consistente en un paliacate y unos cigarros bien envueltos. Avancé 10 años de un golpe en mi manera de sentir y pensar. Me voy a una cafetería en compañía de Héctor, del grupo de Los Troyanos. Pastel de fresa y leche, sándwiches y hot dogs, root beer y quién sabe cuántas comidas más que compro y me llevo al hotel para comerlas poco a poco y sentir el gusto de lo extranjero. Regreso a Ciudad Juárez a las seis de la tarde y me encuentro con un iluminado lupanar que es la calle principal en donde dicen que mucha gente que por ahí deambula va en busca de prostitutas, (perdón, señoras, por este calificativo), drogas y diversiones. Gabachos, güeros, italianos, negros, mujeres muy galantes de a dólar con gonorrea garantizada (a cuidarse, chamacos), padrotes baratos de sombrero con pluma, ruido por dentro y por fuera de los burdeles disfrazados de clubes y bares con olor a burdel. Jugadores profesionales que viven en los billares, mariachis sin sombrero y borrachos tirados en las puertas de los colegios. Qué vista, señores, de nuestra frontera mexicana. ¿HAY ALGUIEN QUE ME PUEDA DECIR QUE MIENTO EN LO QUE ESTOY ESCRIBIENDO? Pero hay que comer señores y para comer hay que trabajar, y para trabajar hay que saber hacer algo y tener la necesidad de hacerlo; así que, a hacerse de la vista gorda ante tanta infección, y al escenario a divertir sanamente a la gente buena que hay en Ciudad Juárez. Gente buena, SÍ, CON MAYÚSCULAS… GENTE BUENA… pues no todo está podrido en Dinamarca.

En Ciudad Juárez, como en toda ciudad o pueblo donde hay campaña, hay también gente de elevada estatura moral que no están de acuerdo en lo que pasa en sus fronteras y delante de sus hijos, pero sí en cambio le hacen ver que eso es casualmente lo malo que tiene el lugar en donde viven. Ay, caballero Juarense, cómo cuidas tus principios y qué bien que así sea.

Salimos del teatro a las 12.30 de la noche y me aventuro con Héctor a visitar un burdel… ¿O acaso creen que no tengo mi corazoncito y deseo ver del mundo lo que me pongan enfrente?… No soy santo ni lo parezco, soy alguien que de momento quiere conocer el mundo y cuanto lo rodea, y que tampoco quiere perder la oportunidad de ver de cerca el exótico ambiente de hampa fronteriza. Olor a “mota”, mentadas de madre por todos lados, gente rara que solo vive de noche, negros con ojos inyectados de sangre y mujeres “decentes” que buscan emoción con sus “maridos”, visitando los bares de mi querido México-Frontera. Whiski con soda. Nos amanece y, a las cuatro o cinco que nos dirigimos al hotel a dormir, me doy cuenta que la farra callejera está en su apogeo. Más borrachos juntos que parecen bailarines cansados. Risas de mujeres drogadas y canciones de mariachis aburridos. Nos metemos a una fonda pequeña que parece un camión. Hacemos a un lado a un borracho dormilón y pedimos unas flautas (tortillas arrolladas con un poco de carne adentro), café y al hotel a descansar, pues ya tengo para hoy bien lleno mi cupo de emociones. Al otro día me doy cuenta de que en Ciudad Juárez la farra tiene una duración de veinticuatro horas, pues lo único que cambia son los personajes, pero muchos siguen en la calle y otros más llegan a engrosar las filas en las barras de los bares.

Coki Navarro

Continuará la próxima semana…

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