Himnos de coraje

By on agosto 22, 2019

José Juan Cervera

La recuperación de la memoria literaria convoca esfuerzos que dan la pauta para recrear atmósferas distintivas de épocas y lugares. Su vitalidad conserva el eco del tiempo transcurrido desde que sus frutos se hicieron palpables en la más fresca inmediatez sensorial. Su huella y su significado hacen brotar indicios de una existencia fecunda, acogida y multiplicada en diálogo azaroso con voces que la hacen suya sin abandonar su identidad de origen.

Con raíces vigorosas, la obra de Carlos Duarte Moreno (1900-1969) abarcó varios géneros de la expresión escrita, aunque su recuerdo se hace más nítido sólo en algunos de ellos. La poesía y su transvase a la canción popular dan testimonio de ello.

También se desenvolvió como novelista: su único libro publicado corresponde a este género, si bien otros materiales impresos, cuadernos y folletos, recogen una parte de su obra poética, especialmente aquella con la que obtuvo galardones literarios. Habría que considerar también sus textos de carácter escénico, así como los artículos de opinión, crónicas, cuentos y poemas que durante varias décadas aparecieron con su firma en periódicos y revistas.

En Cuba, donde residió de 1931 a 1934, escribió Levadura. Novela del camino real de la vida. En marzo de ese último año regresó a Yucatán, haciéndola imprimir al poco tiempo de su llegada. El prólogo es de Ricardo Mimenza Castillo y está ilustrada con grabados en madera de Raúl Gamboa Cantón. En ella, relata los sinsabores, amarguras y luchas de un hombre que se impuso como divisa la defensa de los desposeídos.

La trama se desarrolla en la isla caribeña, con reminiscencias de una vida militante en México que pasó por la tribuna periodística y sufrió enconadas persecuciones políticas, cárcel y traiciones. La estancia del protagonista en suelo cubano transcurre entre nuevas amistades, encuentros pasionales y conflictos internos que lo llevan a poner a prueba sus convicciones más hondas.

Podría decirse que el libro participa de las tendencias en boga durante aquellos años en que el régimen mexicano emanado del proceso revolucionario afianzaba sus instituciones y hacía uso de una fraseología que ponía el acento en las reivindicaciones de los sectores populares. Sin embargo, el texto de Duarte Moreno es característico de alguien que padeció privaciones y que desde muy joven se incorporó a las filas del Partido Socialista del Sureste. Su estilo denota al creador artístico que vive a fondo el sentido de lo que expresa.

La novela abre sus páginas con un epígrafe del pensador anarquista Pierre-Joseph Proudhon, en que insta a manifestar inconformidad ante los abusos de las clases dominantes. La historia narrada alterna pasajes de desaliento y de luminosa esperanza. Apenas comenzó a circular entre los lectores de Mérida, recibió comentarios periodísticos: uno de Arturo Díaz Sumárraga y otro de Ricardo Mimenza Castillo, ambos publicados en el Diario del Sureste en diciembre de 1934. En enero del año siguiente, la revista Forja, que editó el Grupo de Intelectuales Revolucionarios, insertó un fragmento de ella en su primer número.

Mimenza Castillo complementa en su nota de prensa las impresiones que asienta en el prólogo de Levadura, la cual desató sus recuerdos en torno a la figura benévola y solidaria de su antiguo camarada Enrique Recio, ya desaparecido para entonces. En las palabras preliminares que redactó para la novela se refiere a su autor como “este muchacho proteico y vanguardista de las izquierdas revolucionarias”; entre ellos había una diferencia de edades de una docena de años, pero también afinidades ideológicas.

Duarte Moreno postula, en boca de su personaje Rosendo Ayala, que es preciso zambullirse en la adversidad para aspirar a mejorías de alcance colectivo. “Tu sufrimiento, como el mío, como el de tantos otros, no es más que levadura, dolorosa pero sublime levadura que levantará definitivamente nuestros perfiles superiores.”

En la cuarta de forros de su Canto a míster Sam, poema impreso en 1954, el inquieto escritor alude a otra novela suya que permaneció inédita: Pencas. Libro del trópico, de la que nada más se sabe y constituiría otro ejemplo de la vena narrativa de esta figura literaria cuyo quincuagésimo aniversario luctuoso se cumplió en marzo de 2019.

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