Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – IX

By on mayo 13, 2021

III

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En cuanto se supo que Hunac Kel participaría en la ceremonia del Lenguaje de Zuyua, Mayapán no pensó en otra cosa que festejar, porque si algo chiflaba a los mayas era festejar; las bodas de los acaudalados, el nacimiento o el bautizo de un vástago, los triunfos en la guerra, las hazañas de un héroe, la exaltación de los dioses, que eran legión, o la ascensión de un rey al trono de la ciudad, constituían motivo de enormes banquetes con sus respectivas papalinas. Los ricos del pueblo disputaban por costear los convites, y lo hacían en grande, pues abundaba el licor llamado balché, la comida, el baile y el canto, y los juegos para chicos y grandes. Ahora celebraban porque estaban seguros de que Hunac Kel saldría victorioso del duro cuestionario propio del Lenguaje de Zuyua, que le impondría el Preguntador.

–Veréis que responderá a todas las preguntas –se decía en el pueblo– y no fallará ninguna. No de balde estudia bajo la tutela de Tigre de la Luna y sus sacerdotes. Todos son sabios y no enseñan sino sabiduría.

Tigre de la Luna le hizo saber al segundo del Kaat Naat que su pupilo estaba listo para la prueba:

–Está bien, señor –contestó el otro–. Como sabes, tu pupilo no es el único postulante: hay otros que aspiran a regir en sus pueblos y debemos tomarlos en cuenta. Me reuniré con el Kaat Naat y el consejo de ancianos para escoger la fecha idónea para el ritual.

–Nosotros estamos listos–. Tigre de la Luna dio por terminada la entrevista–. Ahora todo depende de vosotros. Saludos y bendiciones al señor Kaat Naat. Aguardaremos, impacientes, vuestras noticias.

Todavía tuvieron que esperar un tiempo los postulantes: los negocios públicos se manejaban con prudente cautela entre los notables de la ciudad. Además, los muchos años que traía encima el Kaat Naat no facilitaban las cosas. Una mañana les llegó el añorado aviso: en un mes se presentarían en la plaza de Mayapán los aspirantes a reinar en sus tierras. Habrían de vestir con ropas elegantes y llegarían acompañados de sus padrinos. El ceremonial comenzaría a las siete de la mañana y duraría todo el día; al Preguntador le aguardaba una agotadora jornada.

–Estoy acostumbrado a estas largas jornadas de los rituales sagrados –alardeaba ante quienes le preguntaban si, a su edad, soportaría tan desgastante esfuerzo– y no me importa si tengo que atender a uno o a mil aspirantes, pues me tomaré mi tiempo para interrogarlos a todos; tampoco les haré fácil su participación: tendrán que sudar sangre para adivinar mis acertijos y, si no lo consiguen, que se despidan de sus sueños de gloria y se dediquen a otros menesteres.

Apenas eran las cuatro de la mañana cuando la plaza pública de Mayapán desbordaba ya de gentes de toda laya, desde los acicalados miembros de la nobleza, y ricachones muy dados a presumir de sus fortunas, hasta airosos capitanes a guerra y sacerdotes de impolutos sayos de ceremonia. Pero el grueso de la muchedumbre lo conformaban los curiosos, muchos venidos de lejanas tierras, los desharrapados winicoob y decenas de mercaderes de comida y de balché. La presencia de los winicoob estaba prohibida en estas ceremonias, pero habían sido admitidos excepcionalmente por petición expresa de Hunac Kel al consejo de ancianos.

Los aspirantes no fueron tantos como se esperaba: unos doce si acaso, todos acompañados de sus familiares y de sus padrinos. Con alguna excepción, eran hombres jóvenes trajeados con esplendidez y con hermosos tocados que daban mucho qué hablar entre la concurrencia, principalmente entre las muchachas que se hicieron presentes para admirar la gallardía de los viriles participantes. Tigre de la Luna había puesto especial cuidado en que Hunac Kel luciera con propiedad las bragas ribeteadas de oro, las doradas sandalias, la capa de tafetán con cuadros de color verde, el color preferido por la realeza, finamente bordada por manos femeninas y el llamativo penacho de plumas de guacamaya; el padrino había insistido en las de quetzal, pero Hunac Kel se negó diciendo: «No, maestro querido, no hasta que sea rey de Mayapán.»

Era aquello un desfile de finos atuendos masculinos, algo que el pueblo no se podía perder: la plaza concentraba a los futuros reyes de la región, los hombres que tendrían a su cargo la responsabilidad de gobernar con sabiduría en los próximos años pero, al propio tiempo, de guiar con firmeza a su pueblo a la victoria si se diese una guerra.

Como era habitual en él, el Preguntador se presentó tarde a la ceremonia. Llegó escoltado de su peregrino séquito de ancianos que arrastraban los pies y caminaban con harta dificultad. Sin siquiera disculparse por la tardanza, el hombrecillo se sentó en el tosco trono de piedra que se le había colocado exprofeso debajo de una ceiba. Vestía aparatosamente: su tocado le resultó tan molesto que hubo de zafárselo para la práctica del ritual; pesada capa era la piel de un jaguar, sus sandalias lucían por el oro de sus bordaduras. Su rostro esbozaba una sonrisilla entre cínica y burlesca que nunca desapareció de su rostro. Ofreció algunas explicaciones relativas al ritual: su significación, su antigüedad, el hecho de que sólo estaba consagrado a personas de la realeza. Por último, habló de la naturaleza de las preguntas que dirigiría a los participantes:

–Pueden referirse a los dioses– enfocó su discurso a los jóvenes, o a hechos de nuestra gloriosa historia–. No sé, tal vez me decida por plantearos adivinanzas o acertijos, y hasta alguna cuestión en chunga. Yo haré las preguntas y vosotros responderéis. Espero que vuestros padrinos os hayan adoctrinado adecuadamente. Ellos son tan responsables como vosotros de que salgáis triunfantes o vencidos de la prueba. Ahora bien, dicho esto, es mi deber advertiros de nuevo que nuestro ceremonial es solamente para aquellos que poseen sangre real en sus venas y no para nadie más. Si alguno de vosotros no atañe a la realeza y pretende engañarme asumiendo una genealogía que no le corresponde, lo pillaré en su mentira y lo haré azotar sin piedad, aquí mismo en la plaza, ante el pueblo. No sé, quizá hasta lo mande sacrificar… Por lo que toca a vosotros, winicoob, que habéis sido admitidos entre el público gracias a la deferencia del joven Hunac Kel, no tengo que repetir que sois negados a cualquier aspiración que abriguéis de gobernar así fuere una aldea de vagabundos; vuestra condición de parias os lo veda.

Unos jóvenes, después de mirarse las caras y palidecer, se retiraron discretamente del certamen, pero permanecieron entre el público como simples espectadores. Entonces uno de los ancianos se aproximó al Kaat Naat y algo le dijo al oído. El Preguntador movió la cabeza afirmativamente y comenzó a llamar a los participantes. A Hunac–Kel le correspondió abrir la competencia:

–Que los dioses te sean benignos, gran señor – dijo el joven, inclinando la cabeza en señal de respeto.

–Los dioses siempre me son benignos, joven Hunac Kel– respondió el viejo, desplegando su sonrisa burlesca–. Ahora tú los necesitas más que yo, porque voy a disparar mis preguntas como flechas hacia tu corazón y no sé si las entenderás y serás lo suficientemente listo para contestarlas con precisión, pues de ello depende que reines en tu ciudad. Dentro de este diálogo de alegorías regálame tu entendimiento, y contestando con sabiduría comprenderé si conoces o no de tu linaje y de los señores de quienes desciendes, y si eres de casta de príncipes y reyes.

El Kaat Naat dio principio al ritual con la antigua pregunta con que siempre iniciaba el cuestionario.

–A ver, hijo mío –habló, sopesando cada palabra–. He aquí el primer enigma que propondré a tu conocimiento: ¿Sabes? Ve y tráeme el sol extendido en un plato; en medio de su corazón estará clavada la lanza del cielo. Sobre el sol ha de hallarse sentado el Gran Tigre, bebiendo su sangre.

El Preguntador había hablado en lenguaje figurado, una suerte de mayéutica confusa difícil de desentrañar, excepto para los iniciados y para los jóvenes de la realeza que habían sido severamente adoctrinados por hombres sabios. Hunac Kel era de ellos, y de inmediato respondió:

–Lo que deseas, Padre, es el sagrado huevo frito; la lanza del cielo, hincada en el corazón del sol, es lo que llamamos «la bendición». El Gran Tigre verde que, agazapado, estará encima del sol bebiendo su sangre, es el chile verde, que de lo picante decimos «que tiene tigre».

–Muy bien, hijo –dijo el Kaat Naat–. Creo que es buena tu respuesta. Ahora tráeme la flor de la noche. ¿Cuál es la flor de la noche?

–La flor de la noche es la estrella del cielo.

–Tráeme, asimismo, lo malo de la noche.

–La luna es lo malo de la noche, Padre.

–Hijo mío: sé que han venido contigo a la plaza tus parientes: uno es un viejo que tiene nueve hijos y la otra es una vieja que tiene nueve hijas. Tráelos por acá para que yo los conozca.

–Padre: el viejo al que te refieres, progenitor de nueve hijos, es el dedo gordo del pie; la vieja es el dedo pulgar de la mano.

–Bueno, hijo: tú lo has dicho y estás en lo cierto. Ve ahora y recoge las piedras de la llanura: júntalas y, apretándolas contra tu pecho, tráelas para acá. Esto harás si eres un Verdadero Hombre, si eres del linaje de los reyes de esta tierra.

–Las piedras de la llanura que acercaré hasta ti, abrazadas contra mi pecho, son las codornices, Padre.

–¿Dónde está tu suegro, hijo mío?

 –Detrás de mí: es la corteza de la calabaza.

–¿Y sabes qué es lo que vendrá, siguiendo tus pasos, a tu regreso?

–Mi sombra, Padre, que estará a mis espaldas, magnificada por el Sol Poniente.

–Hijo, puesto que eres Hombre Verdadero, ve y tráeme aquello que ocupará mi boca y que reposa en la jícara blanca.

–Padre, lo que deseas es el chocolate para tu bebida.

–Ahora, hijo mío, te pediré lo siguiente: quiero la pura sangre de la orina de mi hijo; tráeme también su cabeza, su vientre, su muslo y su mano. Anda, apúrate, que ardo en deseos de verlos.

–La sangre de la orina de tu hijo es el vino maya, el balché; su vientre es la colmena de la miel; su cabeza, la vasija de barro virgen donde se añeja el vino; el muslo que pides es el tronco del árbol llamado balché, de donde brota el vino; la mano es la rama del balché.

El Preguntador parecía no cansarse nunca; hombre ducho en el arte de los artificios verbales, procuraba crear siempre confusión en la mente de su aspirante retorciendo el planteamiento de sus propuestas; lo mismo rebuscaba dentro de su memoria vieja y prodigiosa un acertijo duro de roer, que salía con adivinanzas cuya dificultad impedía al interlocutor dar con la respuesta adecuada. Por momentos el anciano se detenía y hacía señas a alguno de sus sirvientes, viejos como él, que le ofrecía una jícara de pozole fresco para beber; entonces cerraba los ojos por unos segundos y su boca callaba. Dentro del sepulcral silencio que imperaba en la plaza podía escucharse el zumbido de una mosca, el aleteo de un colibrí, que rompían con el suspenso del sacratísimo ritual hecho de palabras engañosas, de imágenes desdibujadas a placer, y de alegorías de maliciosa prosopopeya que acaso no tuvieran ninguna utilidad práctica en la vida común, pero cuyos poderes definieron el entronizamiento de los nuevos soberanos en los tiempos de oro de la raza de bronce.El Kaat Naat calmó su sed con el pozole y continuó con el interrogatorio, ahora preguntando cuestiones religiosas y de otro jaez.

–¿Quién es nuestro viejo profeta, joven Hunac Kel?

–Itzamná, el Rocío del Cielo, quien nos enseñó a amar y a perdonar. Fue hijo de Hunab Kú, el Verdadero Dios, y hoy es una de nuestras deidades mayores.

–¿Y Kukulcán, hijo mío?

–Nuestro segundo profeta, el Serpiente Emplumada: vino de las tierras frías y nos enseñó el valor del corazón del hombre sacrificado y el rito de sangrarnos el cuerpo en honor de los dioses. Fue inflexible y aguerrido. Fundó Mayapán y en Chichén Itzá se levanta un gran templo en su nombre. Durante su estancia entre nosotros se consolidó la adoración por Ek Chuah, deidad de la guerra, y de Ah Puch, el Señor de la Muerte. Un día se marchó a las tierras frías. Prometió retornar y todavía aguardamos su venida. Mudado en dios, mora hoy en la estrella de la mañana.

–Dime qué efigie de bestia fiera se aburre de siglos entre las paredes del templo de Kukulcán.

–Un jaguar con los ojos de jade.

–¿Lo has visto, hijo mío? ¿Conoces a esa gran fiera?

–Lo he visto hace muchos años, Padre, cuando yo era niño; todavía guardo en mi memoria su apariencia feroz y el misterio de sus ojos de jade.

–Aparte del jaguar de los ojos de jade, ¿qué otra visión a la que hayas sido expuesto ha impresionado tu ánimo, joven Hunac Kel?

–La efigie del Señor de la Muerte, cuya visión de un cadáver viviente revelada de golpe en el tiempo de mis tiernos años, provocó en mí vómitos y pesadillas durante muchos años.

–Pero estás hablando de un dios, hijo mío…

–No importa, Padre: todavía me asalta, de tiempo en tiempo, su visión espantosa.

–¿Conoces el significado de los sacrificios humanos en el Cenote Sagrado de Chichén Itzá?

–Los instituyó el Serpiente Emplumada con objeto de que las víctimas arrojadas en sus profundidades tuvieran oportunidad de conversar con los dioses: si regresaban con vida del cenote les revelarían a los sacerdotes el mensaje divino. Pero hasta donde yo sé, Padre, ninguna de las personas arrojadas a sus aguas ha regresado jamás.

–¿Cuál de los dos profetas ha dejado en ti, hijo mío, la impresión más profunda?

–Son diferentes, Padre, pero a ambos los reverencio por igual: Itzamná es la bondad, Kukulcán la guerra y la sangre. Los dos me son necesarios.

–Muy bien, hijo mío. He aquí mi última pregunta: ¿Tendrás los arrestos y la sabiduría para gobernar nuestro gran pueblo de Mayapán? Porque no sólo se trata de tener sangre real en las venas, sino de reinar con firmeza y con prudencia a la vez, ser justo y tolerante, pero si acaso la guerra sobreviniera, has de ser el primero en marchar al frente de tus tropas, listo para vencer o morir. ¿Crees poder consumar todo esto que te pido cuando llegues al trono de Mayapán, hijo mío?

–Todo eso que me pides, Padre, está en mi naturaleza y nada de ello me es ajeno. También mi alma es guerrera: no tengo temor a la muerte: los dioses están conmigo.

–¡Ah, hijo mío! –gritó el Preguntador poniéndose, trabajosamente, de pie–. ¡lgual eres a los Verdaderos Hombres, a los que tienen el poder, pues el poder ya es tuyo! Tiempos de gloria aguardan a Mayapán bajo tu mando, tiempos que yo no atestiguaré pues falta poco para que mis Señores me envíen su señal y me marche del mundo. Mas no importa: el pueblo rezará por ti y te exaltará, y tú cosecharás lauros y consumarás hazañas en la vida. Mañana te haré entrega de tu alfombra, tu trono y tu señorío: son tuyos por derecho propio, porque tus respuestas a mis acertijos fueron sabias. Ya eres bendito de nuestros profetas, que hoy son dioses y viven en los astros.

La gente se arremolinó en torno de Hunac Kel y su padrino Tigre de la Luna. Todos querían abrazarlos y hablarles con las palabras halagadoras que tan dulces suenan a los oídos de los vencedores.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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