Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – XXXII

By on octubre 22, 2021

IX

7

Serían las once de la noche cuando Hunac Kel, arribado un par de horas antes con sus tropas a las afueras de Chichén Itzá, dejó de percibir la música del festejo. Tal fue la primera señal de que la juerga entraba en decadencia. La segunda señal estribó en una gradual extinción de las antorchas que daban luz y vistosidad al banquete. El griterío de los festejantes todavía era notorio: Hunac Kel y sus capitanes podían escuchar con audible claridad las voces aguardentosas de hombres y mujeres empalmados en discusiones y seguramente en riñas a puñetazos por motivos superficiales. El rey de Mayapán y sus hombres se habían parapetado en los límites de la ciudad, tratando de formar un gran círculo a su derredor.

A poco el silencio imperó en el lugar; se escucharon las últimas voces de dos o tres borrachines que hablaban sin entenderse, para luego callar. El sepulcral silencio, colofón de la gran borrachera, fue la tercera señal que Hunac Kel aguardaba para romper las hostilidades. Con igual silencio al que reinaba en la ciudad, los soldados de Mayapán se deslizaron en Chichén Itzá, absolutamente pintarrajeados, y asaltaron el dormido palacio de Chac Xib Chac. Con limpios acuchillamientos se deshicieron de los sonámbulos guardias del rey: no hubo ninguna resistencia por parte de los guerreros itzáes, que apenas podían sostenerse de borrachos; otros, la mayoría, roncaban a pierna suelta la embriaguez. Hunac Kel llegó en dos zancadas a la recámara nupcial, tomó en sus brazos a la somnolienta virgen, que lo era todavía, y desapareció en la oscuridad. Chac Xib Chac detuvo momentáneamente el estruendo de sus ronquidos, masculló alguna estupidez entre sueños, y reinició el ciclo de aquel roncar áspero y de muchos decibeles, antes de que su fiel Pluma de Gavilán lo despertara a jaloneos para decirle que le habían robado a la mujer. El rey, completamente idiotizado, no entendía las frases entrecortadas del capitán:

–No me vengas a joder –farfullaba el rey que sólo columbraba la enorme boca del capitán abrirse y cerrarse al tiempo que dejaba escapar un ruido fragoroso y extraño, un laberíntico murmullo que nada le decía a su entendimiento turbado por la ebriedad–. ¡Carajo, déjame dormir!

Entonces Pluma de Gavilán gritó a todo pulmón:

–¡Te han robado a tu esposa, señor! Hunac Kel se ha llevado a Blanca Flor.

Y aquello lo cimbró como un fuetazo, de esos con que sus capitanes azotaban a los winicoob, y la espantosa revelación lo despabiló.

Más tarde, ya pasada la borrachera, un enloquecido Chac Xib Chac juraba, entre el suplicio de la resaca y la desesperación, castigar aquella canallada:

–No me importa si tengo que destruir hasta sus cimientos la ciudad de Mayapán –gritaba ante sus aturdidos capitanes, completamente fuera de sí–, no me importa si tengo que derramar la sangre inocente de niños y mujeres. Nada de esto me importa con tal de recuperar a mi esposa y tomar la vida de Hunac Kel.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.