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Caminando por las calles

Carlos Duarte Moreno
(Especial para el Diario del Sureste)
Duerme la ciudad con el sopor del trópico que se refresca de cuando en cuando con ráfagas de brisa juguetona. La luna luce espléndida, enfocando precisa el paisaje. Antes de que mis pasos cubran la distancia para doblar una esquina, llega a mis oídos el rasgueo de las guitarras y la voz de los cantantes que, al pie de una ventana, ofrendan la serenata del amor.
Linda hojita de trébol que arrastrada
por el viento llegaste a mi sendero…
Quedo embelesado, deteniéndome para escuchar mejor. La canción despierta en mi corazón ensueños y afectos.
Tú que sabes en dónde está mi amada,
tú que sabes lo mucho que la quiero…
Y el ritmo musical y la música de los versos se esparcen en la noche deteniendo a otros trasnochadores. Algún postigo del vecindario se abre apenas mostrando unos ojos curiosos que atisban. Me acerco al grupo. Alguien de los que lo forman me conoce. Se me acoge con cordialidad. Nos entendemos por medio de señas para no interrumpir.
Anda y dile que viste atormentada
por su amor la existencia de un viajero.
Todos escuchamos. La hora tiembla de armonía. Las manos hábiles de los trovadores siguen arrancando, cuidadosas y felices, vibraciones a las cuerdas.
Termina la serenata.
–¿Quiere ir con nosotros?
A la invitación que se me hace para subir al automóvil en que se marchan los trovadores respondo negativamente de la mejor manera. Me despido. El auto parte… Entonces es cuando me doy cuenta de que junto a mí hay un hombre parado.
Ciertas circunstancias sirven de presentación y por eso me atrevo a decirle:
–Bonita serenata, ¿verdad?
–Sí, muy bonita.
–¿Hacia dónde va usted?
–¡Hacia la plaza principal!
–¡Vamos!
Y como antiguos amigos nos dirigimos hacia el centro de la ciudad, acordando tomar alguna cosa en el primer café que encontremos.
Mi compañero pertenece a la clase humilde de nuestra sociedad. Joven, de aspecto agradable, charla con desparpajo y vivacidad. Con espíritu que me cautiva me dice que le da pena ir conmigo aceptando mi invitación, que porque carece de dinero a causa de la escasez de trabajo. Y es aquí cuando toma pie para decirme cómo ansía llevar a su novia una serenata. Me lo dice con tal ansia, con tal vehemencia, con tanta suave y contagiosa pena dolida, que me hace sonreír con una de esas sonrisas que lagriman.
–No porque yo sea humilde y mi novia también, no tengo derecho a que le canten los trovadores esos que cobran… Pero ahí está: ¡no tengo dinero! Cuesta mucho un auto que nos sirva. Y luego, ellos, lo que cobran… Gano muy poco para poder hacerlo. Si yo fuera solo… pero tengo que mantener a mi madre. ¡Y también quiero llevar la serenata!
Ya con esta confianza que me prodiga le pregunto si de verdad está enamorado, si quiere a la muchacha y si la muchacha lo quiere a él. Me responde con infantilidad, con espíritu de amor hondo y puro.
–Lo único que no me gusta de ella es que está empeñada en cambiar de traje…
–¿De traje?
–Sí, ¡no ve usted que es mestiza! ¡Quiere vestirse con el traje de las señoritas de dinero!
Vuelvo a sonreír de nuevo encantado de este muchacho espontáneo y sincero.
–¡De mestiza se ve muy bonita! Lucen mejor sus brazos. Me enloquece. Yo creo que de la otra manera no me va a gustar.
Suspira tenuemente y me mira.
–¿Usted que cree?
Le digo que tiene razón. Desde luego interpreto su obstinación de enamorado sencillo y bueno, casi primitivo en el fondo. Con la imaginación veo palpitantes, morenos, tensos, los brazos de la novia flor de su barrio, según decir de su galán: brazos que cercan los matices del floreado del hipil regional, que los hacen más someros, más vistosos…
He aquí a un hombre de nuestro pueblo, que lleva en el espíritu dos mundos que giran vertiginosamente, atormentándolo: la imposibilidad por pobreza de llevar a su novia una serenata, y la preocupación de que ella cambie por el traje europeo sus galas regionales, su hipil albo y limpio…
Salimos del café. Todavía caminamos juntos dos cuadras más. Al pasar junto a una ventana, nos atropellan unos ronquidos que salen altisonantes a la calle. Es algún señorón sin problemas que ronca. No sabe que bajo la luna espléndida voy caminando mientras me asomo al alma de este hombre de mi pueblo, ingenuo, sencillo, amoroso y espontáneo, que lleva en el espíritu casi primitivo dos universos que giran vertiginosamente…
Diario del Sureste. Mérida, 25 de abril de 1935, p. 3.
[Compilación y transcripción de José Juan Cervera Fernández]





























