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Hermanos separados

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José Juan Cervera

Para contemplar miradas vacías y cuerpos entumecidos, la inconmovible estirpe humana asume el reflejo de sus desdichas en el rincón más sombrío del parque zoológico.

Desdichada la especie que multiplica, con gesto indiferente, lazos y cadenas, barrotes y cercos para confinar bríos de animal salvaje, alas de vuelo ligero y lamentos de horizonte truncado.

El ave enjaulada reserva sus cantos más finos a exaltar el núcleo libertario que desprende anhelos de movilidad territorial sin visos de redención.

La humanidad se regenera tantas veces como perfecciona el arre de sazonar cadáveres y digerir despojos, de engrosar caudales y estrechar conciencias.

Como si algo quedara por aprender, las mesas se inundan de despojos disimulados mientras las urbes blasonan gabinetes de matanza.

El coso taurino remeda el espectáculo de la estrechez que endurece el ánima cebada con desplantes cruentos y destrezas estériles.

Con la buena estrella de allegar exuberante gala a la honra de las naciones, una atildada comisión de ciudadanos se apresta a declarar a los mataderos patrimonio insensible de la humanidad.

La fiesta brava es un comportamiento ritualizado en que el bruto se ennoblece blandiendo su cortedad de miras enfundado en vistosa indumentaria.

La cauda civilizatoria que ciñe laureles a los inquisidores y a las letanías de mercado, se precia de despejar la ecuación que correlaciona, con orgullo emprendedor, la industria cárnica y el colapso ambiental.

Cuando duerme la conciencia señorea el instinto selvático en la molicie espiritual.

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