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José Juan Cervera
La ética tiene cuerpo de precepto y alma de filosofía, envuelve una sustancia que se evapora y una superficie que se afila.
Toda persona de bien purga una condena interna que mitiga con buenas acciones y malas compañías.
La comodidad de juzgar con sofismas heredados se convierte en rémora que abomina la transparencia.
Acaso más difícil que tomar consejo sea aplicarlo en la medida del juicio ajeno.
El único dogma aceptable es el que niega la postración de su cautiverio para transformarla en sutileza de acción.
El recato es un bien que preserva energías hasta forjar una potencia capaz de sobrepasar los límites del cerco que lo asfixia.
Los custodios del santoral a veces franquean el paso a individuos de conducta irreprochable cuya gracia trasluce la aspereza de su jerarquía.
Nadie interroga al inconsciente mientras ajusta cuentas con la experiencia de los días.
La pureza que pregona su ejemplo cosecha galones de virtud artificial que se prodiga en dobleces.
Hay códigos de honor confeccionados a la medida de la deshonra que se maquilla como primer acto del día.





























