Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – XIII

By on junio 10, 2021

VI

1

–Estos primeros días de tu reinado –le explicaba de muy buen humor Tigre de la Luna a Hunac Kel mientras disfrutaban sendas tazas de chocolate –los dedicarás a recorrer tus dominios. Todavía tienes mucho que aprender. De niño y de adolescente poco te preocupó familiarizarte con Mayapán y su gente, preferiste siempre jugar con tus amigos o, ya en la adolescencia, practicar tus partidas de caza y nadar en los cenotes de la ciudad.

–Bueno, conocí algunas ciudades hermanas –se defendió el rey–: estuve muchas veces en Uxmal y Chichén Itzá…

–De las que sabes más que de tu propia ciudad… También visitaste con frecuencia Tulum y Cozumel, donde te fascinaba nadar en el mar. Caminaste mucho, pero no en Mayapán, sino en las veredas del monte y en la selva, donde estabas dedicado a ejercitar tu cuerpo más allá de toda limitación.

–Pero no todo fue nadar y cultivar el cuerpo –arguyó el rey–. Acuérdate de los largos días de adoctrinamiento que me gasté contigo y tus cofrades de quienes, no puedo negarlo, aprendí todo lo que sé.

–Además, el ser enamoradizo por naturaleza, querido Hunac Kel, te ha robado mucho valioso tiempo; cuántas veces no recorriste enormes distancias sólo para cortejar a alguna chica que hubiese capturado tu atención.

–Bueno, bueno –admitió el rey–. Es cierto: enamorar también quita tiempo.

Tigre de la Luna lo condujo por todos los rumbos de la ciudad y, con su proverbial paciencia, le explicaba las cosas que necesitaba saber de la historia de Mayapán.

–¿Y por qué no le impondría Kukulcán su propio nombre a la ciudad? –quiso saber el nuevo rey–. Tenía todo el derecho de hacerlo.

–Sus augures aztecas así lo deseaban, pero el Serpiente Emplumada rechazó la propuesta con la firmeza que lo caracterizaba y la nombró Mayapán: El Pendón de los Mayas. Dijo que ya había demasiadas serpientes emplumadas en Chichén Itzá y en la misma Mayapán, y que ahora deseaba honrar a sus amados mayas. De todos modos, las grandes pirámides de ambas ciudades portan su nombre, así como nuestros templos redondos construidos por él.

Hunac Kel se mostraba especialmente admirado de la gran muralla que rodeaba a Mayapán.

–Kukulcán siempre se empeñó en proteger a la ciudad de posibles ataques enemigos –le explicó Tigre de la Luna –e hizo levantar la muralla de piedra seca con nueve entradas en honor de los nueve dioses regentes de los infiernos mayas.

–Pero en realidad se trata de dos murallas distintas–observó Hunac Kel– puesto que, paralela a la primera, se levanta una segunda…

–Y es que el Serpiente Emplumada pensó en todos los detalles: a lo largo del borde exterior de la muralla mando construir un parapeto, que de hecho es otra muralla, que duplica la seguridad de Mayapán, haciendo imposible un asalto.

A Hunac Kel se le había despertado un nuevo interés por Mayapan, la ciudad que quedaba bajo su mando, y deseaba saberlo todo.

–¿Y los cuatro templos redondos? Creo que son únicos en la arquitectura de nuestros pueblos. En cambio, la pirámide de Kukulcán, con ser similar a la de Chichén Itzá, es mucho menos imponente.

–Bueno, Hunac Kel –suspiró Tigre de la Luna–. No se puede tener todo en esta vida… La verdad es que la nuestra está hecha a menor escala. Sin embargo, la primera pirámide que se construyó en Chichén Itzá en los viejos tiempos era del mismo tamaño, o más pequeña, que la nuestra; más tarde construyeron una segunda, enorme, encima de la primera, que es la que conocemos y admiramos. Dentro, cubierta por la nueva, quedó la primera.

Hunac Kel se manifestó sorprendido:

–De eso nada me reveló Chac Xib Chac, a pesar de que me explicó muchas otras cosas sobre la Gran Pirámide –dijo el rey.

–Te lo ocultó porque no le interesaba, por alguna razón, que supieses los muchos secretos que guarda el venerable edificio. Sólo te permitió ver el Tigre con ojos de jade.

Durante su caminata, se detuvieron ante un número de estelas atestadas de símbolos incomprensibles:

–Estas piedras grabadas ocultan el verdadero rostro de nuestra raza –dijo Tigre de la Luna–, que ni siquiera nosotros conocemos; sólo unos cuantos iniciados en la ciencia de los jeroglíficos entienden lo que ahí está escrito. Ellos saben cuándo comenzó y cuándo acabará el mundo, pero no comparten su conocimiento con nadie que no sea de su cerrado círculo. Habitan las chozas de los límites con la selva y son duros de pelar.

Hunac Kel se mostró intrigado:

–Pero tú eres sabio como ellos, viejo, y algo te han de haber revelado sobre el destino del mundo.

–Lo mío es el estudio de la historia de mi raza, las cuestiones religiosas y la mitología. Te puedo ilustrar sobre el panteón maya y aconsejar al pueblo acerca del bien y el mal. No olvides que soy un chilam y poseo la virtud de comunicarme con los dioses, pero nunca me sedujeron, de lo que estoy arrepentido, el estudio de los jeroglíficos y las cuestiones astronómicas. En cambio, ellos han consagrado su vida a ese exclusivo propósito.

–Pero algo te habrán dicho, viejo –insistía Hunac Kel.

–Yo he conversado con algunos miembros del círculo, pero cuando les he tocado el punto, interrumpen la conversación pretextando algún importuno y se marchan sin despedirse. Tampoco podemos obligarlos a hablar pues son hombres libres y muy respetados, acaso descendientes de los que inscribieron los misteriosos signos en las estelas y en los códices viejos.

Lo dicho por su maestro acicateó la curiosidad de Hunac Kel:

–Quiero conocerlos, viejo –le dijo–. Quiero conversar con ellos sobre los jeroglíficos y las cuestiones astronómicas.

Pero Tigre de la Luna no lo consideró prudente:

–No ahora, Hunac Kel –le explicó–, no es el momento. Dejemos correr el tiempo y yo mismo me encargaré de conducirte a sus chozas. En cambio, no estaría de más visitar a los músicos, que son muy festejados por nuestro pueblo, pero poco comprendidos.

Hunac Kel lo miró extrañado:

–¿Por qué dices eso? –le preguntó–. Todos amamos a nuestros músicos. Son muy requeridos en las grandes fiestas de los señores y en las ceremonias consagradas a los dioses…

Tigre de la Luna se introdujo en la boca un trozo de goma de mascar:

–Los músicos sólo sirven para solazarnos–contestó, mientras masticaba el aromático chicle–. Son un entretenimiento y nada más. En las borracheras de los señores no les dan un momento de reposo y a los cantores los obligan a repetir mil veces alguna de sus melodías predilectas. En cambio, en las bodas y en los bautizos, las familias se la pasan tomando y parloteando, sin prestarles la menor atención.

–Espera, viejo –lo interrumpió Hunac Kel–. ¿Pues para que son los músicos si no para animar los saraos y la convivencia social? Su obligación es tocar y cantar para solazar al pueblo…

–Sin embargo, siquiera por caridad –dijo Tigre de la Luna–, ¿alguna familia los invita a casa para ofrecerles un poco de comida? ¿Algún ricacho les regala unas ropas viejas o, de perdido, un par de sandalias de cuero? No hay tal; en cuanto se acaba la fiesta los damos al olvido. Y eso que muchos de ellos son artistas notables.

En silencio se dirigieron a un pequeño caserío próximo a un cenote. Detrás de la tupida maleza, veíanse las casas que eran humildes pero limpias. De alguna manera los músicos y los cantores ya sabían de la visita del rey, y salieron de sus viviendas muy ufanos, vestidos con sus ropas sencillas, para saludarlos. Tigre de la Luna, que parecía conocerlos a todos, los llamó por sus nombres y los presentó con el gran jefe.

–He aquí a los más distinguidos músicos de Mayapán –dijo–. No sólo dominan a la perfección sus instrumentos, sino que los construyen y los templan hasta dar con el mejor sonido. Se inspiran en el canto de los pájaros y nos hacen felices con sus melodías –se volteó y le señaló a los trompetistas–. Estos señores son Nayal y su hijo Nachí Uc: tocan con igual maestría la trompeta de madera que la de hueso y, a su tiempo, nos hacen vibrar con los aires bélicos –luego se dirigió hacia Tec Pakal–. Míralo, Hunac Kel, aunque ya gastado por la edad, todavía sopla la flauta a maravilla y nadie le iguala en virtuosismo.

Luego se detuvieron ante un trío de instrumentistas:

–Ah Bolón y Ah Mazún tocan con igual facilidad las chirimías y los cascabeles, y este joven de cabellos largos que aquí ves, es Nachí Cupul, que sopla el caracol con el aliento de sus diez y seis años; nos será muy útil en tiempos de guerra pues el sonido del caracol alcanza grandes distancias cuando lo sopla un joven como Cupul.

Prosiguieron caminando y Tigre de la Luna le presentó a Hunac Kel a otros músicos.

–Los hermanos Och son los sonajeros del grupo, y Ah Chel y Naun Uicab no tienen rival a la hora de percutir los tunkules

Hunac Kel estaba admirado:

–¡Ea, señores del tunkul! –los saludó ruidosamente–. A vosotros os he escuchado muchas veces, y debo confesar que el tunkul es mi instrumento favorito. De niño soñaba con ser percusor del tunkul pero el tiempo pasó demasiado rápido y de pronto me llegó la juventud y ahora el gobierno de mi ciudad. Pero os envidio, maestros, por lo bien que tocáis…

–Todavía estás a tiempo, señor–dijo Ah Chel ante la revelación de Hunac Kel–. Si quieres, nosotros podemos enseñarte los ritmos del tunkul

–Os agradezco vuestra buena voluntad, pero lo mío son las armas. Por cierto, os felicito por vuestra excelente ejecución en mi entronización… Todos lo hicieron de maravilla.

–Excepto yo, señor –irrumpió el trompetista Nayal Uc, un tanto apenado–. Mi actuación no fue en ningún modo excelente pues por mi culpa, al errar en un toque de trompeta, hubo de repetirse una parte del ceremonial…

–Mi maestro, Tigre de la Luna –dijo el rey mirando de soslayo al viejo–, es muy estricto en la etiqueta de los ceremoniales; su oído es tan fino que puede captar el sonido del vuelo de una mosca y claro, cómo no iba a percatarse del trompetazo…

Tigre de la Luna, que entendió la ironía de su patrón, defendió la decisión que había tomado en el ritual:

–Querido señor–replicó–, si yo no cuido del protocolo de la ceremonia de la toma de posesión del rey ¿quién lo hará? A nuestros abuelos les gustaban los rituales inmaculados y yo no iba a ser la excepción. Nuestra gloria como mayas descansa, en gran parte, en el respeto a los protocolos y aun en los detalles de esos protocolos. Todo debe ser noble y armonioso, y nada ha de omitirse para lograr la perfección. Si Nayal Uc hubiese dado esa nota falsa en los tiempos de los viejos sacerdotes, otra habría sido su suerte y lo hubieran mandado lapidar. Por lo menos lo habrían castigado con una azotaína.

Hunac Kel comprendió que su tutor tenía la razón y que los responsables de los protocolos no se andaban con juegos y exigían la excelencia en los rituales fúnebres, en las bodas, en la ceremonia del entronizamiento de los reyes y aun en los ostentosos ritos de sacrificios ante los dioses. Ni modo: eran tradiciones que se remontaban al primer imperio maya y que se conservaban en toda su pureza para orgullo de esta raza de gigantes que ya escribía por mano de los escribas de sus dioses– una historia que sería la admiración del mundo.

El sol caía a plomo sobre las cabezas del rey y sus acompañantes. Tigre de la Luna se percató de que era el mediodía y le recordó a Hunac Kel que otros asuntos reclamaban su presencia en el palacio y que debían marcharse. Ah Chel suplicó a sus invitados entrar en su casa para echar un vistazo a su colección de tunkules y beber una jícara de pozole fresco. Prometió no distraerlos más de unos minutos de sus obligaciones. Dentro de la pobre y recién barrida choza de Ah Chel saludaron a la esposa del percusionista, dama de mediana edad, a los hijos de la pareja y a los nietos, uno recién nacido prendido del pecho de su madre. Veíanse al fondo un número de tunkules, suerte de grandes tambores de forma semicircular, con las dos bocas cubiertas de piel de venado.

–¿Qué te parecen, amado rey? –preguntó Ah Chel con un dejo de orgullo.

–¡Bellísimos! –dijo Hunac Kel–. ¿Tú mismo los fabricaste?

–Sí, los hacemos nosotros mismos. Para ello empleamos un tronco hueco de buena madera como el zapote –les explicó Ah Chel–, pero también usamos otras maderas; en ocasiones los labramos con efigies animales para darles mayor belleza. Observa que los lados poseen dos aberturas verticales y una horizontal con el fin de lograr mejor sonido. Cuando los tocamos, si sopla un viento favorable, pueden ser escuchados a dos leguas de distancia.

Hunac Kel estaba admirado con explicación:

–En verdad nada sirve ser rey si ignoramos estas maravillas.

–Este –dijo Ah Chel tomando uno del suelo– es de madera de zapote. Los de más allá, de madera jabín, un árbol de la región.

Había otros, con parte inferior abierta, que se tocaban con unos mazos que remataban en bolas de caucho. Había más tunkules en casa, pero Hunac Kel se prendó del primero:

–Este es grande y pesado y la belleza de las figuras animales labradas en la madera no se puede negar –comentó el rey acariciando instrumento; luego con sus dedos tamborileó en la tensa superficie de cuero–. ¿Se toca con los mazos o sólo con las palmas de las manos? –preguntó.

–Para éste, señor, no son necesarios los mazos. Con las palmas de las manos basta.

Hunac Kel palmoteó un buen rato la afelpada superficie del tunkul, gozándose de su limpio sonido, mientras Ah Chel le explicaba los trucos del oficio. Asentó el instrumento y percutió el de los mazos, que producía ecos más profundos, hasta que Tigre de la Luna le hizo ver que se hacía tarde. Antes de retirarse, Hunac Kel reparó en un tambor grande y cilíndrico que yacía en un rincón de la casa.

El rey señaló el instrumento, al parecer abandonado: –¿Y aquél en el rincón? –preguntó– ¿Qué clase de tunkul es, Ah Chel?

–No es un tunkul, aunque lo parece –dijo el otro–. Es un zacatán, tambor más voluminoso que el tunkul, que sirve para la guerra. No lo hemos usado en años. Los tunkules suenan diferente, señor –continuó Ah Chel su explicación–. Algunos poseen un eco lúgubre propio de las ceremonias mortuorias; otros suenan agudos y penetrantes. El son del zacatán nos exhorta al combate.

El rey se retiró pasado el mediodía. Ah Chel, distraído en explicarle a su señor el arte de las percusiones, se había olvidado por completo del pozole fresco prometido a sus convidados. Hunac Kel, embelesado con aquellos instrumentos que desde niño lo habían apasionado, también se olvidó del pozole, hasta ahora, en que, junto con su tutor, regresaban a toda prisa al palacio.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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