Historia del Héroe y el Demonio del Noveno Infierno – IV

By on abril 8, 2021

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Cuando Barbas de Ardilla supo de la proximidad de su muerte, acudió a uno de los templos redondos de la ciudad y, ante los ídolos del Rocío del Cielo у del Serpiente Emplumada, reflexionó y oró toda la mañana. Por la tarde visitó a Tigre de la Luna:

–No moriré del todo –le confió– sino que tomaré mi lugar en La Casa Alta con los otros grandes Señores.

–En realidad –dijo Tigre de la Luna–, no tienes por qué morir puesto que no estás enfermo ni padeces angustias ni dolores, pero has recibido desde arriba el llamado divino y debes obedecer a Hunab Kú, el Verdadero Dios.

–Es cierto –dijo Barbas de Ardilla–, pero antes de marcharme he de hacer levantar la gran escalera de La Casa Alta de los Señores y dejarle mis recomendaciones a mi hijo Hunac Kel.

Un ejército de albañiles se dio a la tarea de construir la escalera de piedra de La Casa Alta mientras Barbas de Ardilla recorría todos los pueblos, en su jornada de despedida. Ya la gente sabía que se marchaba para siempre y todos lloraban por su partida y le agradecían su humildad y su generosidad: «¡Ay, señor! –le decían–¡Eres el último de los reyes buenos! Ya no habrá más.» Con Barbas de Ardilla había regresado a Mayapán el imperio de la ley y de la justicia y fueron tiempos de gloria. Ya lo tenían como Padre y por todas partes se reverenciaba su nombre. En Chichen Itzá, el rey Chac Xib Chac mandaba echar incienso y sacrificaba dos jaguares gordos y diez venados de cola blanca cada vez que el iluminado visitaba La Ciudad de los Brujos del Agua.

Al regresar de su última jornada, Barbas de Ardilla se sintió contento de observar que la gran escalera de La Casa Alta ya estaba terminada. Sin embargo, no se veía La Casa Alta, pues estaba como oculta entre blancas y espesas nubes.

–Nosotros sólo vemos la escalera de piedra –decían los del pueblo– pero La Casa Alta está allá, oculta, y sólo puede ser vista por nuestro rey. Son cosas de los dioses.

Cuando llegó la hora de despedirse, Barbas de Ardilla caminó y abrazó a los jefes de los pueblos y a los winicoob. Lo hizo con infinita tristeza, pero cuando se despidió del pequeño Hunac Kel, rompió en llanto:

–¡Oh, hijo mío! Yo me voy de esta vida porque así lo dispone Hunab Kú, el Verdadero Dios. He cumplido mi misión y estoy contento en mi corazón, pero siempre es triste despedirse. Mis días sobre la tierra han terminado y estoy listo para encontrarme con mi Señor Hunab Kú. Cuando esté maduro el tiempo, gobernarás Mayapán con sabiduría. Ya has recibido mis recomendaciones que cumplirás por la gloria de tu pueblo

Luego se despidió de Tigre de la Luna, que también lloraba:

–Tú gobernarás a Mayapán hasta que el pequeño Hunac Kel alcance la edad de reinar.

Enseguida ascendió la escalera de piedra y ya no lo vieron más. Se ha dicho que se sentó en su estera blanca en La Casa de Arriba, oculta entre las nubes, entre los Trece Señores llenos de Majestad. No fue enterrado, ni su cuerpo fue quemado por los sacerdotes como es costumbre. Sólo se le vio caminar por la escalera de piedra y no se supo qué ocurrió porque desapareció dentro del viento. Todo esto lo escribió Tigre de la Luna en sus libros, para dejar constancia del último milagro del tiempo del rey Ah Me’ex Cuc, el de las Barbas de Ardilla.

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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