Impuestos

By on abril 26, 2019

Perspectiva

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“Permíteme informarte cómo será: uno para ti, diecinueve para mí…”

Taxman, The Beatles

Alguien alguna vez dijo que de la muerte y de los impuestos nadie se salva. Tenía razón: todos somos cautivos de esta alegre y singular manera en la que los gobiernos se hacen de nuestros recursos económicos para solventar sus gastos de administración, fondear proyectos y, si bien nos va, recibir servicios que el gobierno ha decidido proporcionarnos directamente, entre ellos la seguridad, los servicios de salud, infraestructura, educación, etc. En una rigurosa mirada, los impuestos son la cuota que debemos pagar para ser ciudadanos de nuestro país y, por qué no, eso nos da el derecho a exigirle a ese administrador que nos presente evidencia de que los está usando acuciosamente y en beneficio de aquellos que los pagamos.

Siempre me ha maravillado la abundancia de recursos naturales que poseemos en México: amén de la belleza de tantas regiones en nuestra república, contamos con tantos recursos y con tantas bendiciones, además de gente buena y noble, que es difícil creer que aún exista tanta desigualdad y pobreza en este cuerno de la abundancia en el que vivimos, y eso es atribuible por completo a los administradores que hemos tenido; penosamente, parece que el actual va por el mismo camino de sus antecesores, e incluso uno peor, a juzgar por la frívola manera en que cancela proyectos y paga penalizaciones, además de regalar dinero con políticas clientelares, en vez de buscar maneras de castigar a los impunes y resarcir los recursos estafados.

He pagado mis impuestos religiosamente desde que comenzó mi vida laboral, ya hace más de 30 años. No he intentado dejar de pagarlos, como muchas personas que conozco han elegido, arriesgándose a sanciones, simplemente porque he jugado a buena ley el juego entre “contribuyente” y “autoridad recaudatoria”, esperando que se haga un buen uso de mis impuestos, obteniendo los beneficios a los que tengo derecho por pagarlos.

Entenderán ahora que el malestar que siento cada vez que los pago de hace unos años hacia acá se ha incrementado exponencialmente con el devenir del tiempo, sobre todo al constatar lo que se menciona en líneas anteriores: una evidente malversación de esos fondos a través de infinidad de actos corruptos, de acciones de lesa humanidad, y un patente y crónico valemadrismo de las clases políticas y de los gobernantes en turno por elevar las condiciones de vida de los niveles poblacionales más pobres. Es evidente que una de las dos partes en el juego está haciendo trampa, y las evidencias apuntan desde hace muchos años a los administradores. ¿El problema con la situación anterior? Que no hay castigo a los criminales, y el mar de la impunidad sube de nivel cada año, amenazando ahogarnos y aniquilarnos, mientras los grandes depredadores y profesionales de la transa navegan sobre esas aguas en sus yates y embarcaciones.

Tantas expectativas y esperanzas asumidas por tantos mexicanos desde julio ahora naufragan en esas aguas que el actual capitán pensó desaparecerían por arte de magia, porque él lo decretó, porque “él es diferente a los demás.” Le han tomado la medida los mismos de siempre, comenzando por los –aquí sí aplica el término tan socorrido por ellos mismos– “mal llamados maestros” de la CNTE, los huachicoleros, los narcotraficantes a los que brindó amnistía, los políticos ladrones de sexenios pasados, los partidos políticos, los mismos “sectores” y “actores políticos” de toda la vida. México no ha cambiado para bien y, por el contrario, parece que vamos para atrás. El contubernio no tiene explicación válida cuando se enarbola la bandera de la virtud.

¿Qué tranquilidad me podría brindar saber que los “magnos” proyectos de inversión que ha anunciado el capitán tabasqueño no poseen estudios de viabilidad, de riesgos, que además están siendo severamente cuestionados por verdaderos expertos y que, por lo tanto, mis impuestos serán utilizados a lo indejo? El aeropuerto de Santa Lucía, el Tren Maya, los planes de apoyo clientelares en efectivo que regalan mis impuestos a los grupos más numerosos en nuestra nación –los jóvenes y los ancianos– buscando su apoyo (bajo la premisa de que así continuarán recibiendo dinero sin esfuerzo), escudados en una falsa imagen de preocupación, todos son ejemplos de malversación de mis impuestos. ¿Alguien le irá a fincar responsabilidades al presidente cuando lo que es evidente y señalado por los que sí saben suceda, cuando doble las manos ante los chantajistas de toda la vida?

Desde esta perspectiva, regreso a lo que indiqué hace unos párrafos: el malestar que siento al pagar mis impuestos, a sabiendas que están siendo mal utilizados año tras año, crece. Estoy seguro de que no soy el único. Me pregunto hasta cuándo continuaré participando en el juego.

S. Alvarado D.

sergio.alvarado.diaz@hotmail.com

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