Historia de un lunes – XXVI

By on julio 30, 2020

XXVI

NOSTÁLGICO TRAYECTO TABERNERO DEL CENTRO DE MÉRIDA.

Con la redacción de estas líneas no me propongo enriquecer la nómina de cantinas integradas por mi imborrable amigo Alberto Cervera Espejo en su curioso tomito Las Cantinas de Mérida. El presente trabajo lo realizo a modo de diversión (for fun, dirían nuestros vecinos los yanquis) y es de hecho un ejercicio de recordación de varios de esos sitios que alcancé a frecuentar a partir de los años cincuenta (años inaugurales de mis libaciones). En ellos disfruté la cerveza helada del mediodía y las botanas imperecederas. Me atengo, por lo menos en estas iniciales evocaciones, a las cantinas del centro de la ciudad, hoy casi todas difuntas, al igual que sus dueños o encargados.

Memoro sobre la calle 62 (entre la 59 y la 61) al Bar Reforma que tuvo varios administradores. En los buenos tiempos uno de ellos, don Albino Medina (+), gozó de cuantiosa clientela atraída especialmente por el llamado de surtidas botanas. Recuerdo que una de las paredes del local ostentaba un inmenso mural de una escena taurina donde podía admirarse a una chica (in puris naturalibus) confrontando al astado. Marchando hacia la plaza, por la derecha, se hallaba un bar célebre de su tiempo: el Palacito, sitio que por las noches se tornaba restaurante. Su propietario, Eugenio (Uxo) Fernández (+), conocía el negocio al dedillo y fue el primero, hasta donde recuerdo, que se atrevió a servir a sus parroquianos los famosos tanques, que eran inmensas copas de grueso cristal en las que cabían por lo menos dos cervezas y media. Su precio entonces, (fin de los cincuenta), 60 centavos. Entre el elenco de meseros descollaba un Felipe (o jelipe) de legendaria flema; los parroquianos desesperaban ante la cachaza del camarero y lo denostaban con vasta impunidad. Creo que Felipe (si vive) conserva en el arcón de sus recuerdos un rico repertorio de mentadas de madre. A ese lugar (como todas las cantinas de la ciudad) acudían infinitos mercachifles que vendían fayuca al buen precio de aquellos días (había uno, Montañez, sólido y contumaz, apodado “la gringa”, cuyos puños demolieron a no pocos gandules que se quisieron propasar con él), merengues, pasta de guayaba (uno de estos vendedores se reía, según él, con el sol), kibis, ropa y hasta toques eléctricos que emitía un peregrino artefacto hastiado de cables. Con el tiempo, el Palacito corrió destinos ajenos al ajenjo; luego lo adquiriría un exboxeador, Víctor Manuel Quijano (+), quien instituyó el restaurante Mérida que todavía existe (1). Casi confrontando al Palacito, se hallaba el Salón Cerveza Boston (calle 62 No. 500), de un señor Ventura y de su hijo. El Boston era cenáculo de gente antigua, mustia y taciturna que se gastaba las horas alrededor de un solitario vaso de cerveza de barril, urdiendo los aburridos hilos de alguna fatigosa conversación. Las botanas consistían en aceitunas y charritos, pero solían obsequiar a sus patriarcales clientes con platos de aquellos sabrosos charalitos. El aspecto del lugar –para desmentir el primitivo espíritu de sus huéspedes– era lúgubre y con olor a humedad; viejas y agobiadas mesas de madera y un techo al que le perduraban sus notables vigas coloniales, contemplaban la mise in scene de ese sitio. Apostado en la puerta, memoro a un taquero que gustaba de emplear su vitrina a modo de timbal con el consiguiente desagrado de los añosos parroquianos que cordialmente preferían el silencio.

Adjunto al Salón Cerveza Boston (hoy también difunto) ubicaba el bar El Regalo, que contaba con una pieza con clima artificial, húmeda y rebosante de cucarachas. En la primera habitación presidía la barra, siempre limpia y atendida por gente sumamente correcta. El Regalo fue deglutido por el progreso: hoy existe una tienda en ese lugar. Ahí conocí por los años sesenta, como simple mesero, al “lobo” Rubén Soberanis, con el tiempo encargado del bar La Unión en el Parque Hidalgo. El “lobo” ha fenecido recientemente.

Próximo a El Regalo (ubicado puntualmente en el cruzamiento de las calles 61 y 62) alentaba el Beto’s Bar, cantina de segunda clase siempre colmada de trovadores que por dos pesos duros ofrecían un recital de un repertorio que jefaturaba Domingo Casanova. Hasta ahí iba el Kanxoc Novelo con su guitarra hawaiana que alguna vez tocó para mi soledad (ya lo he dicho) una antigua pieza de cantina. También en el Beto’s sostuve largas y cultivadas conversaciones con el maestro Emilio Puerto Molina, cuyos tragos eran dobles de ron: hablábamos de Mozart y Beethoven y del orgásmico liebestod de Tristán e Isolda, y también de la pintura moderna. Creo que adjunto al Beto’s Bar había otra taberna, de malas fachas, cuyo nombre lamento ignorar.

Prosiguiendo por el Oriente, hacia el cruzamiento de las calles 61 y 60, se encontraba el Bar Palacio, que fue también propiedad de Uxo Fernández y de su padre. Era una taberna popular y ruidosa ahíta de taxistas, estudiantes sin libros y maestros de banquillo. Las botanas y los camareros, triviales. Hoy en ese lugar, hay un parvo y desmirriado restaurante de precios nada modestos (2). Para continuar, podríamos evadir un poco nuestro derrotero y reconocer tres antiguas cantinas vecinas del Parque Hidalgo: el Gran Hotel en los tiempos del Porfiriato (cuando lo visitaron los censores británicos Channing Arnold y Tabor Frost) y comienzos de la Revolución, es justo recordar los tiempos de Milo Ongay quien, con la magia de botanas especiales aderezadas al momento, logró cautivar a una generosa clientela después de una dilatada racha de malos ambientes y malos encargados (3). Después el lugar se tornó a su triste destino y hoy solo hay en ese sitio una farmacia para el turismo (4). La Unión poseyó también infinitos administradores, desde aquel don Manuelito (que hizo famoso Marco Almazán en sus páginas de humor) hasta el ya supracitado “lobo” Soberanis. Alguna vez fue cenáculo de gente gay, de vendedores de bolita y turistas despistados. Por último, he hablado de una cantina en los altos de la Unión que sólo prestaba servicio los sábados a mediodía. Su propietario era un don Chucho, chilango gentil ya fallecido (5), que le tenía afecto a los yucatecos. Su cantina (en la que consagraba chicharrones y buche de cerdo a su clientela) la frecuentaban por lo general estudiantes o jóvenes profesionistas. No había sitio para old timers en ese lugar.

Regresemos a nuestra ruta; por las calles 60 y 63 estaba el Salón Bach, de Ricardo Fernández (creo que el mismo a quien alude Alberto Cervera Espejo en su libro de las cantinas), a quien casi no conocí. Sobre la 60, muy cerca de la 65, se encontraba la coctelería del Mecho (que luego se mudó al cruce de las calles 62 y 63) y otro bar porfiriano y suntuoso que todavía sustentaba asientos acojinados y espejos como en los pubs europeos. Exornaba su elegante barra un espléndido muestrario de bebidas nacionales e importadas. Lamento no recordar el nombre. Volviendo sobre la 63 estaban los bares El Gallito y el Carta Clara, esta última del señor Mimenza. Eran cantinas de segunda, más bien cervecerías con pésimas botanas. En el cruce de las calles 62 y 65 nos topamos de pronto con una de las contadas cantinas que aún respiran en el centro de Mérida; el Bar Bufete que hará unos veinte años era de Valencia. Desde remotos tiempos el Bufete ha sido, aparte de su clientela accidental, punto de reunión de profesionistas e intelectuales. Por ejemplo, ahí se congregaban con asombrosa puntualidad, Alberto Cervera Espejo, Rubén D. Vázquez, Orlando Menéndez Díaz, Clemente López Trujillo, Luis Bassó Dondé y Mario Zavala Velázquez. De todo ellos, solo sobrevive el último (6), asiduo parroquiano de esa cantina (que también frecuenta nuestro amigo Johnny McPherson).

Caminando hacia la calle 63 (y la 62) había un par de cantinas de las que solo una queda: el bar Aladino, donde sirven unos caldos de camarón picantísimos y pescado frito (7). Sobre la 62 (entre la 63 y la 61), donde ubica el Palacio Municipal de Mérida, no existe ya ninguna cantina, pero hubo alguna vez dos al mismo tiempo: el salón Versalles, de Bucho Molina (+), halfbrother de Chemas Molina (+), y el Bar Siboney de un señor Quijano (+), ultimado con una inusual barbarie por unos parroquianos borrachos. El Siboney desapareció con la inexcusable demolición del Edificio Olimpo en tiempos de Loret de Mola. Los dos bares eran sitios preferidos de los intelectuales y de algunos profesores: ahí recuerdo al poeta Ramón Mendoza Medina (esgrimiendo un reflexivo báculo en medio de prolongadas discusiones), al profesor Amílcar Piña Mendoza (recitador de picarescos versos), a don Arturo Abreu Gómez (a quien muchos le deben su cultura porque nunca le pagaron sus libros que le compraron), así como a Carlos Peniche Barrera (remember Los Pinitos), Pedro Rosado Acereto, etc. Quiero epilogar esta sucinta relación de las más céntricas cantinas de la ciudad, este cortejo de sombras y recuerdos, con la mención (sobre la calle 61 por 62) de la Giralda (alguna vez de Enrique Blanco, chófer del poeta Humberto Lara y Lara) y Los Calamares (predio vecino de los billares). De las dos sólo resalta la última, donde sirven helada cerveza, coco-fizz y caldos de camarón.

(1) Hoy funciona en ese lugar un “Chicken Express”

(2) Ese lugar ha corrido diversas suertes y ha fracasado. En la actualidad no alienta en él ningún negocio.

(3) Retirado varios años, el señor Ongay ha vuelto al negocio de la cantina en el barrio del Chembech el “Bar Milo”.

(4) Donde estuvo el bar del Gran Hotel ubica hoy (1993) un negocio de pizzas.

(5) He sido informado que, venturosamente, don Chucho no ha muerto. No vive en Yucatán, pero se le ha visto alguna vez de visita por acá.

(6) Mario Zavala también ha fallecido hace algún tiempo.

(7) El bar Aladino ha cerrado sus puertas hace algunos años. Establecimientos de otro orden han tomado su sitio.

(Octubre de 1987)

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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