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Jesús ‘Chuchi’ Arjona (ii)

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La Nostalgia de los Buenos Tiempos

Cuando jugaba béisbol con el equipo “Maderera del Trópico”, mi posición era Primera Base o Right Field, pero no mucho tiempo jugué con ellos. Era un tremendo equipo, jugábamos bajo la batuta del Chivora Ricalde. Su hijo el Campeón –Luis Ricalde- jugaba short stop, Diego –Mury- Núñez en primera base, Agustín Marfil, Manuel Pérez -el Zacatero-, Enrique el Chango Serrato era el jardinero central. El Webis Rebolledo estaba jugando con Cardenales.

Fíjate que, aun viviendo en la Colonia, jugué con “Cardenales de la Sierra”: cuando empecé a enamorar a Delta, que en ese entonces vivía en La Sierra. Una vez me dijo su hermano Calandria –Mario– que si quería visitarla tenía que jugar con Cardenales, me condicionó el canijo y no me quedó más remedio que ir a jugar con ellos. Mis compañeros fueron Malafacha (José García), Guilo Sosa, el Pelón (Rosendo) Villafaña y Mario (Calandria), hermanos de Delta; Jacinto (Jas) Braga, su hermanito Gapo (Gaspar) que jugaba short stop; Américo Diaz, que era el mánager. Estaba también el Wixi (Javier Cetina) de cátcher; Abel Meléndez, Arsenio Cetina, que fueron de los primeros. Son los que recuerdo del aguerrido equipo Cardenales de la Sierra, eternos y acérrimos rivales de Maderera del Trópico.

Tuve que jugar con los Cardenales porque este canijo de Calandria me puso como condición que si quería enamorar a su hermanita Delta tendría que jugar con ellos. Al principio pensé que me lo decía en broma, yo vivía en Colonia y ellos en la Sierra. Como me gustaba Delta, tuve que aceptar, jugué con los Cardenales cubriendo los jardines. Ahora mis compañeros eran Webis Rebolledo, Wilo Núñez, Malafacha José García, los hermanos Pedro, José y Luis (el Chupeta) Euán, Pepe (José) Rodríguez; su hermanito Julio que era Pitcher, Tortolita, le decían; Amado Fernández de cátcher, Calin Canto, el Pelón (Rosendo) y Mario Villafaña, el Calandria, mis cuñados, y Miguel Robertos (Jetzaba), Demis (Demetrio) Medina, Litos Alcocer.

‘Maderera del Trópico’, de la Colonia, y ‘Cardenales’, de La Sierra, no se podían ver ni en pintura. Había mucha rivalidad en todo, especialmente en deportes. Una vez, cuando se dio la final entre estos dos equipos para definir quién iría a disputarle a los Tábanos de Tizimín el campeonato de la Liga Oriental en la que participaban equipos de varios municipios como Sucilá, Kantunilkin, Tizimín, etcétera, jugaron en el campo de la Colonia y la “Maderera” le ganó a “Cardenales”. Se pusieron furiosos los de la Sierra, pero no pasó a más, solo las burlas de Colonia hacia ellos. No hubo broncas, más que el mal sabor de boca de los vecinos de Moncho Vidal. Ya ves que había mucha rivalidad entre ellos…

Al principio, cuando empecé a enamorar a Delta –fuimos novios como seis años y, por cierto, ella nació en el Campamento La Sierra– tenía que espiar que su celoso hermano Mario pasara por la Colonia para ir a visitar a su novia Addy Pinto. Cuando veía o me avisaban que ya había pasado en su bicicleta, me iba yo corriendo a La Sierra a mi visita, a ver a Delta; cuando se quitaba él de Colonia, hacía yo lo mismo de La Sierra, pero nunca nos cruzamos en el camino.

Una vez se lo platiqué a mi hermano Tany –Ángel– y sin decirme nada se fue por la gasolinera una noche, ya ves que la gasolinera estaba a mitad del camino a la Sierra. Eran más de las once, ya iban a salir los que tenían segundo turno en la fábrica. Era el último viaje del urbano de Colonia a la Sierra y este cabrón de mi hermano tendió un cordel a lo ancho del camino en la oscuridad de la noche, ni luna había y por lo tanto el cordel no se veía. Cuando vio o le avisaron que estaba por pasar Calandria de regreso a su casa, puso una vela de cabeza, la encendió y se alejó, corriendo a guardarse entre el monte. Al acercarse mi futuro cuñado en su bicicleta, vio aquel fuego en medio de la nada que estaba suspendido, se quedó parado, asustado, a una distancia prudente viendo aquel fuego que subía y bajaba. No veía nada más que fuego, candela en medio de la calle. No se atrevió a pasar, le dio miedo. Recuerda que en ese tramo de la carretera decían que había espantos, que asustaban a la gente que a esa hora pasara sólo por allá. En eso vio venir el urbano que manejaba don Ramón, se detuvo un momento el camión, Calandria se pegó al urbano y juntos pasaron esquivando aquello. Pero qué susto se llevó, creo que nunca supo qué era y menos quién lo puso.

Este Tany, una vez le disputó el amor a una chica de Colonia a otro Colyucateco y ella optó por su rival. Pues este mi hermano, descorazonado, lo venadeó una noche y lo golpeó, le fracturó la quijada con una manopla en venganza porque, según él, le volaron la novia. Pues Tany comió bote, estuvo grande el lío en que se metió el cabrón. Al final, su rival de amores se casó con aquella chica y él se casó tiempo después con Mechita Flores.

A mí siempre me ha gustado el béisbol. Mi equipo de Grandes Ligas siempre ha sido los Dodgers; el Toro Valenzuela es mi ídolo. Igual le iba a Urías, pero ya ves qué le pasó. La verdad me quedo con el Toro, pero admiro a los paisanos que están triunfando en las Grandes Ligas,” comenta orgulloso mientras me muestra su colección de gorras que tiene en el pasillo de la casa: todas de campeones de las Series Mundiales. “Son regalos de mi hijo que viaja por su trabajo a los Estados Unidos: como sabe que me gusta el béisbol, me las regala. Cada año me trae la del campeón. Ahora, como buen yucateco, soy de los Leones de Yucatán,” dice el cuñado de Calandria, enfundado en la camisola de Madereros y posando sonriente en su gran colección de gorras en la sala de su casa. Tiene más de veinte.

L.C.C. ARIEL LÓPEZ TEJERO   

Vicentelote63@gmail.com

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