José Estilita y otros cuentos – II

By on agosto 7, 2020

II

SE VENDE UN PUEBLO

Había empezado dos días antes sus viajes por el río. Era su primera salida y en el muelle lo despidieron las autoridades sanitarias. Le deseaban suerte en su misión. ¡Y vaya si la iba a necesitar! ¡Al por mayor!

Se trataba de algo así como una inauguración: la de ejercer la medicina en el medio rural, aunque en este caso, más que rural, podía decirse selvático. Y bien sabía él que el contacto directo con este tipo de gente había de depararle más de una sorpresa.

No era novato en eso de manejar una consulta. Había pasado por eso. Pero no en el monte, aislado, sino en un hospital en el que prestaba sus servicios y ofrecía asistencia a las personas menesterosas del campo y de la ciudad. Allí se contaba con los elementos indispensables: humanos, científicos, materiales. Conocía bien las salas de clínica de los diversos hospitales en los que había trabajado en tanto cursaba la carrera.

Eso iba meditando, recordando, mientras el barco sanitario se deslizaba por el río. Y una vez más pensaba a conciencia, y con repulsa, que no era admisible la forma en que algunos compañeros salían a trabajar los fines de semana a diversos poblados, cerca o lejos de la ciudad.

¿Pensarían de veras esos “médicos de fin de semana” que estaban ejerciendo honradamente la profesión? Compraban las medicinas más baratas para obtener las máximas ganancias y se iban a dar consulta a los lugares elegidos de antemano, sin llevar nada de instrumental, exceptuando, claro, el imprescindible estetoscopio. Y había conocido algunos que ni eso llevaban. La gente “atendida” era, por lo general, tan ignorante que no se corría el riesgo de reclamaciones ni de preguntas indiscretas. Un paciente que alguna vez se aventuró a preguntar al médico cuál era su diagnóstico recibió por toda respuesta, a gritos, la formal promesa de no ser recibido nunca más si seguía con sus impertinencias. La llamada consulta se reducía, digámoslo claro, a una venta de medicamentos con pingües ganancias.

Tal vez él –pensaba a veces– juzgaba con criterio demasiado severo la función de tales compañeros, pues su trabajo acaso era útil en esas comunidades privadas de mejores servicios y que, de faltarles esas visitas de fin de semana, se verían totalmente abandonadas en el aspecto médico. ¡A falta de pan…! Sí, tal vez el divorciado de la realidad, el equivocado, era él. Pero de todos modos, aunque quisiera, no podía tragar esa forma de “servir” a la gente y a la medicina.

No todos eran malos, desde luego. Pero algunos eran ¡peores! Recordaba en especial a un interno de los últimos años al que apodaban “El Lince” que tuvo el dudoso honor de especializarse en la creación de un insólito negocio: la venta de poblados.

La venta de poblados, que nació en la mente de “El Lince” seguramente una noche en que había tragado más pastillas de benzedrina de lo acostumbrado, para aguantar el estudio de las clínicas hasta altas horas de la madrugada, le había reportado muy buen dinero. Y, por si fuera poco, tenía seguidores convencidos, que lo veían con admiración y le contaban sus problemas. Lo coronaba, en fin, una aureola indisputable.

Era sencillo y fácil el negocio: “El Lince” indagaba por todos los medios posibles qué poblados cercanos o alejados, eso no importaba para el caso, carecían de médico. Una vez fijado el objetivo estratégico, un día cualquiera se llegaba hasta el sitio de su elección, alquilaba una casucha, cargaba con el estetoscopio y con algunas medicinas de batalla, las menos caras, y montaba la trampa.

Para acreditar su nuevo “consultorio” viajaba dos o tres veces al poblado equis y éste, al poco tiempo y sin que sus habitantes lo supieran, pasaba a ser de la única propiedad médica de “El Lince”. Sí, era “”su” poblado. Y según la ley no escrita de los “médicos de fin de semana”, ninguno osaría invadir ese pueblo, que ya tenía dueño, so pena de incurrir en una grave falta de “ética” y acarrearse el desprecio de todos los demás. Y así, después de uno o dos meses, ponía en venta su poblado a quien quisiera instalarse en él. ¡Duele recordarlo! La voz, susurrante, recorría el Hospital y la Facultad: “El Lince” está vendiendo un pueblo y dicen que está bien trabajado…” Casi siempre eran varias las solicitudes de compra y, después de examinarlas cuidadosamente, “El Lince” adjudicaba el poblado al mejor postor.

Esas ventas las realizaba muy seguido. Según cálculos conservadores, ya había vendido más de cien localidades, olvidadas por todos, menos por él. Y hasta se decía que algunas las había vendido varias veces. Pero habrán sido envidias y calumnias.

Pedro Hernández Herrera

Continuará la próxima semana…

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