Historia de un lunes – XXIII

By on julio 9, 2020

XXIII

UN RECUERDO DEL MAESTRO ESPARCIANO

Por el bar Ricardo’s andaba. En cuanto salía del periódico, al promediar el día, sus pasos lo conducían al Ricardo’s. Apretados bajo sus brazos los periódicos, las revistas políticas, los suplementos literarios, y razonable sin duda a los libreros del viejo del mercado. Y eso era caminar, bajo el sol abrazante del mediodía meridano, hasta la madrugada de los intelectuales yucatecos de entonces (los años setenta). Se instalaba, complacidamente solo, en un rincón de la barra y arrancaba bebiéndose impíamente una caja –veinticinco botellas– de negra cerveza yucateca. Y a veces, de cuando en cuando, ¿por qué no?, algún cambio: el tránsito de la cerveza a algún ron fuerte, de preferencia Bacardí añejo, o algo por el estilo, y luego partir del bar hablando consigo mismo. El cuento de todos los días: el maestro Esparciano, jefe de la primera plana de “Planeta”, en su inquebrantable visita al bar Ricardo’s (hasta los domingos) para tomarse su cotidiana ración, su cuota establecida de espesa cerveza yucateca.

Me lo encontraba con frecuencia en el Ricardo’s, por el invierno o por el verano, a veces hablando consigo mismo. Se enredaba en una suerte de trabalenguas que sólo él entendía, pero en aquel menjunje de palabras estaba siempre presente lo mejor de su gracia y de su ingenio.

El saludo de costumbre:

–Maestro Esparciano… ¿Cómo está usted?

–Pues aquí –me respondía–, tratando de emborracharme.

¡Y vaya si lo lograba! Una víspera de Navidad bebió, además de su acostumbrada ración de cerveza negra, una tremenda cantidad de tequila, y salió de la cantina a hombros de los meseros, que apresuradamente le llamaron un taxi y lo enviaron, vomitada la guayabana y meados los pantalones, derechito a casa. A sus setenta años y pico le vivían su padre y su madre. Un día el padre se le murió –ya ancianísimo– y sólo le quedó la madre, a quien adoró con veneración y a la que antecedió linda dama que, según dicen por aquí los profetas de café y los exégetas de cantina, “le salió mala y le puso los cuernos del tamaño de la catedral”. Decepcionado, se separó de ella y se fue a vivir a los Estados Unidos, donde estudió y trabajó, y aprendió un inglés hardvardiano del que jamás presumió. Luego le dio por el periodismo y por la bibliofilia y, naturalmente, por la buena copa. En Norteamérica había tomado moonshine y otros whiskies destilados ultra-secretamente durante los años mustios de la prohibición que le tocaron vivir en aquel país. Ahí también conoció el ale y el Ballantine’s y todas esas buenas cervezas norteamericanas. Ahí se hizo borracho.

Cuando regresó a Yucatán, estaba bien curado de la infidelidad de su mujer y enseguida planeó meticulosamente conocer todas las tabernas de la ciudad. Después de mucho andar, se decidió por una sola: el regional visitado también por ex-gobernantes y etilistas distinguidos. Ahí, en un rincón de la barra del Ricardo’s bar, el maestro Esparciano vio pasar la vida sin hacerle mucho caso, y las botellas de cerveza se fueron acumulando sin medida sobre aquel pedazo de barra de cantina que le pertenecía. No se preocupó nunca de contar los minutos y las horas, y mucho menos los meses y los días. En su rincón tabernero jamás se permitió la presencia de un rincón y los únicos números de que tuvo conocimiento fueron los de sus cuentas de tragos que religiosamente le ponía ente los ojos el viejo don Ricardo, no al final de cada jornada etílica, sino al día siguiente, cuando el maestro Esparciano retornaba a su rincón, recién llegado del periódico, aliñado y oloroso a lavanda, fresco y rozagante, y si acaso un poco crudo como resultado de lo que había bebido el día anterior. Nunca le vi discutir una cuenta para el siguiente día. Pagaba y asunto concluido, y enseguida abrir una nueva cuenta para el día siguiente. Sobre la barra estaban asentadas siempre las revistas y los suplementos literarios, haciéndole compañía al ejército de botellas vacías que se le amontonaban velozmente ante sus ojos. Algunas veces cortaba su borrachera cantineril y en un taxi se iba a visitar el prostíbulo del Becerro de Oro, donde continuaba tomando y bailando con las pellejas pintarrajeadas del burdel. Nunca supe que se ocupara con alguna; nada más se pasaba la tarde bailando con ellas una danza vertical y valseada, exenta de voluptuosidad, durante la cual su brazo derecho permanecía inerte todo el tiempo.

Así lo recuerdo ahora: enfrascado en una danza grotesca. Y, después, el taxi que le aguardaba eternamente lo llevaría hasta su casa, la casa de mi madre. Y ahí a dormir la borrachera sin final, y a roncar y a resoplar, y a recibir la noche a la que nunca conoció sobrio, hasta que se amanecía y después, como Zaratustra, de saludar al sol, pedía el desayuno, leía los periódicos diarios y a las diez de la mañana ya estaba de salida al periódico, rasurado, peinado, muy bien compuesto.

No dejó de sorprenderme la noticia de que el maestro Esparciano estaba enfermo. Hasta hoy no sé de qué dolencia sufría, pero sentí mucho que tuviera que ausentarse del Ricardo’s para comenzar a medicarse seriamente. Se alivió al poco tiempo y nosotros, aliviados también al suponerle curado, comenzamos a verle de nuevo en la cantina de su predilección. Pero a los pocos meses se vio otra vez aquejado de aquel mal implacable y tuvo que internarse en una clínica de la ciudad, donde le visité algunas veces y lo observé, desde el fondo de mi compasión, irse quedando en los puros huesos mientras adelgazaba raudamente, ya consumido el hilo de su vida. Tendido sobre su lecho de enfermo, todavía alcanzaba a soltar de cuando en cuando aquellos relámpagos festivos que alumbraban y alegraban a quienes le rodeaban. Quedaban todavía algunas chispas de aquel ingenio pintoresco e inimitable. Y aún sólo, adolorido, abandonado por sus amigos y por sus familiares, nunca aprendió a quejarse, y sí, en cambio, abrió las puertas de la jaula del tiempo y dejó en libertad a las horas –como lo hizo durante tantos años en su pedazo de cantina– que se le habían acumulado a la luz de su despreocupación. Cuando la última de estas horas levantó el vuelo sideral, el maestro Esparciano ensayaba la partitura del silencio para saber morir.

(1982)

Roldán Peniche Barrera

Continuará la próxima semana…

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